Clown

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Los payasos dan miedo porque nos recuerdan que hace mucho tiempo, acaso en los albores de la humanidad, el mundo era risa. La enorme carcajada de unos cuantos dioses ociosos que, con el paso de los siglos y el desarrollo de la ciencia y la técnica, ha terminado degenerando en un insidioso vacío. Una pantomima de angustia y desidia resultado de la soledad del comercio y la imparable destrucción provocada por la economía.

Probablemente, los payasos provocan actualmente pavor, una tristeza enorme, porque, centurias atrás, sus bromas y sátiras podían derribar gobiernos o al menos lograr que se los cuestionara. Sus burlas podían hacer temblar a los poderosos. De hecho, seguramente no había acción artística más dramática y peligrosa para los próceres que la comedia como no existía guadaña más eficaz y liberadora para el pueblo. Un hecho que debe, de alguna forma, encontrarse arraigado en la memoria colectiva puesto que basta con que un payaso nos mire a la cara para que nos sintamos mal. Sepamos que podemos ser cuestionados y ridiculizados en cuestión de segundos. Razón por la que se les teme mucho más que se disfruta de ellos y sus máscaras y maquillajes han aparecido habitualmente en innumerables obras de arte como símbolo diabólico. Caso, por ejemplo, de lo que ocurre con sujetos esquizoides como el Joker -el archienemigo de Batman- o Pennywise -el payaso diabólico que protagoniza It; la novela de Stephen king-.

No obstante, pienso que tal vez el motivo de que los payasos provoquen estas tortuosas sensaciones actualmente, podría ser el contrario: que han perdido prácticamente todo su arcano poder. Y, por ejemplo, cuando vemos a uno paseando por la calle nos recuerda más a un asesino serial, un hombre desnortado cuyos gestos y palabras provocan pena, que al antaño temible activista político cuya voz hacía temblar las paredes de palacio y enmudecía a su público.

De hecho, el drama actual de los payasos radica probablemente en que sus bromas no aluden ni se refieren a personajes de prestigio o políticos sino a los propios payasos. Y, por tanto, sus actuaciones se han convertido en auténticas ceremonias del espanto: un ritual kafkiano donde, en el fondo, el público se carcajea constantemente de sí mismo. Se burla de su escasa capacidad de acción y celebra, en definitiva, su propia impotencia. Su imposibilidad de ejercer crítica o acción alguna contra un poder que nos sobrepasa total y absolutamente. Shalam

إِذَا دَرَّتْ نِيَاقُكَ فَاحْلِبْهَا

 Bien ronca quien no tiene cuidado que le muerdan

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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