El jabato

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¡El Jabato! ¡El jabato! ¡El jabato! ¡El jabato! ¡El jabato!¡Oh! ¡Ah! ¡El jabato! Un héroe que no envejece. ¡Oh! ¡Ah! Un hombre que agarra la espada con la fuerza de un toro. Se desplaza con la agilidad de un lince. Y es astuto y osado para superar cualquier prueba y encerrona. Ningún romano podrá apresarlo. Restarle vitalidad. Como tampoco podrá hacerlo ninguna orden secreta o animal salvaje. ¡Oh! ¡Ah! Porque el jabato es una fiera. Es una roca. Un guerrero que no se rinde ni fatiga. Ni conoce la derrota. Vive luchando. ¡Oh! ¡Ah! Sin miedo a morir. Pero también sin reglas ni más normas que las que le dicte el corazón.

El jabato es tan valiente que siempre consigue hipnotizarme. Lograr que ojear uno de los cómics en que aparece, sea aún una experiencia emocionante. Una vía a la felicidad. Algo parecido a lo que les ocurría a los protagonistas de Arrebato al contemplar viejos afiches de Las minas del rey Salomón cuyos hipnotizantes colores permitían que su espíritu se fuera de la habitación donde se hallaban. Una cualidad mágica que, en mi caso, poseen, a su vez, determinados nombres -el capitán Nemo, Giacomo Casanova, Sibelius o Ulises el astuto- y la historia de ciertos pueblos -el acadio, los tracios, lo hititas, los nubios o los persas-. Aunque también es extrapolable a varios recuerdos de mi vida: la contemplación en un museo de un remo perteneciente a un barco fenicio. La escucha de viejos cuentos infantiles narrados con aterradora voz por una profesora disfrazada de Caperucita Roja frente a un grupo de niños entre los que me encuentro yo, vestido como un pirata, pegando martillazos al suelo. La lectura durante una noche de verano de El libro de los muertos. Y la contemplación en la televisión de varias escenas augurales: Terenci Moix con traje de gladiador hablando de Cleopatra ante una mastaba, Charlton Heston recorriendo un planeta salvaje perseguido por cientos de simios, Conan el bárbaro besando a una joven pelirroja que, en realidad, es una anciana hechicera, Tarzán arrojándose a un lago repleto de cocodrilos y López Ufarte levantando el título de liga en Atocha.

En cualquier caso, pocos momentos tan mágicos como acariciar un cómic de El jabato. Pensando que, ¡oh! ¡ah!, ese hombre es invencible. Es capaz de convertirse en una fiera. Rugir como un tigre y amar sin comprometerse. Es un nómada, un desterrado que, sin embargo, será el monarca de un exótico reino en el porvenir. Tendrá una efigie en la selva y caminará a cuatro patas por los ríos como una pantera. Será compañero de el hombre enmascarado y ambos erigirán una república en la selva donde el pan y los peces, y también vinagre y manzanas, se repartirán entre todos sus habitantes. Y aún así no habrá paz. Porque para los hombres como el jabato, el reposo no existe. Deben luchar contra cartagineses y romanos. Contradecir a Espartaco el tracio y Julio César. Oponer su espada a la de Aníbal y su orgullo al ego envanecido de Nerón. Y su destino es desafiar a los dioses. Porque los héroes como el jabato, ¡oh! ¡ah! son inmortales. Eternos. Como la memoria de los faraones egipcios. Los hombres que invirtieron su fortuna para alistarse en las cruzadas. Los guerreros que murieron defendiendo Constantinopla. Los antiguos leprosos. Los hambrientos arrojados en las esquinas de Troya. Black Sabbath realizando un concierto en un castillo repleto de cruces gamadas envueltas en círculos de fuego rojo. Los caballeros de la tabla redonda bebiendo vino vigilados por enormes arañas. Un sueño de Alan Moore y una pesadilla de Aleister Crowley. O el mago Merlín realizando un conjuro mientras cae por las grietas del suelo levantado tras un terremoto.

Aunque,

sí,

lamentablemente debo reconocer

que hoy he descubierto, varias décadas después de haberlo conocido y, tras haber vuelto a leerlo con la misma intensidad de antaño, que

el jabato no es más que un muerto.

Es el héroe arrojado en un bosque que miro día tras día hasta quedarme sin habla.

Tocándolo sin saber si se recuperará de sus heridas.

Hasta que me sonríe, se pone en pie, monta en un caballo y parte en dirección a Roma junto a su compañero Taurus.

Difuminándose como el viejo sueño de la infancia que ya no volverá.

Convirtiéndome a mí en otro muerto.

Al igual que el invierno cuya vestimenta oscura se despliega persiguiendo los brillos de todos mis veranos. Y una vez capturados, abre sus fauces y comienza a reírse a carcajadas porque, ¡oh! ¡ah! al contrario que el jabato, ¡oh¡ ¡ah!

…..yo sí estoy envejeciendo. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

El que tiene amor en el pecho, tiene espuelas en los costados

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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