El otro, el mismo

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Si alguien se pregunta de dónde surge el extremo e intenso odio del jardinero al conde y del conde al jardinero en mi libro, sólo tiene que ver las imágenes de lo que sucedió este pasado fin de semana en Argentina. El jardinero fue una novela que se empezó a escribir en España y se terminó en México pero brotó, en gran medida, de la feroz forma en la que la rivalidad, lucha esquizofrénica entre River y Boca fue inoculándose dentro de mí. Sí, la novela no hubiera nacido sin un estúpido conflicto ocurrido en la urbanización de La Manga donde vivo pero, realmente, comenzó a engendrarse -sin que yo lo supiera- en parajes desolados de América y en canchas de fútbol llenas de hinchas con cuchillos que deseaban matar a los fanáticos del equipo contrario. De hecho, durante las semanas anteriores a la pelea que originó al libro, yo había estado presente en múltiples ocasiones saltando en una Bombonera que parecía que se iba a caer de tanto ímpetu, furia y rabia que latía en ella.

Toda esta locura parecerá jocosa o ficticia en esta Europa adocenada y domesticada por los mass-media desde el fin de la Segunda Guerra Mundial pero es real. Existe. Se respira día a día en América, donde lo menos que se desea es la muerte al rival y el fútbol es una guerra. Acá, en España, también es posible detectarla pero se encuentra filtrada y atenuada bajo el confort, las leyes, la cobardía y la hipocresía y únicamente aparece en situaciones límite. Tal vez tan sólo volviera a manifestarse en caso de que la crisis económica diera un nuevo repunte y precipitara las bolsas y pensiones al vacío. Ya veremos.

Ojalá no hubiera violencia en el mundo pero sí existe y negarlo, no nos ayudará. En realidad, El jardinero es una nueva lectura de la lucha entre Caín y Abel, River y Boca, la burguesía y el proletariado, los ángeles y los demonios. Es exactamente una visión de ese Apocalipsis que con tanta lucidez describió Lautreamont en sus nocturnos cantos. Por eso no es sólo un libro para intelectuales. No es un libro racional. Es una novela que se siente y se mastica en la que el mal no es una presencia abstracta sino concreta y se encuentra dentro de nosotros mismos. Y consecuentemente, sus personajes huelen, se agarran los cojones con las manos y se escupen al rostro. Porque el odio metáfisico tiene su correspondencia lógica en el odio físico. Y que se sepa, Caín no mató a Abel con sus pensamientos sino -según las distintas versiones- con una quijada de burro, un cuchillo, un garrote o estrangulándolo. Y como hemos podido comprobar estos días, a los hinchas de River y Boca no les basta con los más cruentos insultos para sentirse a gusto. Necesitan sentir sangre entre sus manos. Necesitan destrozar al contrario aunque, paradójicamente, sin River, Boca no sería Boca y sin Boca, River no sería River. Como el jardinero y el conde no son nada el uno sin el otro dentro de mi novela. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

Acostumbrarse a la felicidad es una gran infelicidad

 

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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