Eugenio

0

El documental Eugenio ha vuelto a poner de relieve la figura de un mito del humor español. Alguien que contaba chistes como si estuviera en un funeral o narrando un drama y no parecía un humorista sino un intelectual. Un filósofo. Un cantautor recién salido de las barricadas de mayo del 68 o de alguna comuna ácrata de Cataluña. Su estilo en el escenario era inconfundible. Políticamente incorrecto incluso en los 80. Fumaba con ansiosa calma. Como si fuera a morir de un momento a otro. Y bebía alcohol con cierto ánimo vicioso y resignado. Esa lucidez que poseen los que -a pesar de su aparente éxito- saben que nacieron para perder. Que la vida está llena de sombras y un poema oscuro la explica mejor que nadie.

Cuando yo era niño y veía sus actuaciones, poseía la certeza de que Eugenio era diferente al resto de humoristas. Nunca me reí con uno de sus chistes. De hecho, no comprendía la algarabía que solía formarse a su alrededor. Cuando yo era un niño, me quedaba mirando a Eugenio y veía a un hombre serio, muy serio que, en realidad, no contaba chistes. Nos hablaba de su vida. De sus traumas. De su depresión. De los amargos tragos que trae consigo crecer. Veía a un artista que me estaba enseñando lo que significaba ser adulto y estar solo. A entender que la soledad camina del brazo de la autenticidad. Y que la libertad (como la juventud) es un pájaro que desaparece  en cuanto lo atrapamos en nuestras manos.

Creo que cada vez que Eugenio se ponía delante de un micrófono, llevaba a cabo un psicoanálisis público. Parecía que contaba historias sobre “otros” pero, en realidad, siempre hablaba de su vida. De sus fracasos. De lo mucho que le costaba levantarse cada mañana. De si no sería mejor pegarnos un tiro y acabar ya de una vez con toda esta farsa.

Eugenio nunca fue para mí un humorista sino más bien, uno de esos hombres de destino aciago y gris a los que el destino de tanto en tanto pone en primer plano. No parecía un mito. No parecía un famoso. Parecía el hijo de la peluquera. El yerno del zapatero. Eugenio, sí, podía ser cualquiera. Aunque no cualquiera podía ser Eugenio. Porque Eugenio era inconfundible. Irrepetible. Nadie contaba un chiste con un acento como el suyo, con un semblante tan opaco y con tanta aparente desgana.

Eugenio era alguien, además, que parecía no haber tenido infancia. Haber nacido directamente con la barba, el bigote y el cigarrillo en los labios. Se percibía, se sabía que era tímido y que fantasmas personales nublaban su vida. Confundían su cerebro y lo hacían buscar su rostro original entre los brazos de las mujeres y la droga. Pero era tan anárquico que su vida no afectaba a su talento. Lo hacía más abstracto y auténtico. De hecho, alguien podría haber aventurado que el solito se había inventado el humor negro. Un humor que nos invita a reír porque nos dice a la cara sin ambages que la vida no tiene sentido. Nos deja solos en una habitación junto a la muerte y nos obliga a sonreír ante la evidencia de nuestra suerte final.

Eugenio era jazz. Contaba chistes como si su voz fuera un saxofón. Y, a pesar de lo preparadas que llevaba la mayoría de sus intervenciones, siempre parecía estar improvisando. No parecía actuar sino hablar con el vecino de la esquina. Encontrarse en un bar pasando un rato con los amigos. En medio de una jam-session. De hecho, creo que él siempre se sintió un músico. Su primera profesión. Y por ello, convirtió sus recitales en arte. Espectáculos anárquicos transgresores. Funerales, dramas de los que salía la gente riendo y un poco más lúcida. Con ganas de destrozar la noche y tener sexo. Con ganas de vicio.

Eugenio era un nihilista. Su espíritu estaba más cerca de los vagabundos y de los beats que de las rutilantes estrellas del sistema. Nunca mejor dicho, fue famoso por casualidad. Por su inmenso talento y porque así lo habían decidido con anterioridad los dioses. De hecho, no me hubiera extrañado que, con los años, hubiera acabado protagonizado una película de Jess Franco o que, de haber llegado a la vejez, hubiera compuesto un libro de poemas malditos o una de esas asombrosas autobiografías llenas de relevaciones místicas y filósoficas, autodestrucción y confesiones escalofriantes y lúcidas sobre el mundo del espectáculo. Porque, en realidad, a Eugenio resultaba más fácil imaginarlo con un libro de Schopenhauer en las manos que riendo. Sorbiendo un whisky tras otro en soledad o descifrando una carta astral que rodeado por multitudes. Al fin y al cabo, Eugenio era la viva imagen de la derrota. Del fracaso. Siempre vestía de negro. Y era más entendible como ángel caído que heroico. Tanto es así que pienso que sus sombrías y crepusculares apariciones en televisión durante la última etapa de su vida no opacaron su figura sino que probablemente contribuyeron a colocarlo en su justo lugar. El de los artistas incomprendidos. Esos artistas de fina y asombrosa inteligencia y alma de albañil capaces de convertir la cultura popular en una locomotora sarcástica. Un tornado amargo. Shalam

إنَّ الْهَدَيَا عَلَى قَدْرِ مُهْدِيهَا

El que a nadie ama, por nadie es amado

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo