Hotel

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No  me parece extraño que las inquietantes y azarosas letanías musicales de Hotel, fueran compuestas por Alex Zhang Hungtai (Dirty Beaches) de manera intuitiva en varios pianos situados en los pasillos de, sí, esas máquinas anónimas llamadas hoteles. Ni tampoco me sorprende que el piano sea un instrumento que no domine. O que las melodías que extrajera en horas intempestivas, rodeado de murmullos, alguna queja y miradas curiosas, fueran una mezcla entre la música disonante y una nana. Porque los hoteles son precisamente eso: promesa de regreso al útero materno y certeza (absoluta y precisa) de haber sido expulsados para siempre de sus seguras entrañas. A veces incluso con asco y repulsión.

Los textos musicales de Hungtai remiten, así lo indica su título y evocadora portada, a danzarinas de ballet. Musas egipcias recostadas en sofás abanicadas por esclavos. Inocencia y crueldad. Espíritus de muertos que flotan, vienen y van. A ciertas escenas de Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas. Y, sobre todo, a una mujer que vive en una humilde y coqueta suite de un hotel. Y adora pasearse desnuda frente a los espejos. En un minúsculo y flexible tanga que mueve a un lado y a otro mientras telefonea a hombres con cuya voz se masturba intermitentemente.

Hay noches que amanece sola. Y otras con la boca de una mujer pelirroja o rubia en su coño. Le gusta que se lo laman mientras fuma. Y también, de tanto en tanto, pasearse desnuda con el cigarrillo en los dedos por un corredor donde hace varios días un hombre asiático tocaba un tremendo piano de cola que hasta entonces pensaba que cumplía una función decorativa. Aunque también adora fumar frente a la ventana. Buscando alguien que la observe desde la calle a quien poder mirar fijamente o con quien intercambiar alguna palabra escrita en un pequeño folio. No un poema. Nunca un poema. Jamás un jodido poema. Porque para ella la verdadera poesía es follar. Por lo que en la librería que quisiera construir en su suite, los libros de poesía estarían prohibidos. A excepción de algún título de Henry Michaux y Lautreamont.

En su añorada biblioteca, por supuesto, los libros serían gratis. Podrían ser robados impunemente. Y quien lo desease, podría leer páginas de Boccacio o Giacomo Casanova, mirándola a ella caminar desnuda mientras se masturba. Podrían también follársela pero no hacerlo pronunciando palabras en voz alta. Y tampoco a nadie  distinto al hombre asiático le estaría permitido tocar el piano en el pasillo. Pues la mujer únicamente tolera las melodías que él consigue extraer.

En una ocasión, a un joven inquieto se le ocurrió tocar el piano y ella pegó un grito, casi como si la estuvieran violando y, a continuación, comenzó a abofetearlo por haberse atrevido a realizar tal afrenta.  Algo incomprensible para ella dado que su hotel es un castillo donde reina, y todas y cada una de las personas que encuentra son o bien sus súbditos o bien espectros: visitantes. Seres que considera despreciables puesto que continúan deseando estar en el útero materno, no aceptan el exilio y creen que los hoteles se construyeron para cumplir deseos ocultos. Por ejemplo, para hacer pensar al marido que su esposa es una prostituta por la que ha pagado una considerable suma de dinero y a la esposa sentirse una puta deseada. Fantasías que ella, la lunática dueña de una colina destrozada, sabe que son totalmente falsas. Porque los hoteles son perreras. Lugares donde la cultura se construye y desarticula constantemente, como en las nanas de Alex Zhang Hungtai. Son espacios donde no hay seres humanos sino animales y el sexo se hace siempre, absolutamente siempre, -no importan los grados de parentesco y familiaridad anteriores- entre desconocidos. Los senos son siempre los de otra mujer y el pene pertenece también a otro hombre. Tal vez incluso a una alimaña.

Ella sabe que nadie porta máscaras en los hoteles. Que en ellos existe un vacío eterno que recuerda al ombligo y a la vagina de las madres. Y que es muy difícil que en sus habitaciones se cumplan los deseos de renovación y liberación de sus visitantes porque, en esencia, son trampas mortales. Amplios agujeros que nos recuerdan que vamos a morir. Aunque, en realidad, probablemente todo sea más simple, porque como  pone de manifiesto mientras se pasea desnuda fumando y acariciando su entrepierna, lo más seguro es que todos aquellos que deciden acceder a un hotel, ya estén muertos antes de hacerlo. Sean espectros. Poetas. Vaginas abiertas sin alma. Espectros. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

La petición es cálida y el agradecimiento, frío

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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