La lámpara maravillosa

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De la lámpara maravillosa, creen muchos que salen genios y duendes que cumplen deseos. Gigantes de boca y ojos bien abiertos, dispuestos a hacer realidad tres de nuestros sueños.

De la lámpara maravillosa, afirman otros que emergen demonios de los que se debe desconfiar: bellas mujeres de humo que se disuelven en el aire al besarlas, eunucos con músculos de hierro incapaces de pronunciar una sola palabra, enanos que bailan alrededor de una mesa roja como si estuvieran poseídos por el diablo y seres que no necesitan escucharnos para saber exactamente qué es lo que pensamos.

Y los hay también que opinan que la lámpara maravillosa es una metáfora del arte. Símbolo de la luz que nunca se apaga. Pues no hay deseo que no podamos hacer realidad con nuestra imaginación. No existe límite ni freno alguno para que podamos viajar allí donde queramos. Por lo que si soplamos bien fuerte en su interior, no hay duda de que visitaremos nuevos mundos y dimensiones. Al fin y al cabo, no hay separación entre la realidad y la ficción en el interior de una lámpara maravillosa. Un objeto que nos permite rugir como leones, ascender a las montañas más altas y convertirnos a su vez, en esos genios que se les aparecen a lo hombres comunes, ofreciéndoles la posibilidad de que cumplan aquello que necesitan.

Las lámparas maravillosas nos sugieren que creemos en gigantes que se nos aparecen, traicionan y conducen a desiertos secretos para consolarnos por haber perdido nuestra capacidad de amar, y ser incapaces ya de amasar nuestro propio pan, construir nuestra morada o las zapatillas con las que caminamos. En definitiva, porque somos incapaces de reconocer las vías a través de las que reencontrarnos con la felicidad. Conectar con nuestro corazón. Esa llama sagrada a la que hacen referencia  los místicos donde futuro y pasado se funden en un presente eterno en torno al que fluyen y se reúnen multitud de seres -monstruos, enanos, gigantes, doncellas, caballeros, caballos, piezas de ajedrez y centauros- cuyo rostro conjunto forma el de dios.

Un hecho que, tras sus muchos viajes, fue comprendido por Aladino. Y por ello, al llegar a su vejez, mandó construir un palacio en el que cada habitación se encontraba decorada de manera diferente y en la que siempre aparecía el mismo símbolo en su centro: un cofre sagrado. Ya que, interrogando a las personas que lo visitaban acerca de lo que pensaban que se encontraba en su interior, aprendía a conocerlos. A distinguir si contribuirían o no a la felicidad de su reino. Y si era, por tanto, aconsejable dejarles que soplaran en su lámpara maravillosa para insuflarles el don (que algunos recibían con agradecimiento y otros con vergüenza) a través del que conseguirían absolutamente todos sus sueños: el amor.

Un don de cuya existencia todavía dudan muchos al igual que lo hacen de los genios y duendes que cumplen deseos. Esos gigantes de ojos y boca bien abiertos dispuestos a hacer realidad tres de nuestros sueños. Incluso el más difícil de todos ellos: vivir.  Algo que todos los seres humanos nos encontramos obligados a hacer aunque no existan demonios de los que se deba desconfiar: bellas mujeres de humo que se disuelven en el aire al besarlas, eunucos con músculos de hierro incapaces de pronunciar una sola palabra, enanos que bailan alrededor de una mesa roja como si estuvieran poseídos por el diablo o seres que no necesitan escucharnos para saber exactamente qué es lo que pensamos. O aunque tampoco sea cierto que la lampara maravillosa es una metáfora del arte. Por más que si soplamos bien fuerte en su interior, no hay duda de que visitaremos nuevos mundos y dimensiones. Ya que, al fin y al cabo, no hay separación entre la realidad y la ficción dentro de una lámpara maravillosa. Ese lugar donde los peces, ojos y árboles bailan una danza infinita y brotan melodías que cientos de soldados desean seguir escuchando con tanto ardor, que llegarían incluso a matar al gobernante que se atreviera a censurarlas aunque esto supusiera la violación de todas las reglas y leyes que juraron cumplir. Férrea voluntad que pone de manifiesto la finalidad del arte y las lámparas maravillosas: mostrarnos que la libertad es un lugar que únicamente con sangre deberíamos dejarnos arrebatar. Shalam

من تسمّع سمِع ما يكْره

 Castiga a los que tienen envidia, haciéndoles bien

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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