El muerto

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Los árbitros han vestido tradicionalmente de negro porque son la viva imagen de la muerte. Marcan, sí, el inicio pero también el final del juego. El ocaso de la diversión. Dictan sentencias inapelables e inesperadas. De esas que golpean con la intensidad de un accidente fortuito y pueden dejar KO a una persona para siempre. Enviar un equipo al descenso y retirar de las manos de varios talentosos jugadores un trofeo. Su trabajo siempre ha sido desagradecido. Porque por lo general, toman decisiones difíciles en breves segundos. Y no pueden dejar satisfechos ni a un bando ni a otro. Son la demostración de que el mundo no es justo. De que exigir justicia es inhumano porque los humanos no son dioses y cuanto más se empeñen en alcanzar la neutralidad, más frustración sentirán. Al fin y cabo, los árbitros, sí, son también la encarnación de la la fortuna. Se les paga por premiar y castigar y aunque la mayoría de veces repartan beneficios a quien lo merece basta con que no lo hagan en un par de ocasiones para crear ira metáfisica. Llantos airados y cruenta cólera que más que dirigirse hacia ellos, deberían ser emitidos contra el Universo. Porque su ejemplo demuestra con claridad que la vida no es una balanza equilibrada sino un caótico semillero de circunstancias. Que un acierto es un acto heroico, un error, un acto habitual incluso para los dioses y que por tanto, las protestas contra las miserias de la existencia han de ser dirigidas contra el creador.

Sin dudas, los árbitros son los grandes chivos expiatorios del mundo del deporte. En gran medida, son tanto jueces como muertos. Pagan las faltas y culpas de los jugadores y son el basurero donde el público se desahoga de las derrotas. Probablemente porque, repito, en esencia, son la muerte. El desenlace fatal. Alguien que nadie quisiera ver pero que inevitablemente debe vigilar los partidos. Sus silbatos por ello no son festivos sino punitivos. Son la imagen de la ley. El símbolo que nos recuerda que ni siquiera en los juegos tenemos absoluta libertad de hacer lo que deseemos. Siempre dependemos de instancias superiores y, en ocasiones, ni siquiera es válido nuestro esfuerzo. De hecho, muchos partidos se han decidido por un solo error arbitral. Por un acto de complacencia y ceguera fatal. Prueba de que, de alguna forma, los árbitros son al juego lo mismo que los dioses a la tragedia griega: la mano que interviene para cambiar el destino. Esa voz que se ríe del orgullo, caricaturiza las férreas voluntades y le recuerda a los heroicos, millonarios jugadores que continúan siendo mortales. Que, antes o después, fallecerán. Porque el error arbitral es justamente eso: certeza de exterminio. Un anuncio del futuro sepelio. La prueba de que ni siquiera en nuestros momentos de ocio estamos libres de la tragedia. La constatación de que la Parca ronda nuestras vidas en el recreo y el baño, durante el trabajo y los viajes. Y en cualquier momento puede expulsarnos para siempre de este lado de la vida. Sacarnos una tarjeta roja: el color del infierno. Shalam

الاِنْسان عدو ما يجْهل

La avaricia arrebata a los demás lo que se niega a sí misma

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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