Luna llena en Marte

0

Hace poco, hablaba con un amigo que fue acusado de una violación en su adolescencia durante el transcurso de una estancia en un pueblo perdido de Centroamérica. Él no recuerda nada de aquel acto. Sí sabe que no estaba en su mejor momento, (se sentía triste y solo viviendo allí), que comenzó a beber en medio de una fiesta nocturna y a la mañana siguiente, al levantarse, varias personas le comunicaron que debían tomarle declaración puesto que una muchacha lo había acusado de abusar de ella. Finalmente, no fue encarcelado por una serie de razones que no comprendí bien pero justifican que el término “realismo mágico” sea el más certero y adecuado para definir determinadas sociedades. Y si bien, el ser librado de la condena, ciertamente le produjo alivio, en ningún caso, le alegró. De hecho, llegó a caer en una depresión profunda y a juguetear ocasionalmente con la idea de suicidio. Según me confesó, no hubiera tenido problema en confesarse culpable pero sucede que no recordaba nada de aquella noche, borrada de su memoria como si se tratara de una ciudad fantasma tras ser derribada por un tornado oscuro.

Sin entrar en más valoraciones, la historia que acabo de contar me parece que ilustra perfectamente la existencia de agujeros negros en el plano de la conciencia (a imagen de los cósmicos). David Lynch, por ejemplo, hubiera podido rodar una película o al menos un corto pesadillesco y sugerente con esta historia que, a su manera, podría formar parte de la vida de alguno de sus personajes e intercambiarse perfectamente con las que cercan la mente del protagonista de la primera parte de Carretera perdida. En cualquier caso, refleja perfectamente cómo nuestro conciencia o cerebro trabajan en la oscuridad.

Tiene que existir un lugar donde, respondiendo a la pregunta que realiza un niño en la última película que rodara Federico Fellini, La voz de la luna, la música quede flotando o estancada al dejar sonar. Un espacio en el que los sueños de los que no nos acordamos queden grabados y se repitan continuamente, en ocasiones idénticos y en otras, de manera diferente y alterada a como los tuvimos originalmente. De hecho, creo que sería hasta lógico que antes de perderse en los mares de nuestra conciencia para siempre, todo lo experimentado se dirigiera a ese lugar. Una especie de limbo donde mi amigo adquiriría plena conciencia de lo que sucedió aquella noche de baile, pudiendo volver a experimentarlo no sólo como realmente ocurrió -si es que la expresión real tiene aquí algún sentido- sino de las múltiples formas en que pudo haber ocurrido.

¿Quién sabe si exista ese lugar? Yo no tengo dudas de que sí. Como de que, la mayoría de nosotros, todavía no tenemos la capacidad de visitarlo aunque se intuye que un día lo transitaremos. De no ser así, por ejemplo, no hubiera existido una serie de televisión tan grandiosa como La dimensión desconocida; la imponente creación de Rod Serling que, en parte, intentaba responder a este interrogante al tiempo que lo exploraba en capítulos que suponían un delirio imaginativo de los más gozosos contemplados jamás en la historia de la televisión. O, sin ir más lejos, tampoco se hubiera concebido jamás what if (¿Qué hubiera sucedido si?); serie de Marvel en que se revisitaban capítulos más o menos importantes de la mayoría de sus colecciones clásicas, planteando un nuevo final o giro a la situación previamente conocida que, en ocasiones, llegaba incluso a ser mucho más satisfactorio que el ya conocido. Tanto es así que, muchas veces, una vez acabada la historia alternativa presentada por El Vigilante del Universo, no podía yo evitar dar nuevos giros al argumento que acababa de leer, el cual se volvía así inagotable e infinito, giraba sobre sí mismo sin cesar como una peonza, haciendo que mi mente urdiera dos o tres argumentos diferentes al que había diseñado a partir del que acababa de leer. Un incesante maremoto de interpretaciones y visiones que, supongo, deben encontrarse en algún sitio o dimensión lejana en la que -a pesar de no haberse materializado nunca en esta- existen. Y existen allí precisamente por no haber llegado a concretarse en nuestro mundo racional. Haber sido olvidados y dejados de lado aquí. Al fin y al cabo, ¿no es cierto que la imaginación existe para iluminar momentáneamente la oscuridad oculta en los agujeros negros de nuestra psique o que el agujero negro, al igual que el olvido, es uno de los mayores catalizadores y propulsores de sueños y ficciones que existen?.

En fin. ¿Quién sabe la respuesta exacta? De saberla, desde luego, no me encontraría escribiendo aquí. Ni se abriría ante mí ahora mismo una imagen en el espejo, a través de la que contemplo a una muchacha de un pueblo centroamericano bailando con mi amigo, rodeándole con sus brazos al tiempo que se convierte en una enorme zanahoria, que le ofrece su jugo y besando su frente, le dice que está perdonado de aquí a la  eternidad. Algo que sorprende a este joven que -al menos en esta nueva realidad- no puede comprenderla y la observa fijamente, pensando si alguien creerá la historia que esa misma noche dejará sellada en su diario aun a riesgo de que le vuelvan a decir que lee demasiado, debería cerrar de una buena vez Las  1001 noches y dedicarse a trabajar en algo de provecho. Shalam

  ربّ اغْفِر لي وحْدي

La luna y el amor, cuando no crecen, disminuyen

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo