Mar

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Tengo la suerte de despertarme y poder contemplar desde mi balcón el mar todos los días. Uno de esos privilegios que no tienen precio. Muchas noches en las que me siento agotado y confuso me basta con otear el cielo despejado y escuchar los rugidos y rumores de las olas para, inmediatamente, sentir briznas de rabiosa eternidad penetrando mi alma que me hacen descansar.

A veces, cuando recorro las calles de una ciudad, me siento ansioso. Tengo la impresión de que la vida se acaba y tiendo incluso a sentirme minúsculo. El sudor se agolpa en mi rostro mientras el dolor oprime mis pulmones y corazón. Pero frente al mar, ante la intensa longitud de sus olas, siento que soy un soldado. Un guerrero valiente. Respiro con amplitud. Sé que no soy esclavo del tiempo sino que yo lo poseo. Que soy capaz de conducir mi barco entre tempestades. Percibo el puño de una espada en mis manos, un casco sobre mi cráneo y un escudo irrompible en torno a mi pecho. Sé con certeza que todos los sueños se harán realidad porque el tiempo es infinito. Y puedo vislumbrarme llegando a una isla levantando los brazos dichoso tras haber cercenado el cuello de innumerables bestias y enemigos.

De entre todos los textos que he tenido la fortuna de leer sobre el mar, mi favorito es, sin dudas, el que le dedicó Borges. Hay varias frases en esta inmortal estampa que me sobrecogen. Sobre todo, dos. Con la primera comienza el poema: “Antes que el sueño (o el terror) tejiera/ mitologías y cosmogonías/ antes que el tiempo se acuñara en días,/ el mar, el siempre mar, ya estaba y era.”. Y con la segunda empieza a cerrarse: “Quien lo mira lo ve por vez primera,/ siempre”.

Lo que me fascina de la descripción realizada por el genio argentino es que consigue hacerme rememorar la pálida embriaguez que me embargó la primera ocasión en la que pude contemplar el astro marítimo con los ojos abiertos, fijos en mi rostro, y la boca seca durante segundos parecidos a siglos.  En sus palabras hay condensada una sabiduría enorme. Las he leído en innumerables lugares y momentos y siempre, siempre he sentido que tenía justo enfrente un mar enorme y antiguo, sereno e incandescente. Un mar vetusto y paciente. Griego y artúrico. No obstante, como suele ser habitual en su obra, los versos de Borges remiten a múltiples y variadas narraciones de la literatura universal de manera velada y secreta. Y por ello, me suele ocurrir que, tras leerlo, no suelo sentir deseos de arrojarme a las aguas sino de abrir las páginas de Moby DickLa balada del viejo marinero, La odisea y muchos de los opúsculos narrativos y poéticos en los que la gruta del dios Neptuno es protagonista.

Dicho esto, he de confesar que, tal vez por estar acostumbrado a la paz y calma de la orilla mediterránea, mi mar preferido es el de Lautreamont. Un mar infernal cuyas aguas recorren abismos. Un mar bravío y tempestuoso que ruge sin cesar y amenaza con destruir ciudades sobre el que cabalgan demonios feroces portando cuchillos y sables.

Ayer, por ejemplo, el cielo estaba cubierto y las olas ladraban feroces y creí ver, inmediatamente, águilas gigantescas sobre el firmamento y a Maldoror hostigando las olas y nubes con un tridente. Y también, a lo lejos, vislumbré un ejército de arcángeles negros enfurecidos y decenas de gigantescos peces fornicando entre ellos a un ritmo orgiástico. Imágenes que he de reconocer que me hicieron sentir feliz. Tal vez porque los seres humanos brotamos del caos y el lienzo vivo de un mar furioso y hostil, lleno de agua espumosa y sangrienta, nos recuerda, en parte, a nuestro origen. Nos hace vislumbrar tanto el útero materno abierto como el tejido oculto del más allá: esas húmedas colinas en cuyos desfiladeros de arena y fuego los verdugos de dios deciden qué almas pueden regresar a la vida y quiénes han de seguir padeciendo los castigos infernales para renacer. Shalam

إِنَّ الْقَلِيلَ بِالْقَلِيلِ يَكْثُرُ

Loco es el que hace locuras todos los días del año; sabio el que sólo las hace un día

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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