Valparaíso

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Creo que Valparaíso es la ciudad del mundo donde más a gusto me he encontrado. No hubo un instante que pasara allí en el que no tuviera la sensación de encontrarme dentro de un cuento. De haber salido del mundo real y estar protagonizando un relato donde el realismo mágico y el humor se mezclaban con absoluto desparpajo. Valparaíso es una ciudad que se divide entre sus cerros y su puerto lleno de casas pintadas de colores que contribuyen a dotarle de su aspecto de dibujos animados. Además, es una población tradicionalmente enfocada a la cultura y su disfrute. Y resulta muy fácil encontrarse con discotecas ochenteras, obras de teatro vanguardistas, exposiciones de arte contemporáneo o darse de bruces con la surreal, maravillosa casa de Pablo Neruda durante un paseo por sus callejuelas

Dicen que las paredes de las ciudades reflejan el alma de sus habitantes. Y he de confesar que esto es cierto en Valparaíso. Un lugar donde decenas de artistas pintaron graffities en sus muros con el consentimiento alegre de sus propietarios. Con su total complicidad. Y es tan fácil encontrar jardines con figurillas de pitufos y duendes como borrachos de esos que tienen magia. Son capaces de convertir una velada anodina en un relato de fábula. El puerto además, la dota de cierta oscuridad. Transforma algunas de sus calles en redes nacidas del vicio y el escarnio y a los mercados en hervideros de ricos pescados que inundan de olores los rincones colindantes. Aunque ni tan siquiera el sabor maligno que posee toda ciudad portuaria puede borrar la alegría ambiental. Al contrario, creo que el agua y la humedad en conjunción con el aire de la montaña contribuyen a que los individuos profundicen en sus quimeras y locuras y se sientan libres para comportarse como deseen. Motivo por el que es muy común encontrar personas que llegaron para pasar varios días y finalmente, han permanecido toda su vida allí o decenas de turistas que se van de la ciudad con lágrimas en los ojos. Conscientes de que hay sueños, momentos, días que resulta difícil repetir.

Obviamente, Valparaíso no es un jardín sin mácula. Aún se siente en ciertas miradas y comportamientos el influjo de la dictadura de Pinochet. Y constantemente, se respira también la desilusión provocada por el asesinato de Allende. Se percibe asimismo que ha sufrido varias crisis económicas importantes y demasiados pobres circulan por sus calles. Pero eso sí, no lo hacen con la desesperación y tristeza de los mendigos habituales. Hay algo en sus miradas que transmite serenidad. Una sensación como de no tomarse demasiado en serio su tragedia y llevarla con un loable sentido de humor que creo que se debe a la bonhomia que caracteriza la ciudad. Su atmósfera mágica que termina por convencer a sus habitantes de que, sí, la vida es sueño. Y no merece la pena sufrir más de la cuenta por los avatares del destino. Que siempre hay un motivo por el que sonreír. Un sentimiento cuya raíz creo que ha debido generarse y crecer debido a los frecuentes terremotos que a lo largo de los siglos han destruido la ciudad y las vidas de sus muchos habitantes acostumbrados por tanto, a lo provisional. A disfrutar del momento y no pensar tanto en un futuro que puede cambiar en un segundo por capricho de la naturaleza o los dioses.

Además, Valparaiso no tiene como Santiago de Chile la responsabilidad de ser capital de un país. No tiene una imagen que ofrecer ni mantener. No necesita exigir respeto para ser. Y se encuentra lo suficiente cerca y lejos del mundo como para ir asimilando las nuevas corrientes a su aire. Sin prisa. Con una naturalidad que suele desarmar a los ciudadanos europeos que la visitan y comprenden al momento que hay otras formas de vivir y sentir. Son conscientes de que el tiempo de la preocupación termina aquí y han llegado a una especie de charco onírico con sus propias leyes y sentido del tiempo.

En cualquier caso, lo que más me gusta de Valparaíso es que es una ciudad que parece no tener historia. Sus herencia colonial ha sido destruida por los mencionados terremotos y por ello, la urbe no rememora ningún pasado y permite inventárselos todos. No es difícil imaginar por ejemplo, -hayan existido o no- todo tipo de historias relacionadas con el contrabando o rememorar alguna incursión pirata o batalla marítima entre sus costas. De hecho, lo normal allí es soñar. Imaginar. Porque la ciudad entera parece haber brotado del inconsciente de varios lectores de El principito, y además, se toma tan poco en serio a sí misma que soporta sin inmutarse todo tipo de elogios y críticas. Vive, sí, contemplando su reflejo en un borroso y colorido lago lleno de ácido que transforma la vida en un viaje psicodélico y convierte en ridícula cualquier metáfora que pretenda describir su carácter bohemio y circunspecto. Shalam

الحَاجَةُ تَفْتَحُ بَابَ المَعْرِفَةِ

Nada seca tanto la inteligencia como la repugnancia a concebir ideas “oscuras”.

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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