Verano

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El verano es la estación del olvido. Me atrevería a sugerir que su magia consiste en que es la única época del año donde existe cierto consenso de la sociedad en su conjunto para firmar una pequeña tregua que permita a cada individuo tener un nombre y una vida personal más allá de la profesional. En realidad, creo que los viajes veraniegos son vías de olvido; los chiringuitos son máquinas de olvidar; la música veraniega se encuentra diseñada para hacer olvidar; las playas son rutas de olvido. El atractivo del verano no radica tanto en las posibilidades que se abren al ciudadano medio debido al tiempo libre del que dispone sino en el hecho de que todas ellas juntas le prometen hacerle olvidarse, primero, de sus responsabilidades y, más tarde, de sí mismo.

Obviamente, la promesa de este verano en concreto se ha modificado. Ya no se trata de olvidarnos de nosotros mismos sino de la pandemia; de la enfermedad.  El objetivo no es tanto descansar de la guerra sino olvidarnos de que estamos en guerra.

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Creo, obviamente, que hay pueblos veraniegos y pueblos invernales. Entre los primeros, destacaría a los italianos. Los españoles aman el verano pero lo hacen con tanta pasión que, finalmente, convierten su tiempo de ocio en un ritual. Una fiesta pagana alargada en el tiempo de obscenas dimensiones. Los italianos, al contrario, son el verano. Su carácter es parecido al de las olas del Mediterráneo y el Adriático.  Es  voluble, leve y movedizo. Su manera de disfrutar de la belleza eterna consiste en concentrarse en cada instante y momento. Por eso tienen fama de excelentes amantes. Porque convierten lo accesorio en esencial. Transforman lo pasajero en trascendente. Creo que el mayor objetivo de los italianos es olvidarse de sí mismos. Y por eso son capaces de convertir un suicidio o el trabajo industrial en una distracción. Muchos de ellos tienen miedo de tomarse en serio a ellos mismos porque conocen perfectamente lo trágico de la vida y por ello se sienten más cómodos caminando entre los entresijos del teatro. Así, han convertido a Venecia, por ejemplo, al puro ocaso, en una ciudad que es la viva imagen de la disipación y ese ocio turbio y sensual que identificamos con Oriente. Y continúan pugnando por transformar el trabajo en arte. En esencia, la dolce vita no es más que un intento de lograr que los 365 días del año sean ocio; verano; olvido total y absoluto.

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Tengo la sensación de que si aconteciera una catástrofe y llegara el fin del mundo, al menos una persona estaría ocupada en ligar con una señorita; se encontraría distraída entre sus  ocupaciones, mientras el resto del mundo gritaría asustado por la ira divina: un italiano.

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Hay algo zen en el verano. Debido a las responsabilidades de la vida adulta, los reencuentros y los nuevos descubrimientos, tengo la impresión de que la mayoría de trabajadores que disponen de un mes de vacaciones, tan sólo podrán llegar a desconectar totalmente de sí mismos y su cotidianidad durante varios minutos. Todo el armazón publicitario, todo el negocio turístico que recubre, envuelve y da forma a nuestro tiempo libre se encuentra enfocado para lograr esos breves minutos de desconexión total; de vacío mental absoluto. El momento zen.

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Hay veranos que me recuerdan a desiertos. Cuanto más calor hace y más agobio experimento, más a gusto me siento. Más que nada porque esa opresión rompe con la dinámica del ocio turístico. Convierte la experiencia veraniega en algo real. Auténtico. Un recordatorio de que la vida es lucha e intensidad.

Existen dos fenómenos que combaten el turismo de verano y se imponen allá donde aparecen. El primero es lógicamente, la muerte. Y el segundo, el golpe de calor. Nada más feroz y salvaje que una temperatura tan elevada, que un sol tan apabullante y tan agudo, que no permita disfrutar de la sombrilla y la arena y obligue al veraneante a arrojarse al mar no por delectación sino por necesidad. Considero por ello a la insolación como una manifestación sagrada. Nos obliga, lo queramos o no, a mirar a los cielos y organizar nuestra vida según una voluntad distinta a la nuestra y nos recuerda, sí, que belleza y peligro caminan por lo general de la mano. Shalam

صاحب الرؤية هو الواقعي الوحيد

El visionario es el único realista

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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