Abordaje

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Más que músicos, Motorhead eran piratas. Nocturnos marinos recorriendo turbios océanos que cuando subían a un escenario lograban que el cielo tronara. Intentaban destruir el arte insistiendo en repetir una y otra vez los mismos tres acordes al más alto volumen posible. Sus composiciones eran borrascas. Viscerales homenajes a los versos del conde de Lautreamont. Furibundos escupitajos contra el reino musical y los dioses. Airados estornudos resonando en sucios cementerios. Calaveras jocosas riéndose de los reyes en medio de una época en la que la tecnología había empezado a convertir verdes praderas en áridas fosas mortales.


La voz de Lemmy kilmister atronaba como un viejo cañón, una antigua bomba lanzada a los mares sin ningún objetivo concreto o el motor gripado de una motocicleta. Su mera escucha era una invitación a disfrutar del pillaje y el robo. Puro saqueo. Invocaba la anarquía. Animaba a disfrutar de la carne cruda de pescados resecos por el sol. De los frutos caídos en islas a punto de desaparecer debido a una guerra.

Cada uno de los discos de Motorhead era un barco fantasma. Un castillo derruido donde condes y duques, a medida que entendían que se acercaba su ocaso, intentaban fornicar con todas las mujeres con las que les era posible. Organizaban orgías para morir con una sonrisa de satisfacción en el rostro mientras ardían libros, lienzos, sellos, estatuas, escudos y un sinfín de cetros culturales. La memoria de una estirpe que deseaban borrar de la faz de la tierra para que retornara el mundo ancestral. Y que así, cuando en el firmamento no hubiera más que truenos y lluvia, no existiera otro lugar donde protegerse que las grutas rocosas.

En esencia, cualquiera de los trallazos sonoros de Motorhead era un ametrallamiento de la monarquía. Un sarta de disparos incontrolados contra la nobleza. Eso sí, los integrantes de la banda británica no añoraban cercenar la cabeza de los reyes. Deseaban ametrallarlos. Entrar como criminales poseídos en los palacios y empezar a disparar sin control ni cesar de gritar a diestro y siniestro. Eran terroristas. No querían rehenes. Deseaban el fin de la civilización. Asfixiar la historia. Que el mundo en su totalidad se convirtiera en un reino hedonista sin ley ni moral o que desapareciera para siempre y tan sólo quedara en pie una enorme bandera negra alzada orgullosa sobre las ruinas. Shalam

بقدر ما تريد الشجرة السلام لن تمنحها الرياح أبدًا

Por mucho que el árbol quiera la paz, el viento nunca se la concederá

 

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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