Acorralado

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Nada es casualidad en este mundo. O tal vez todo lo sea. ¿Quién sabe? Yo me inclino a creer que el caos gobierna y a través de sus gritos y ruidos aparece el orden. La mente. El plan. La codicia y la rabia. Hace varios meses escribí un texto en el que afirmaba que, según mi punto de vista, tras la eclosión de Guns N´Roses, el rock como estilo libre, rebelde, creativo, sorprendente y violento, murió (en un sentido metafórico), lo que precipitó la llegada del post-rock, la invasión techno y el “revival” retro rockero (sin espacio para las nuevas ideas y energía) que vivimos desde entonces. Pero olvidé citar el epílogo. Su ocaso. Que no fue otro, claro, que la explosión grunge y la muerte de Kurt Cobain.

Hablaba hace varios días al referirme a La casa de hojas, de que el problema del espacio era vital para entender la posmodernidad. Pues bien, creo que este mismo problema es absolutamente esencial para comprender el grunge. La historia del rock. Mientras hubo espacios libres en Norteamérica, tierras todavía por colonizar (o en las que el el asentamiento humano no había dejado gran huella) y avistar, el espíritu aventurero, el rock, el folk, el country y sus derivados se mantuvieron en pie. No hubo sensación de decadencia sino de descubrimiento y locura. Cientos de miles de colonos europeos (comerciantes, pícaros, delincuentes, mendigos asfixiados en la vieja Europa) podían disfrutar como niños de unas inmensas tierras salvajes sin civilizar. Y desde luego que lo celebraron. Tras la Segunda Guerra Mundial, eran dioses. Pero de alguna manera, ciertas partes de su espíritu se vieron amenazados conforme la revolución tecnológica avanzaba y, simplificando mucho, ahí apareció el rock. El más contestatario y salvaje. Un movimiento cultural que con el tiempo tal vez valoremos de diferentes formas pues entiendo que va unido como un gemelo a su hermano a la devastación del mundo natural. Cuyo acto de defunción, como ya he dicho, no fue en absoluto casual que se produjera en Seattle.

Hace tres o cuatro años pasé un mes en aquella entrañable ciudad y comprendí mucho mejor por qué se había generado ese movimiento en esos nevados, fríos, salvajes parajes. Seattle, sí, es una asalvajada e hipermoderna, extrema villa moderna construida en torno a un río  que nos conduce a boscosos territorios en medio de ninguna parte, dejándonos a varios pasos de Alaska: el territorio de la llama, el aullido de la guerra. El mundo animal no del todo humano.

Allí, sí, en Seattle se percibe, intuye y experimenta la llamada del averno, el fuego en extinción, los gritos de gigantescos mamuts heridos y el peso de glaciaciones, dinosaurios y antiguos dioses nórdicos que fuman la pipa de la paz con aborígenes. Estamos, sí, ante una ciudad-frontera. Más allá, están los monstruos naturales y más acá, los monstruos técnicos. Paseando por sus alrededores, de hecho, es inevitable no sentir las huellas de los colonos, violentos pasos de caminantes perdidos en medio del fragor de tremendas tormentas y restos de arpones usados en empresas de pesca descomunales donde tiburones de piel blanca, moluscos ciclópeos del tamaño de elefantes, surgían del fondo del mar ante hombres curtidos, barbudos, de manos rugosas, preparados para hacer frente a lo salvaje y obtener el alimento necesario con el que calentar hogares y almas. Nutrir cuerpos de familias asombradas y temerosas de los espectáculos naturales que defendían su territorio como los hombres primitivos. Y por ello es que parece lógico que el último grito herido de las fieras rockeras y los animales en libertad (“el grunge”) fuera emitido desde aquel remoto lugar del mundo.

Con el tiempo, sí, puede que se observe con meridiana claridad. El fin del grunge no sólo fue el fin del “rock”, sino que supuso el comienzo del desvanecimiento del mundo tal y como lo conocíamos hasta entonces. Cada uno de los músicos grunge, desde el primero hasta al último, (y tuvieran conciencia de ello o no), eran fieras que observaban con espanto cómo la civilización tecnológica se abatía sobre su mundo. Los rugidos de las guitarras de Soundgarden o los épicos gemidos de Eddie Veder eran posicionamientos, quejidos que advertían que la civilización iba a destruir la naturaleza y con ello iba a robar la libertad al hombre. Eran aullidos desesperados emitidos por miedo a quedarse sin conexión con la tierra debido al avance de la técnica. Aquellos artistas, sí, transmitían la agonía de la naturaleza. El visceral orgasmo de lo desconocido antes de desaparecer. Rocas cayéndose desde incógnitas cuevas que se desmoronaban frente a la mirada asustada de un grupo de gacelas.

Los animales, las manadas, las tribus sólo aúllan cuando se sienten libres y felices o en peligro de muerte. Ante el nacimiento o la extinción. Concretamente, el aullido del grunge fue de auxilio. De desesperación y horror. Un aullido de terror. Similar al de las panteras antes de ser cazadas y encerradas en jaulas con destino a un zoo. El último aliento de orgullo de quienes deseaban, querían un mundo que pudieran tocar con las manos, trabajarlo y sudarlo frente al incontenible avance del capitalismo. Y lógicamente, sus discos casi que sólo tenían una temática: el miedo a convertirse en ciudadanos colonizados por el Gran Hermano. Dominación frente a la que preferían los gemidos de los agujeros negros, las tráqueas de la tierra o los murmullos de los árboles.

Fueran conscientes o no, todos aquellos músicos eran una especie de bárbaros que defendían una plaza que el sistema se había propuesto colonizar como así fue. Los tres primeros discos de Nirvana y Soundgarden eran por ejemplo, discos salvajes. Creaciones de muchachos que deseaban continuar siendo educados junto a los ríos y colinas, durmiendo mientras escuchaban el sonido de los tambores y comer mientras antílopes se desplazaban libremente a varios metros de ellos. Eran abrasivas obras de jóvenes que de haber sido liberados en una isla como los muchachos que protagonizaban El señor de las moscas, no hubieran caído en la codicia y el coraje. Hubieran, de verdad, levantado, construido una sociedad más equitativa y justa.

En fin. No sé si alguien ha visitado últimamente esa urbe. Pero de no ser así, yo les informo. Seattle es actualmente la ciudad de Apple y también un apéndice del hígado de Bill Gates. Un ciudad de computadores. El hogar del nuevo Superman en 3D. Una aldea de máquinas que lanzan soflamas de libertad a través de la pantalla y de personas “inteligentes” de ética “blanda” o “líquida”, que miran de refilón y con cínico interés a los pocos rockeros que aún mantienen la llama del movimiento grunge viva. A los nietos de aquellos leñadores que construyeron con sangre y esfuerzo una ciudad conectada con los abismos. Colgada de la cola del Dios Saturno.

Probablemente esta anécdota -el hecho de que esta urbe sea ahora un símbolo actual de la computación más que del rock- ayude mejor a entender al grunge (y nuestra época). A esas tropas de vikingos que resistieron con guitarras a los romanos durante varios años y posiblemente también mucho más a fondo los traumas personales de Kurt Cobain o los sempiternos problemas de Eddie Veder y sus colegas de Pearl Jam con las discográficas. Su temor a a ser muñecos en las manos de las multinacionales pero, a su vez, la necesidad de que los apoyaran para que sus gritos fueran escuchados frente al avance de la monstruosa civilización.

¿Alguien puede extrañarse de que tras la muerte del grunge y Cobain, al tiempo que William Burroughs comenzaba a languidecer, la dictadura techno invadiese el planeta? Esas muertes pusieron el féretro en el ataúd rockero. Dieron paso a la colonización técnica celebrada con música programada por ordenadores (Underworld, Orbital, Chemical Brothers, Autechre) que más allá de su calidad, anunciaba el nuevo mundo totalitario. Que otra parte más del animal humano había sido controlada al igual que otra ciudad. Motivo por el que me pareció totalmente lógico que al visitar ese monumental (y mediático) museo dedicado al grunge, Seattle experience music proyect, me  encontrara con una exposición sobre la nueva versión de la serie Battlestar Galactica, en la que se veían en primer plano robots con armas al hombro caminando.

En realidad, ¿no ha quedado claro ya?, la muerte del grunge anunciaba la futura llegada de los ciborgs. La máquina. Diagnosticaba con meridiana claridad que la música no sería escuchada nunca más con total libertad, cruda y dura, sino encajonada en las cuatro paredes de una computadora o un reproductor de mp3.

En la habitación en la que se encontró a Kurt Cobain suicidado se hallaba uno de los más desconocidos libros de Jack Kerouac –The Dharma Bums– abierto de par en par por la página en la que el escritor norteamericano hace referencia a las enseñanzas que le habían dejado sus prácticas budistas. Allí, el rey de la beat-escritura hablaba de la necesidad de asesinar el ego, el yo para fundirse y confundirse con el amplio océano y mar de la existencia. También aparecieron abiertos junto a la escopeta con la que Cobain se voló los sesos, un libro de Mark Twain, Un americano en la corte del rey Arturo y otro de Henry Thoreau. Pero ninguno de ellos estaba subrayado. Únicamente el de Keoruac; en una de cuyas páginas finales Cobain había escrito: “Kerouac fue un cobarde. No se atrevió a llegar hasta el fin y desaparecer para integrarse con el camino. Abrazar el oso blanco. Ser un copo de nieve. Quisiera que mi música se convirtiera en un fusil capaz de acabar con el mundo; con todos aquellos que lo ensucian, contaminan y envenenan. Pero no sé si seré capaz. Y si, en realidad, mi música no es un mecanismo más de ese barco sin nombre repleto de pasajeros fantasmas llamado sistema que envenena todo lo que toca, pervierte su primer contenido y siembra la semilla del egoísmo y la vanidad allí por donde pasa. Sí. Quisiera ser un copo de  nieve. Pero para ello debo matar el arte y a mis fans”

¿Es necesario añadir algo más? Con el tiempo, sí, nos daremos cuenta de que los gritos de Cobain, su lucha, su en apariencia ingenuo combate por mantener la inocencia hacían referencia en buena medida a todo lo apuntado. Eran los últimos sarpullidos de los rockeros previo a su exterminación.  Al fin y al cabo, el grunge sí fue un rugido de desaliento.  El previo paso a que se cerrase la compuerta. Por eso cuando murió Kurt cobain, no morimos nosotros ni murió el rock. Murió el planeta. Fueron exterminados los escasos destellos del mundo primitivo que aún restaban a salvo en una Norteamérica condenada desde entonces al brutal maquinismo. Shalam

 عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

Pregunta al hombre con experiencia, no al hombre con estudios

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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