Alambres

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Hay algo que me gusta (y mucho) de Los Alambres. Que no parecen un grupo de rock sino de amigos. Que hay algo amateur en todo lo que hacen. Que componen canciones con el entusiasmo de los niños que se van de excursión. Con preocupación pero a la vez con desparpajo. Y además, no se dan mucha importancia a sí mismos. Se toman la música como un hobby y eso hace la escucha de sus discos una experiencia sumamente disfrutable. Son punkies sin hacer punk y pop sin hacer pop. Músicos melancólicos y rabiosos que no necesitan soltar una lágrima de tristeza ni un berrido para transmitir esas emociones. Son en el más amplio concepto de la palabra, una tribu. Y por ello, creo que en el fondo, les gusta haber pasado bastante desapercibidos. Porque lo suyo tiene más que ver con el instinto, la intuición y el azar que con un plan premeditado o un proyecto ampliamente pensado. Porque no son funcionarios de la música sino aficionados. Amantes. Y entienden que la única manera de disfrutar creando es haciéndolo cuando los astros encajen. Cuando el trabajo les deje y la inspiración los convoque.

 

Por lo general, me gustan los discos trascendentes, llenos de fastuosas ambiciones, o los que han sido tragados por el torbellino del tiempo como si no hubieran existido. Y, desde luego, este último caso es el de Señales de humo.  Una Polaroid que resumía en unas cuantas canciones casuales el pop guitarrero de los 80 y 90. Un disco retro que mezclaba a Paraíso con My blody Valentine mientras miraba de reojo a Vainica Doble, Pavement o The Feelies y quién sabe si también a Kaka de Luxe, Sonic Youth y Stereolab. Referencias esenciales en un mundo -el indie- con el que Los Alambres tal vez no terminaban de encajar o sentirse cómodos. Probablemente porque ellos mismos eran conscientes de que había llegado a un límite de exposición e influencia tal que lo mejor era restar importancia a un legado que si bien ha alimentado muchas vocaciones también ha ido imponiendo normas (no escritas) que restan creatividad a los músicos. Los encorsetan y determinan. Casi que les impone una estética y una forma de ser. Y desde luego, lo que se percibe en Señales de humo es que Los alambres no estaban dispuestos a estar encasillados. Hacían, sí, pop adolescente con extrema madurez y canciones adultas con alma de adolescente. Una actitud pop y un poco suicida que mantenían con orgullo y síntoma de coherencia. De hecho, veo su disco más como una sesión muy trabajada en un local de ensayo que como uno de esos Lps cuidadosamente pensados y producidos. Más como una conversación musical entre amigos que como un grabación al uso. Y esto es precisamente lo que creo que consigue que sonría cada vez que lo escucho: que suena a fanzine. A tebeo de segunda mano.

En fin. Lo que más me gusta de Señales de humo es que probablemente a su pesar, resume una época. Es un disco que no puede escapar del maremoto ochentero. Es nostálgico por tanto, pero a la vez, desesperado. Porque intuyo cierta necesidad de romper, destruir (y venerar) unas influencias que, a la espera de que se produzca el nuevo crack musical, creo que pesan demasiado en las espaldas de los nuevos cachorros del pop. Y por otro lado, es realmente sorprendente que una obra tan notable haya pasado totalmente desapercibida. Parezca no haber existido. Prueba de que o bien el listón del pop hace tiempo que ya está demasiado alto o de que ya no importa nada. La música ha dejado de tener sentido y su función no es tanto convocar a la gente a bailar y amar -al ritual- sino desaparecer. Extinguirse en la caótica hoguera cotidiana. De hecho, creo que a eso aspira Señales de humo: a fundirse instantáneamente con el olvido como aquellos mensajes que se autodestruían inmediatamente después de ser escuchados en Misión imposibleShalam

من تسمّع سمِع ما يكْره

Los intereses particulares hacen olvidar fácilmente los públicos

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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