Alfonso

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A pesar del influjo de la bossa-nova, las melodías de Alfonso Santisteban son tan españolas como el Toro de Osborne, los carajillos o las novelas de Blasco Ibáñez. Una marca tan reconocible como la Carta de Ajuste que sin embargo, no ha recibido el masivo reconocimiento que merecía por diversos motivos. Probablemente porque Alfonso era un bohemio. Un hombre desprendido que tenía los pies en el cielo y la cabeza en una marmita melódica al que se le iban las horas tocando música y además, era un habitual en las barras de elegantes bares y selectas discotecas. Cuando salía no tenía fin. Exprimía la noche y el día. Y recababa la alegría necesaria para continuar componiendo. Su música de hecho era ante todo hedonista. Pasajera y placentera. Un martini rosso bien cargado y correoso. Elegante, sí, pero también llena de vicio. Sensual y sexual. Ideal para escuchar en un descapotable por Marbella, a medianoche en un casino o en un bingo madrileño.

En cualquier caso, Santisteban era probablemente un artista desenfadado, casi un golfo de manual, pero no era un músico efectista. Era al contrario, bastante sutil y lo lógico es que sus melodías se acabaran imponiendo tras varias escuchas. Su intención de hecho no era construir hits sino canciones atemporales y al mismo tiempo divertidas. Fascinantes y gozosas odas de la era pop. Por lo que cuidaba mucho las tonalidades y arreglos. No era en definitiva un músico zafio y tal vez por ello, a pesar de componer música muy popular, no fue capaz de romper los charts. Transformarse en el playboy del piano que tal vez le hubiera gustado ser. Pues era un músico más adecuado para el cine y los guateques siderales que para fabricar hits instantáneos. Además, cuando tuvo un éxito importante, o bien se fundió el dinero ganado en fiestas y pura vida o bien fue estafado por discográficas, agentes y toda esa fauna crecida en las inmediaciones del negocio musical con la única intención de exprimir el talento.

Alfonso fue un incomprendido. Un hombre muy adelantado a su tiempo que, de haber nacido en otro país, tal vez sería considerado una leyenda. Y sin embargo, hoy yace casi en el olvido. Pocos conocen su legado y lo valoran en su justa medida. Ciertamente, le tocaron años duros para su forma de concebir el arte. Apostó por el lounge y la bossa-nova en plena dictadura y se dio a conocer masivamente gracias a la sintonía de famosos programas televisivos en un tiempo plagado de cantautores en el que lo menos que se le exigía a los músicos era cierto compromiso político. Algo ajeno a un hombre que mezclaba la copla con Burt Bacharach y la canción tradicional española con la música brasileña con una facilidad y sencillez exultantes y siempre aparecía en las fotos sonriente y con ganas de divertirse, apretar un poco más el acelerador, tomar otra copa de vino o realizar una nueva colaboración musical por puro placer estético. Características que fueron entendidas como marca de frivolidad cuando tan sólo apuntaban a un cierto modo de entender la vida arrebatador y sensible. Una llama de pasión en la que primaba más el atrevimiento que el recato. La bohemia que la soledad y la meditación.

Lo cierto es que Alfonso era capaz de convertir cada canción en una novela. La mayoría de las melodías que compuso podrían ilustrar imágenes de decenas películas porque tenían una enorme potencia narrativa. Por lo que, a pesar del tono vitalista que poseían, también podían ser utilizadas en diversos contextos. Servían por ejemplo para acompañar el paso de niña a mujer de una adolescente, las correrías de un dandy por Madrid, el ambiente de las playas españolas, el discurrir cotidiano de un centro comercial o incluso uno de esos decadentes asesinatos en chalets tan típicos del Giallo.

De hecho, se hizo un hueco en Italia donde fue contratado para realizar bandas sonoras. Por más que también en el país transalpino su talento fue en parte desperdiciado pues los grandes proyectos estaban en manos de Morricone, Legrand o Cipriani y a él le ofrecían películas de serie B y eróticas sin recorrido alguno. Probablemente porque era visto como un músico de oficio. Un trabajador cumplidor al que ofrecerle trabajos alimenticios y no como el genio que realmente era. Alguien capaz de inventarse él solito el Marbella sound y el Benidorm sound y convertir los centros de ocio de España en hedonistas palacios ye-yés gracias a su particular forma de interpretar, concebir y dar a conocer el pop, la samba y la música orquestal. Además de la grácil manera con la que consiguió enlazar baile, flamenco y pop canalla y de carretera en melodías inmortales de esplendorosa belleza que dialogaban directamente con el sol hispano y los dioses ibéricos y, en cierto modo, transformaban a España en un paraíso y la conducían a la modernidad con uno solo de sus sonidos y acordes.

En realidad, Alfonso Santisteban se encontraba un paso más allá de la realidad. Era nuestro ron Brugal. Un cubata andante. Un cronopio que, en vez de sumergirse en el bop, lo hizo en la música orquestal. Era alguien que en Norteamérica sería un icono estudiado en ciertos ámbitos universitarios y sin embargo, en España -de no ser principalmente por Subterfuge– sería considerado un músico cursi. Un perro callejero del pop sin mayor trascendencia. Cuando en realidad, es uno de nuestros mayores iconos y su música es un emblema de lo mejor y lo peor de nuestro país. De hecho, fue un músico casi quijotesco que transformó géneros tradicionalmente acomodaticios y encorsetados en una amalgama de furia, nostalgia y pasión emblemáticas, convirtió los cuartos de estar en soleadas discotecas y la vida cotidiana en un hermoso concierto de sensaciones. Una banda sonora interminable que combinaba vitalidad y melancolía, desprendimiento y emocionalidad absoluta con talento de mago. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

Las batallas se pierden con el mismo espíritu con el que se ganan

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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