Apocalipsis oculto

0

De todos es sabido que el rodaje de Apocalipsis now fue una locura. Que Francis Ford Coppola estuvo a punto de perder el juicio y de convertirse en el don Quijote del cine moderno. Apocalipsis now es mucho más que una película. Es una sensación. Casi una frontera. Una prueba de resistencia. Una guerra mental. Apocalipsis now es una de las obras más grandes y fascinantes que se han visto jamás en un cine. Nadie -estoy convencido- ha rodado jamás un bombardeo como Coppola. Ni tampoco recuerdo alguien capaz de extraer tanta sensualidad y belleza de los atardeceres en la selva. Esos cielos rojizos.

En cualquier caso, la monumentalidad épica de la película se debe más bien a que transmite la absoluta irracionalidad de la existencia y, más aún, de cualquier guerra, desde el mismo eje de la demencia. Marlon Brando, por ejemplo, está desatado. Se come la pantalla. Está en trance. Se interpreta a sí mismo con tal profundidad y convicción que borda su personaje. O más bien, crea a Kurtz. Lo construye y lo recrea hasta lograr convertirse en él. Y a Martin Sheen se le percibe ciertamente desorientado. Sorprendido y desubicado. No tanto porque su personaje se lo requiriera sino posiblemente, por el mismo rumbo que iba tomando el filme. Porque, en cierto modo, el rodaje estaba siendo tan o más caótico y espeluznante que los mismos hechos plasmados en el guión basados en la novela de Joseph Conrad. De hecho, tengo la impresión de que los posteriores excesos de su hijo, Charlie, surgieron aquí. Nacieron durante los tormentosos ensayos de un film que debió dejar una cicatriz imborrable en el ADN de Martin Sheen. Un actor que se percibe que miró de frente a los abismos. El rostro del delirio. Y desde luego, no salió indemne.

Apocalipsis now es una película atípica. No es un espectáculo. Es una oda a la extrañeza. Está filmada con el entusiasmo y pulso loco de un americano pero con la contención y equilibirio de un director europeo. Es difícil destacar una sola de las decenas de anécdotas que el filme ha producido porque su rodaje continúa siendo una caja de truenos. La caja de Pandora del cine moderno. Hace meses, por ejemplo, vio a la luz una joya oculta de ese baúl de los horrores. Me refiero a la banda sonora de David Shire, destinada en un principio a ilustrar sus impresionantes imágenes.

La historia es aproximadamente la siguiente: La relación entre el músico y Coppola era excelente. Ambos habían salido muy satisfechos de su colaboración en La conversación. Y pronto, serían familia. Pues gracias a esa amistad, Shire conocería a su hermana Talia y contraería matrimonio con ella. No había muchas dudas, por tanto, de que Shire se ocuparía de los sonidos del film bélico que Francis estaba preparando y a eso se consagró con devoción en un estudio de Los Ángeles durante prácticamente un año. Sin embargo, la colaboración no germinaría porque Shire comenzó a tener los problemas con su esposa que lo conducirían al divorcio y, entretanto, la incertidumbre sobre el buen rumbo del proyecto cinematógrafico era mucha. Coppola -perdido en medio de la selva de Filipinas- apenas dio señales de vida durante meses y para cuando estuvo lo suficientemente centrado para al fin comunicarse con Shire por teléfono desde otro continente, éste ya había decidido embarcarse en otro proyecto (con el que ganaría un Oscar): Norma Rae. Lo que supuso su despido fulminante. Finalmente, aunque hubo otros artistas que también participaron entre medias, Francis optó porque su padre se ocupara del trabajo. Una elección bastante afortunada porque Carmine interiorizó en muy poco tiempo el espíritu esquizofrénico del filme y dio a luz un puñado de minimalistas, frías, áridas composiciones que forman parte de la historia del cine.

Lo cierto es que la banda sonora de David Shire es bastante parecida a la de Carmine. Probablemente porque Coppola tenía muy claro lo que quería y dejó instrucciones muy precisas a ambos compositores: sonidos electrónicos que transmitieran riesgo y locura inspirados en las composiciones (que por aquel tiempo hacían furor) de Isao Tomita.

No obstante, hay que reconocer que el trabajo realizado por Shire fue descomunal. Tanto que creo que sus creaciones hubieran acentuado aún más la sensación de horror, opresión y desorientación del filme. Pues captan perfectamente los sonidos de la jungla, la lluvia y las hélices de los aviones. De hecho, su soundtrack es una barbaridad expresionista. Es casi un poema mórbido y caótico. Una brutalidad existencial y cósmica. Una droga alucinada que refleja en un extraño espejo sintético el estado mental de la guerra de Vietnam. Es, sí, una sinuosa, solemne y brutal escalera psicótica a la que tan sólo le falta el acompañamiento de los míticos temas de The Doors, Rolling Stones o Creedence Water Revival para hacer estallar los oídos de los oyentes. Convertir la experiencia de su escucha en un verdadero paseo por el horror. Una invitación a redescubrir aquel mundo ancestral lleno de sacrificios rituales y copas de sangre y vino parecidas a menstruaciones divinas, arrojadas salvajemente sobre los rostros de oscuros ídolos, que la civilización occidental se encargó de transformar en ruido y furia a base de bombas y metralla. Shalam

إِذَا كُنْتَ فِي قَوْمٍ فَاحْلُبْ فِي إِنَائِهِمْ

El Universo sólo teme al Tiempo y el Tiempo sólo teme a las pirámides

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo