Aquellos discos

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La vida es larga y supongo que, a su tiempo y modo, podré ir concluyendo proyectos. No hay prisa aunque tampoco sería bueno detenerse excesivo tiempo. Uno de los libros que dejé a medias hace varios años era un ensayo sobre los cien mejores discos del Siglo XX. Un siglo XX -claro- imaginario puesto que en él la Segunda guerra Mundial había sido ganada por los alemanes, italianos y japoneses provocando que lógicamente la la historia de la música cambiara y las referencias incontestables no fueran las anglosajonas sino las de la Europa del Este controlada con mano férrea por el yugo germánico.

Quedan muchísimos aspectos que corregir en este libro. De hecho, quedó a mitad. Pero como testimonio del mismo, me gustaría dejar a continuación una reseña sobre uno de los más grandes compositores de esa (ficticia) era: Or. Ante todo, porque la artista experimental y diseñadora Susana López llegó a realizar una portada para este disco inexistente que si lograra finalizarla algún día, desde luego que se encontraría entre las ilustraciones de la obra.

Ahí la dejo.

Or: Good pawn

Suena el primer acorde de guitarra e inmediatamente percibimos que no estamos ante un disco cualquiera. Todo lo contrario. A pesar de haber sido educado en un conservatorio, haberse exiliado por voluntad propia en Londres huyendo de las purgas nazis y tener un conocimiento superficial de la música moderna, el idilio entre Or (nombre tras el que se oculta Werner Albring) y el txcop de vanguardia llegó a cotas inesperadas en el imprescindible Good pawn: un disco demasiado poco conocido teniendo en cuenta sus alcances y fórmulas novedosas.

Digámoslo ya. Good pawn es una obra difícil y es comprensible que sean muchos los que se han estrellado ante la red de sonidos densa y compleja que aparecen en esa especie de obertura post-wagneriana llamada “No rings”. Lo que ocurre es que Or fusiona música clásica y experimental de una manera tan original y, aparentemente, casual –aunque, en realidad, sumamente estudiada- que resulta difícil distinguir no ya los fragmentos orquestales (sumidos en un magma de sonido aterciopelado) de los populares (usualmente interpretados por instrumentos clásicos que los vuelven irreconocibles) sino incluso llegar a saber, a veces, si nos encontramos, realmente, ante música u otro arte recién inventado ante el que cuesta encontrar la palabra exacta que lo defina.

En cualquier caso, desearía aclarar que Good pawn no es un disco ruidista – truco demasiado fácil, sin duda, para Or- sino más bien avasallador. Pues como si de un ejército teutón se tratara, el genio estira las dimensiones de la música clásica al límite, elevando y bajando con soltura y únicos los chillidos de violonchelos y contrabajos (que llegan a parecernos theremines) para dar a luz un sonido espectacular, original y acaso nunca jamás escuchado hasta entonces.

Según Werner, en Good Pawn intentó hacer sentir al oyente que estaba cabalgando en el vientre del caballo y, por tanto, escuchando la música desde el mismo lugar en que el ruido comienza a ser sonido y el sonido todavía es ruido. Momentos antes de que melodía y compositor se fusionen en un mecano imparable y nos otorguen una insólita experiencia artística. Por lo que el disco se encuentra lleno de trozos atonales y fragmentos musicales vacíos que provocan un efecto de aturdimiento que no es ni casual ni azaroso dado que el músico sabe conjugar perfectamente las facetas experimentales de sus composiciones con las más tradicionales. De hecho, juega con el límite de paciencia del oyente, colocando cuando menos se las espera sinfonías de violines pop bellas y edulcoradas o soniquetes deliciosos de piano que no permiten a nadie abandonar el disco bajo pena de perderse momentos de una intensidad, emoción e inteligencia asombrosa.

Sin dudas, Good Pawn quedará grabada en la memoria como la banda sonora indiscutible del frío y aislacionista verano del 68 pero, a su vez, como un caleidoscopio extremo de ideas todavía aún no asimiladas por la mayoría de compositores de este planeta. En cualquier caso, no cabe duda de que seguirá dejando huella porque es imposible no emocionarse ante esa nana truks llamada “Sister” o el tema más clásicamente salvaje jamás compuesto por Or: “earth simphony”. Una sinfonía construida por entero en re sostenido en la que las guitarras, el bajo y los teclados nos conducen hacia terrenos musicales nunca jamás concebidos hasta entonces. Tan cerca de Beethoven como del techno más moderno sin por ello dejar de mirar al más ancestral pasado musical, tal y como demuestran esos sonidos de huesos y voces oscuras tribales que se escuchan de cuando en cuando.

Quedará para la historia, a su vez, el homenaje sincero y rendido de Or a Trekkus en ese último tema, “Deus” donde mezcla tres melodías de distintos singles del genio de Nuremberg para disolverlas finalmente -al compás del ritmo íntimo de un saxofón alocado que baila en soledad- entre una irresistible muralla de sonidos que emergen de unas flautas, pianos y violines extraterrestres que intentan devolver la música al terreno del que nunca debió salir: los cielos. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

Los perros que se pelean entre ellos, se unen contra los lobos

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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