Artémiev

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Eduard Artémiev fue el músico fetiche de Nikita Mijalkov. Sus composiciones se encuentran unidas a las imágenes filmadas por el cineasta ruso. Es autor de un puñado de discos en los que exploraba los límites de los más modernos y ralos sintetizadores y las propiedades afectivas y sentimentales de la electrónica. Y además, lideró a todo un grupo de compositores vanguardistas que condujeron la música rusa a nuevos confines. La modernizaron y la convirtieron en un territorio de pruebas tecnológico. Pero creo que si está destinado a ocupar un lugar en la memoria colectiva de Occidente va a ser fundamentalmente por sus tres intensas colaboraciones con Andréi Tarkovski: Solaris, El espejo y Stalker. Obras en la que captó con una intensidad inaudita el espíritu eslavo y supo entender hasta el fondo la naturaleza de las imágenes que debía ilustrar.

En cualquiera de las tres bandas sonoras mencionadas, Artémiev condujo el sonido a los márgenes más relevantes de su expresividad. Llegando a captar su “aura” religiosa gracias, entre otros artilugios, a las propiedades de un sintetizador inventado por el ingeniero Eugeny Murzin, el “ANS”, (iniciales que hacen referencia al ocultista ruso Alexander Nicolayevich Scriabin) cuyas cualidades le permitieron convertir a la música en una nebulosa. Un fluctuante y envolvente magma que seducía e hipnotizaba al oyente a través de un hilo de cadencias y flujos y reflujos de notas musicales parecido a una marea, ideal para plasmar estados de ánimo, explorar dimensiones ignotas del alma y el arte y atravesar nuevas fronteras.

Artémiev preparó su colaboración con Tarkovsky con un mimo inusual y los resultados fueron ciertamente grandiosos. Reinventó composiciones clásicas como es el caso del Preludio Coral en Fa Menor de Johann Sebatian Bach. Transformó instrumentos tradicionales en anclas espaciales con las que poder orientarse durante su viaje por territorios desconocidos, misteriosos. Supo mezclar con un equilibrio sobrehumano sonidos ralos e inquietantes que remitían a catástrofes con otros que apuntaban a un renacer religioso. Y combinó extractos de alucinantes coros que parecían proceder del más allá con todo tipo de resonancias futuristas cargadas de fuego semejantes a visiones o cantos telúricos. Logrando lo que pocos creadores han conseguido: convertir la música electrónica en una catedral inmaterial. Fusionar la música bizantina, las composiciones clásicas eclesiásticas con efectos sonoros parecidos a loops y samplers para lograr trasmitir los retortijones del alma humana al contactar con el Absoluto. Conseguir colocar una pica en medio de los universos espirituales, las venas divinas y las estrías del corazón humano y aprehender musicalmente los misterios de la bondad. De ese amor totalitario con el que fue creado el mundo y que riega continuamente los cielos, campos y océanos.

No sé si es exacto afirmar que estos tres trabajos de Artémiev son bandas sonoras. Yo más bien, creo que son ofrendas. Incursiones metafísicas. Tapices religiosos. Versículos de una Biblia desconocida y aún por escribir. Interrogaciones sobre la naturaleza de Dios. Pensamientos religiosos, emanaciones filosóficas y reflexiones similares a besos que van surcando el espacio a su propio ritmo.

Artémiev tiene un lugar central en la historia de la ciencia ficción porque, a diferencia de sus colegas norteamericanos, él no sólo se ocupó de la música. De cuestiones técnicas. Fue más allá. Quiso, como Bach, dialogar con Dios del mismo modo que Tarkovsky lo hacía en sus filmes.

Yo creo que Artémiev vislumbró ángeles durante los años en que trabajó con el cineasta ruso y que sus tres soundtracks son bebidas alquímicas. Porque basta escucharlos unos minutos para que el ambiente de la habitación en que se haga, cambie totalmente. Tengamos la impresión de estar levitando y de que cada uno de nuestros gestos es trascendente. Probablemente porque supo captar eso tan difícil de descifrar y definir que es la fe. Esa vela, esa llama que no se extingue e ilumina por igual la profundidades del corazón de la humanidad, la tierra y los cielos y convierte a los hombres buenos por el mero hecho de resistir en pie, en héroes. Shalam

إِذَا صَمَتَ المَجْنُونُ عُدَّ عَاقِلاً

Las religiones desaparecerán con la felicidad de los hombres

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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