Artificiero

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Uno de los aspectos que más valoro de un disco no sólo es que me invite a viajar sino que me deje libertad para hacerlo. Que no me imponga un camino y tal vez ni siquiera lo sugiera. Únicamente ponga las bases -y lo haga bien- de una aventura, traiga consigo los rieles de un ferrocarril situado en medio del inconsciente, y me permita ir solo hacia donde yo desee. Bajándome, eso sí, a tierra cuando de tanto en tanto -algo habitual en mí- me encuentre perdido. En medio de ninguna parte y una frontera extraña. Generalmente, esto me ocurre cuando al escucharlo, vienen a mi mente imágenes que no estaban ya previamente programadas por el músico. Cuando elaboro argumentos temáticos y sonoros en una dimensión paralela a la real. Algo que me ha sucedido con VS010, la casette de Artificiero. Una epopeya de sonido que no importa que por ejemplo utilice (o permita rememorar) en algún momento, los compases del Lux Aeterna de György Ligeti, títulos escatológicos que recuerdan las películas de Alejandro Jodorowsky o fragmentos ambientales que parecen haber sido extraídos de la laptop de Brian Eno, a mí me lleva a otros lugares de los aparentemente previstos. Precisamente, porque creo que VS010 es un no-lugar. Un disco surgido de un agujero negro. Una nave descompuesta flotando por alguna galaxia emitiendo destellos sonoros que son un cruce entre el krautrock y los sonidos industriales y eléctricos. Una combinación que se siente en este caso más que cerebral, absolutamente instintiva. Y por tanto, contiene cierto regusto punk -casi indistinguible, eso sí-  y a serie B en su interior. Posee un espíritu a medio camino del chamanismo de barraca y feria y el nihilismo contemporáneo. Nietzsche atravesando dimensiones oscuras y laberintos entre los que surgen vampiros y los pies cortados de varios aliens. Extrañas carátulas de viejas bandas sonoras de películas de ciencia ficción derrumbándose en el mar negro. Y choques fortuitos de las gamberradas de Esplendor Geométrico y Derribos Arias frente a satélites donde se reflejan constantemente imágenes de Ulises 31.

Lo que más me interesa de VS010 en realidad es su espíritu travieso. Que se siente que hay detrás de cada uno de estos destellos sonoros, alguien divirtiéndose y a quien le da igual absolutamente el dadaísmo, el surrealismo o cualquier otro concepto. Porque básicamente, le importa construir ondas de sonido. Contar una historia. Bucear en una gruta. Arrojar una bola de tierra mascada a la discoteca de la realidad. E incendiar momentáneamente el presente. Sin visos de trascendencia. De hecho, existe cierto halo de apocalipsis zombie en las cuatro rodajas siderales que lo componen que explica, en cierto modo, el que, aunque parezca mentira, el disco no me haya conducido al espacio, sino que me haya anclado los pies a la tierra. Como la ingestión de dos o tres trozos de sucia pizza. Puesto que lo visualizo y siento como la banda sonora de una película del cariz de Berberian Sound Studio o de las dirigidas por Dario Argento y John Carpenter. Música infecciosa para ilustrar la parálisis consumista. Exorcismos cotidianos. Terrorismo trashy. Y los miedos del ciudadano medio europeo. Ideal para ser escuchada en los barrios bajos de Italia, en medio de la huerta (o ¿qué sé yo?; tal vez en ninguna parte) o para ilustrar las imágenes de un documental sobre el ocaso del sistema de bienestar donde se incida en que a pesar de sus constantes crisis, contracciones y estallidos, el presunto cadáver del capitalismo está más vivo que nunca. Shalam

إِذَا دَرَّتْ نِيَاقُكَ فَاحْلِبْهَا

                           Ningún árbol crece hasta el cielo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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