Así me gusta a mí

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“Así me gusta a mí” es el “Anarchy in the Uk” de la generación consumista española. Un himno que marcaba el fin del tiempo de la inocencia y dictaminaba el inicio de la era neoliberal. De ese capitalismo hedonista, frívolo y fuera de control que se impondría durante los años 90. Chimo Bayo podría no haber hecho nada más en su vida y habría pasado a la historia como el músico y dj capaz de retratar en escasos seis minutos el nihilismo levantino e hispano. El alma negra de Mario Conde y la putrefacción socialdemócrata. Su canción no era una canción. Era una bomba. Puro speed. Una droga que retrataba de manera simple y efectiva la destrucción de la vida social. Toda esa mierda que había detrás de la España de la Expo sevillana y los Juegos Olímpicos de Barcelona que acabaría saliendo con los años.

“Así me gusta a mí” triunfó en parte por la mala leche y el desparpajo con la que estaba grabada. Por la crudeza con la que describía el ocio moderno y el arraigo al goce de una sociedad materialista que se había dado cuenta en muy pocos años de que todo era mentira. De hecho, a pesar de la simpleza de sus letras y a que no aludía expresamente a esta situación, la bomba de Chimo Bayo retrataba muy bien la nociva realidad de la construcción y la corrupcción. La frívola locura de los negocios y la droga. Era un misil que describía la zombificación de la clase media española como se ha hecho pocas veces. Un acorazado de odio que, en cierto sentido, terminó para siempre con la edad de oro del pop español y precipitó, sí, la llegada del indie y de la dictadura techno. La era de la especulación y el fin de la protesta social.

“Así me gusta a mí” es un tema que habla directamente a la actual generación ni ni. Una secuencia de sonidos que afirmaban con mayor crudeza si cabe que cualquier himno punk que no había futuro. Era un himno terrorista contra cualquier proyecto de vida que afirmaba con rabia y chulería que sólo había presente. Drogas y más drogas. Coches y más coches. Rayas y porno. Mucho porno. Porque, ante todo, era una canción anti-amor. Era la canción del sexo y la cocaína por excelencia. Del ego y la locura. Todo aquello con lo que se identificaron los españoles durante años frenéticos en los que parecían haber olvidado su historia y no tener más porvenir que la moda, un fajo de billetes y montones de cemento. Shalam

إِنَّهُ لأَشْبَهُ بِهِ مِنَ التَّمْرَةِ بِالتَّمْرَةِ

El rico no gozaría nada sin la envidia de los demás

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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