Black Sabbath: el pozo negro

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Antes de realizar el vídeo de youtube sobre Black Sabbath, (https://www.youtube.com/watch?v=M-EO-HOgAiY) hilvané un pequeño guión que pensaba leer al completo cuando grabara el audio. Pero deseché inmediatamente esta idea porque, siendo sinceros, no funcionaba de ninguna manera. Era un peñazo de más de 15 minutos para eruditos. Una cosa es hablar y otra escribir. Lo que leído puede ser alucinante, hablado puede ser cansino. Así que opté por dividir el vídeo en preguntas que sintetizaran lo que deseaba decir. De todas formas, el texto original quedó escrito y, tras haberlo pulido un poco, lo dejo a continuación por si a alguien le interesa.

Black Sabbath: el pozo negro

Bajo mi punto de vista, la música de The Doors fue el primer aviso, en medio de la era del flower power, de que una matanza como la realizada por Charlie Manson podía llegar a producirse. Creo que, porque contrariamente al resto de grupos urbanos y hippies, Jim Morrison y sus huestes eran profundamente dionisíacos. Parecían salidos de un ensayo de Nietzsche o de un poema de William Blake. No estaban tanto preocupados por temas sociales o acceder al paraíso como por conectar con el lado instintivo y salvaje de la vida. Y, por consiguiente, comenzaron a vislumbrar el final de la era hippie desde que se reunieron en un local de ensayo.

Los discos de The Doors eran furiosos, proféticos y nostálgicos. Eran rojas acuarelas decadentes y enigmáticas que invocaban la memoria de los poetas simbolistas, los asesinos y la Biblia y preludiaban con rabia el advenimiento de la era de la contaminación. En esencia, sí, plasmaban el caos y el desorden de la creación. En fin, si The Doors anticiparon la llegada de Charlie Manson y el ocaso del idealismo, Black Sabbath lo certificaron. Con su primer disco, publicado pocos meses después de los mencionados asesinatos, se dio fin a la supuesta inocencia de la era pop. Si The Doors realizaban blues rojo, Black Sabbath tocaban blues negro. Sus conciertos eran prácticamente funerales en los que se velaban las ilusiones y esperanzas de las nuevas generaciones de jóvenes quienes, al poco de comenzar a vivir, ya vislumbraban que, como más tarde gritaría el punk, no había futuro.

Verdaderamente, aunque el nombre del grupo hace referencia a la película de Mario Bava, Black Sabbath; (en español, Las tres caras del miedo), su primer disco podía haberse titulado perfectamente La semilla del diablo. Porque los cuatro integrantes de la banda británica parecían haber estado en el rodaje del filme de Roman Polanski y tener, por tanto, la misión de poner banda sonora tanto a sus imágenes como a las consecuencias del advenimiento del mal en el mundo: las psicosis, las paranoias, la melancolía, el delirio. De hecho, en gran medida, consiguieron traducir y conducir el lenguaje hablado en el infierno a nuestra realidad para lo que tuvieron, en cierto modo, que transformar la música en ruido.

En verdad, probablemente los integrantes de Black Sabbath no fueron conscientes hasta mucho tiempo más tarde de lo que lograron con sus primeras obras. Al fin y al cabo, no eran más que irresponsables muchachos necesitados de un medio de expresión para liberarse y dar rienda suelta a sus deseos y fobias. Pero, más allá de sus intenciones, lo cierto es que lograron captar la neurosis occidental moderna y, al mismo tiempo, reflejar un ambiente intemporal, casi medieval en sus creaciones. De hecho, muchas de ellas parecían haber sido grabadas en castillos o enormes mansiones, puesto que el sonido de cada instrumento reverberaba intensa, profundamente, como el repiqueteo de campanas en una catedral gótica. Pero, al mismo tiempo, sonaban inmensamente modernas. Ruidosas, nihilistas y estruendosas. Hasta el punto de que sirvieron de punta de lanza de todo un estilo musical: el heavy metal.

Black Sabbath fueron visionarios. Eran repito, profundamente antiguos y modernos. Por eso en muchas de sus canciones aludían a macabros hechos que podrían haber sucedido varios minutos atrás en las afueras de Londres pero hacían, a su vez, evocar los pliegues de la frente del mago Merlín o las sonrisas malignas de los chivos. Por eso hacían pensar en torturas medievales pero, al mismo tiempo, reflejaban clarividentemente la destrucción de la vida social acaecida en las sociedades modernas y la desesperanzada alma de los jóvenes frente al porvenir. En definitiva, eran ancestrales e innovadores. Y por eso sus melodías eran ideales para volver a leer la historia de la brujería pero también para ahondar en las raíces del nihilismo contemporáneo.

Ciertamente, los cuatro músicos de Black Sabbath se comportaban como exorcistas. Pero cada uno tenía un papel distinto. Ozzy Osbourne interpretaba el rol tanto de víctima como de demonio. A veces, su voz era similar a la de una muchacha angustiada, otras a la de un murciélago herido y en ocasiones incluso a la de un estudiante desquiciado. La voz risueña de Ozzy era capaz de transformar una amable oda al amor en un responso diabólico y crear paranoicas atmósferas y opresivos ambientes. Era una voz parecida a una flauta endemoniada capaz de transmitir un puñado de emociones y sentimientos contradictorios con absoluto desparpajo: sensibilidad, inquietud, miedo, dolor, risa y horror. Por otra parte, la guitarra de Tony Iommi invocaba rituales ocultos. Era un cruce entre el sonido de la tormenta y una sierra. Y sus distorsiones se alargaban y contraían como la piel quemada de un condenado a morir en la hoguera o el rabo de Satanás. A su vez, el bajo de Geezer Butler era repetitivo y obsesivo como las reflexiones de un neurótico suicida. Estaba repleto de majestad y gigantismo secreto y se diría que intentaba invocar la presencia de algún espíritu esquivo. Y por último, Bill Ward parecía tocar la batería en el fondo de un pozo o en una celda lleno de presos moribundos.

Debido a sus características, Black Sabbath pronto se convirtió en un grupo sumamente necesario. Al fin y al cabo, frente a las bandas de música sinfónica y progresiva que, en cierto sentido, creían en la posibilidad de expandir el hippismo, la paz y la confraternidad durante los años 70, ellos alertaban del cataclismo tecnológico. Puede que su música fuera -es un decir- excesivamente tenebrosa y apocalíptica pero también era mucho más realista que la de los grupos psicodélicos y hedonistas. Ante todo, porque certificaba que los proyectos comandados por los gobernantes de las naciones occidentales (no hacía falta más que mencionar la Guerra Fría) no estaban mejorando la vida de los ciudadanos sino que, en la mayoría de los casos, la estaban poniendo en peligro. Algo en lo que, poco tiempo más tarde de la publicación de Paranoid o Master of reality, insistiría David Bowie canalizando la energía rota de un mundo travestido y corrupto de entre cuyas grietas surgían con una fuerza y consistencia inusitada las canciones de Black Sabbath. Las cuales, de alguna forma, lograron conectar con muchas de las obras prohibidas y subversivas de la sociedades occidentales a lo largo del tiempo y por eso su impacto no fue únicamente musical sino que, ante todo, fue un shock cultural. Casi ontológico. De hecho, sus incendiarios, rocosos e intensos discos podían perfectamente ilustrar los lamentos de los condenados en el infierno dantesco y los furiosos versos compuestos por el conde de Lautreamont pero también servir de banda sonora a novelas como Inferno de August Strindberg o A contrapelo de Joris-Karl Huismans en las que se describía el nacimiento de la angustia moderna.

Lo cierto es que, antes de Black Sabbath, muchos músicos -como era el caso de Jerry Lee Lewis- podían ser considerados pecadores pero también podían redimirse con su música. Little Richards o Johnny Cash se convirtieron en predicadores divinos, por ejemplo, con absoluta naturalidad. Y Bob Dylan en la voz de la conciencia de la sociedad y a nadie le extrañó. En realidad, el rock era un canal para el bien o para el mal. Pero no era una encarnación del mismo mal que es lo que, en definitiva, lograron Black Sabbath: transformar sus canciones en emanaciones malignas. Verter el sonido del infierno a la tierra. Evitando la autodestrucción del hombre moderno al dejar bailar a sus demonios internos en plena libertad sin ignorarlos ni pensar que el sello del amor podría detenerlos, como habían hecho las hordas hippies. Shalam

عد تناول الطعام ، فإن أفار جائع أكثر من ذي قبل

Después de comer, el avaro tiene más hambre que antes

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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