Bowie en un manicomio: Outside

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Adoro Outside. Este intenso, febril disco me hizo salir de un letargo en el que me encontraba  a mediados de los 90. Una etapa en que no escuchaba más que jazz y música clásica. Sí, es cierto que todavía disfrutaba y mucho, con algunos Lps de pop y rock, pero comenzaba a sentir que eran estilos desgastados. Necesitados de cierta renovación. Medio en broma, medio en serio, recuerdo decirle a un amigo que pensaba dedicarme el resto de mi vida a escuchar una y otra vez los discos de Miles Davis, John Coltrane o Count Basie y las grandes óperas de Verdi o Wagner. Y además, me iba a vestir con una capa, maquillarme como si fuera Drácula y fumar en pipa hasta el fin de mis días, puesto que, con esta vestimenta, tal vez podría disfrutar más de los hallazgos contenidos en las creaciones de Sibelius o Stravinsky. Y desde luego, que no habría acorde de una sinfonía de Paganini que no pudiera tatarear ni anécdota que no llegara a conocer de la vida de Mozart. Contemplaría por ejemplo Don Figaro en todos los escenarios y teatros donde se estrenara y, asimismo, revisaría cada uno de los cánticos ancestrales de Charlie Parker. Saxofonista a quien deseaba también emular con tal intensidad, que no sólo me conformaría con copiar su vestimenta. De hecho, estaba dispuesto incluso a engordar y coquetear con las drogas para deslizarme a través del camino que él trazó, situado a mitad del cielo y el infierno. Ese purgatorio paradisíaco por el que asomaba su saxofón, haciendo un agujero en el aire como si fuera una navaja, mezclándose con la sonrisa de Wagner y Beethoven, hasta que David Bowie entregó Outside, y todo cambió.

Existía un aire enrarecido, ambiguo e impreciso, mezclado con ciertas dosis de gélida locura en aquel disco, que lo hacían sumamente atractivo. Había allí una voluntad de experimentar sin necesidad de ser excesivamente insistente, que me parecía fascinante. Creo que porque lo que pretendía Bowie, era dejar libre al oyente para desplazarse por entre aquellas canciones como lo deseara, permitiéndole en cierto modo, colaborar a crear una obra que parecía una acuarela abstracta. Una sinfonía de sonidos alienados en la que se mezclaban formas geométricas indefinibles y fogonazos de inspiración chamánica junto a trazos, retazos vanguardísticos y  experimentales que se mecían sobre pasajes melódicos envolventes y adiposos.

Bowie quiso y supo captar la  fascinación y miedo por el futuro que se palpaba a mitad de la última década del siglo XX. La ansiedad de un presente que comenzaba a bifurcarse en cientos de nuevas realidades virtuales que colonizarían la psique del ciudadano occidental. Entendió perfectamente la lógica neoliberal, la esquizofrenia capitalista y la trasladó a un disco a través del que se comprendían, sin necesidad de leer tratado teórico alguno, las claves de nuestra época: la manipulación, el rostro anónimo del poder, el aislamiento de los ciudadanos, el discurso abstruso político, la autodestrucción, los efectos del consumo cotidiano de cocaína y la atracción nihilista por el abismo habitual en sociedades que, paradójicamente, ponían en primera línea de valores, la seguridad y el bienestar. Sociedades de un tiempo no ya decadente, como sostenía Owald Splenger, sino arisco, peligroso, fascinante, en muchos sentidos, pero también sucio, en el que se intuía, como ha sido así finalmente, que todas las certezas acabarían estallando.

Distopías, imágenes flotantes, edificios que se derrumbaban, muelles de plástico, gritos de masas enfurecidas, confundidas, sonidos espectrales y visiones oníricas de manicomios vacíos. Outside era esto y mucho más. Una especie de actualización de las tesis de Antonin Artaud. El preludio de un Apocalipsis. El retrato de un horror normalizado. Un paseo delirante por una sociedad donde los códigos se confundían, las explicaciones derivaban en preguntas o inquietantes lamentos, y los acontecimientos se multiplicaban repetidas veces dentro de un tiempo múltiple, cuya textura era similar a la de algunas novelas de Thomas Pynchon.

Concebido como la primera parte de una trilogía que nunca se llegó a concluir, Outside narraba las investigaciones realizadas por un detective llamado Nathan Adler sobre una serie de crímenes (cadáveres mutilados, cuerpos descuartizados son utilizados en exposiciones y vendidos a precios altos para goce de los estetas)  que habían comenzado a extenderse en el mundo del arte. Y a partir de allí, comenzaba un viaje apasionante y sin misericordia, por un mundo en el que las fronteras se diluían y todo era mutable, sin planos ni reglas fijas, como si estuviéramos ante una nueva versión del Almuerzo desnudo, un fresco de Ensor, o una película de Cronenberg. Un mundo nitzscheano repleto de máscaras, tiburones y arañas que ponía en contacto el expresionismo alemán con las leyes de la cibernética y el arte postmoderno más feroz. Haciendo comprensible el que David Lynch utilizara uno de los extraviados temas de aquel disco para cerrar su indescifrable Carretera perdida; o David Fincher eligiera “The Heart’s Filthy Lesson” para finalizar su Se7en: otra historia postmoderna de detectives disfuncionales y asesinos anónimos.

Sin dudas, me hubiera gustado encontrarme en el estudio donde se registró el disco. Se intuye, se siente, que los músicos disfrutaron, gozaron. Reeves Gabrels, Carlos Alomar, Mike Garson ya tenían una trayectoria lo suficientemente consolidada para entender y llevar a cabo sin rechistar, las órdenes del maestro de ceremonias, Brian Eno, con quien Bowie se había vuelto unir.

El genio suizo repartía papeles a cada uno de los artistas antes de comenzar las sesiones de grabación. Unas veces, el batería debía tocar como si fuera el miembro de una banda de rock sudafricano. Y otras, el bajista debía hacerlo con la mentalidad de un terrorista, un marciano, o un banquero rebelde que desahoga toda su rabia en el instrumento. Y sin miedo a deslizarse por las áreas más obscuras, a penetrar en lugares sin luz ni ventilación, todos ellos se aplicaban a su papel en ejercicios de improvisación continua. Bowie seleccionaba las letras mediante la técnica del cut-up, ayudado por un programa llamado Verbasiser, que confería un carácter eléctrico a su voz. Y gracias al cacharro, su garganta emitía sonidos y significados discordantes que a veces, eran el único elemento a través del que orientarse por un LP que se improvisó al completo en el estudio. Pues todos sus temas, a excepción de “Strangers when we meet”, fueron compuestos durante el desarrollo de esas furiosas, esquizofrénicas sesiones.

Por razones obvias, la mayoría de esas tomas fueron descartadas a la hora de mezclar el disco, que tuvo que ser trabajado convenientemente para poder ser editado. Pero afortunadamente se conservan varias que se pueden escuchar hoy en día como complemento ideal de la toma “madre”. De hecho, Bowie ha confesado en alguna ocasión que posee veinte horas de material que algún día le gustaría trabajar y remezclar para sacar varios LPs. Tal vez las otras dos partes de esta trilogía que nunca pudo completarse y a mí, en concreto, me hizo caer definitivamente en las redes del arte y la música contemporánea.

Desde Outside, por ejemplo, el ambient, el jungle y el house se convirtieron en estilos musicales que dejaron de serme indiferentes y extraños. Al igual que el arte contemporáneo. Recuerdo asistir a las más variadas, distintas exposiciones de pintura o escultura, escuchando este disco en mis walkman, mientras me sentía transportado. Y realizar una relectura de los lienzos de Francis Bacon o Lucian Freud a partir de los presupuestos extraídos aquí, los cuales me sirvieron para trazar un puente entre el futuro y el pasado. Vincular Arco (la feria de arte madrileña) al Sonar (el festival de música electrónica catalán) y estos espacios creativos con los libros que leía y me influenciaban, permitiéndome fusionar el museo y la calle y caminar, más libre y ligero de peso, con mayor levedad, tras el rastro dejado por Walter Benjamin, Marshall Berman o Baudelaire. De hecho, Outside me hizo comprender al fin, otro disco de Bowie, Heroes, que durante mi adolescencia, aún gustándome, no terminé de disfrutar. Pero terminó por maravillarme de tal modo, que en cuanto pude reunir un dinero, partí a Berlín en tren para intentar familiarizarme con el ambiente en el que Bowie creó algunas de sus mejores creaciones. Influenciando, a su vez, a muchas otras.

En fin, Outside es un tratado post-nuclear, gótico y atmosférico que, en mi opinión, refleja perfectamente el zeilgeist de toda una época. Es una banda sonora perfecta para transitar por el fin del milenio pasado. Un disco en el que fantasmas mutantes y aliens se asomaban por las calles de ciudades sombrías, casi inexistentes, entre las que, como si fuera un guerrillero o el superviviente de una guerra infame, caminaba sin temor un Bowie convertido aquí, en un anárquico y sideral investigador que intentaba vislumbrar conductos a través de los que desplazarse por nuestras sociedades modernas. Esas autopistas repletas de pesadillas y curvas sin fin que únicamente conseguiremos atravesar, primando la unión espiritual sobre todos los demás conceptos. Shalam

لِكُلّ شمْس مغْرِب

 Alaba sólo a Dios. Critícate a ti mismo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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