Canciones desde la luna: Mercury Rev

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¿Qué decir de Deserter’s Songs? El negro, intenso y épico disco de Mercury Rev es, sin dudas, uno de los más importantes de mi vida. Durante toda una navidad lo escuché incesantemente, como si no existiera más música que la contenida en sus surcos o fuera un vino añejo, ideal para ponerle pausa y sabor a los momentos íntimos y cotidianos. Bajo su influjo, por ejemplo, escribí, (dejándolo todo, la sangre y las vísceras), algunas de las páginas del ensayo Daimón: una odisea al revés. Texto sobre rebeliones abortadas en el que intentaba captar el alma de Lope de Aguirre, el “loco” de América. Un conquistador cuyo semblante se iba tornando más humano conforme mis pensamientos se contaminaban por una música que parecía proceder de las tinieblas pero que, paradójicamente, proporcionaba paz y armonía. Probablemente porque sin negarse a retratar el horror cotidiano ni husmear en las basuras, era a su vez, un refugio caritativo para las almas desangeladas. Era un disco, sí, áspero y acogedor; frío, muy frío, casi gélido pero caliente, muy caliente al mismo tiempo. Angélico y diabólico a la vez. Una llama imposible de apagar a pesar de arrojarle cubos y cubos de agua.

Deserter’s songs conseguía transformar el ambiente de los lugares en los que lo reproducía. Bastaba pinchar uno de sus temas para que el humo de los cigarrillos formara extrañas figuras, el rostro de las mujeres se tornara cálido y acogedor o el frío se hiciera aún más cortante, contribuyendo a distorsionar aún más las áridas melodías de una epopeya épica que mezclaba psicodelia, sinfonismo, dodecafonismo y experimentalismo con absoluta maestría. Un habitación solitaria situada en algún planeta extraño, ideal para leer tanto un libro de ciencia ficción como una novela de Dostoievsky. Un sugerente viaje ácido que abría circuitos mentales, provocando novedosas conexiones cerebrales, que hacían emerger ante mí un sinfín de imágenes sugerentes: un eclipse en un país africano, una autopista vacía, una bandada de cuervos graznando, una paisaje helado sobre el que se eleva un sol ardiente, etc.

Es difícil escuchar música en el desierto. Es tan imponente la presencia de los mares de arena que se basta por sí misma para aturdir y remover la conciencia. Pero aun así, puedo imaginarme perfectamente escuchando este disco en una jaima o bajo una duna. Ayudándome a vivir con más intensidad la experiencia. Como también puedo concebirme fácilmente, sintonizándolo antes de emprender una viaje espacial. Mientras me coloco el traje de astronauta. Porque Deserter’s songs es una bruma de niebla. Una creación proteica que nos empuja a visitar territorios fascinantes. Descubrir nuevos mundos. Un obra de la que resulta realmente difícil destacar uno solo entre los asfixiantes temas que la componen, pues se encuentra concebida como un “todo unificado”. Es una criatura viva que no admite cortes ni fisuras en su piel. Un himno épico para  los perdedores y desesperanzados pero también para quienes, valientes, se adentran en campos de mariposas y amapolas. Un disco de fragancia suave que Jonathan Donahue, Sean Mackowiak, Dave Fridmann, Suzanne Thorpe, Adam Snyder y Jimy Chambers compusieron desnudos de cuerpo y alma. Un sendero tan cerca del país del terror como del de las maravillas. En definitiva, una insólita locura. Una orgía en medio de la que se escucha proferir alaridos de placer a los sacerdotes y rezar oraciones sagradas a prostitutas y yonkies. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

No te preocupes de las arrugas de tu frente sino de las de tu conocimiento

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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