Carne de perro

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Poco a poco, a su ritmo, la segunda corrección de El jardinero avanza, y me siento satisfecho. Ahora estoy disfrutando mucho más que durante la primera porque mientras llevaba ésta a cabo, sentía que más que trabajar sobre un libro, lo estaba haciendo sobre un proyecto de libro. Algo que me desanimaba al verme tan lejos del objetivo final, teniendo en cuenta además que lo que deseo cuando corrijo un texto, es terminar de ajustar hilos sueltos, introducir las palabras y frases que anteriormente no cabían en ningún lugar y comprobar cómo comienza a latir, a sentir y pensar por sí mismo. En suma, verificar que lleva una vida diferente a la mía que, en determinados momentos del día, me absorbe y obsesiona como la carne al perro hambriento. Sobre todo, al imaginarlo en las manos de un lector que podrá leer la historia con la misma ansiedad, inquietud y fuerza con que la concebí. Hurgando entre líneas y palabras cambiantes que no reflejan totalmente mi alma aunque la cristalizan para siempre durante una etapa de su desarrollo. Reflejo de esa esquizofrenia infinita que da lugar al arte literario. Un mundo similar y parecido al conocido pero al mismo tiempo, nuevo y diferente. Hijo de varios tiempos y lugares que no pertenece a ninguna época ni espacio concreto más que a los de la imaginación, la rabia, la duda, la vacilación o la cólera.

En muchas ocasiones, me he preguntado qué estarían leyendo diversos escritores al redactar sus textos. Hace poco, conocí por ejemplo cuáles eran los discos que escucharon New Order mientras grababan Blue Monday y el proceso de elaboración de la canción quedó mucho más claro para mí. Pero no tengo apenas datos de los libros que leían Robert Louis Stevenson o Joseph Conrad cuando escribían La isla del tesoro o Lord Jim, que estoy seguro que nos proporcionarían información muy importante para entender cómo ambos escritores fueron forjando sus obras maestras. Realmente, aunque pueda parecer superfluo, creo que datos de este tipo, nos ayudan a entender la creación como un proceso, una cristalización de muchos y variados sedimentos y no tanto como un golpe aislado de genialidad irrepetible, y por ello, suelo conferirles cierta importancia. Pues además me ayudan a familiarizarme con los creadores y no considerarlos demasiado alejados de mí. Situándolos en una habitación contigua a aquella en la que sufro, gozo, y escribo habitualmente.

Afortunadamente, cuando realizaba mi ensayo sobre Sergio Pitol, Las máscaras del viajero me encontré con un caso contrario, puesto que el escritor mexicano ha dejado en muchos de sus libros, información muy relevante sobre las obras que le han ayudado a forjar sus novelas. Pero vuelvo a repetir que apenas poseo esta información sobre una gran parte de mis autores clásicos favoritos. Ok, sí, sé, por ejemplo, que Montaigne escribía en un ático repleto de libros en su castillo en Burdeos. También conozco muchas de las anécdotas de la vida de Borges esenciales para comprender el carácter y temperamento libresco de muchos de sus personajes. Y tengo muchos datos sobre las lecturas realizadas por Albert Camus o Marcel Proust que me permiten visualizar con más claridad cómo construyeron sus respectivos monumentos literarios. Pero, como he dicho anteriormente, no tengo esa relevante información sobre muchos otros autores. Seguramente por vagancia mía pues debe haber algunos biógrafos que hayan realizado estas indagaciones previamente pero probablemente también porque muchos de estos grandes escritores o no vieron conveniente ni pertinente indicar qué es lo que leían mientras escribían, o directamente, prefirieron callar. A lo que hay que añadir un hecho bastante habitual como el que las biografías dedicadas a artistas cubran muchos acontecimientos de sus vidas como amores, viajes o enfermedades, pero no indaguen tanto en los textos que consultaban mientras urdían sus grandes obras porque se supone que el lector común no acostumbra a sentir demasiado interés por estos datos.

He de confesar que aunque he leído alguna biografía y varios ensayos sobre Dostoievsky, desconozco cuáles eran sus libros de cabecera mientras escribía Los hermanos Karamazov o Crimen y castigo. Falla que lamento mucho teniendo en cuenta que existen otros datos que ni siquiera los propios escritores podrían darnos aunque se propusieran ser lo más exhaustivos posibles. Me refiero por ejemplo, a  la mirada de tristeza de una mujer, el color de una tarde de invierno que les impresionó sumamente o la sensación de placer o disgusto al tomar una café. En fin, todo el batiburrillo de impresiones y percepciones de la vida cotidiana.

Tal vez por este afán mío de indagar en las emociones e influencias de los creadores, me apetece ahora escribir una lista de las obras musicales, literarias y cinematográficas que he consultado o escuchado expresamente mientras escribía El jardinero.

Como ya he dicho muchas veces, la fusión entre música y escritura me ha llevado a experimentar situaciones fascinantes. Recuerdo, por ejemplo, la noche en que, realizando el epílogo del ensayo Daimón; una odisea al revés, escuchaba una y otra vez la banda sonora realizada por Eleni Karaindrou para el filme de Theo Angelopoulos, La mirada de Ulises. No tengo palabras para describir la emoción que sentí cuando puse el punto al final al ensayo, refiriéndome a la risa de Lope de Aguirre en contraste con el llanto de Ulises y las mágicas melodías de Karaindrou giraban alrededor de mi habitación envolviendo mi mente. O aquella otra vez en que repetidamente escuchaba varias remezclas de canciones de Pet Shop Boys y Fangoria mientras escribía de carrerilla, sin moverme durante horas, la mayor parte de la novela  El arte del ruido; que, por cierto, estoy pensando en rebautizar como El ruido del arte para que no se solape con otros dos libros de idéntico título. En cualquier caso, el asunto los títulos es bastante traicionero, porque lo más probable es que antes o después, acabemos encontrando uno igual al nuestro. Por ejemplo, debido a que existe más de un libro titulado El jardinero, pensé en denominar mi novela El jardinero de otro modo y bautizarla como El hechicero. Pero esta decisión me hubiera provocado otro problema porque ese es el título de un excelente texto escrito por Nabokov en el que el artista ruso exploraba el tema central que, más tarde, desarrollaría en Lolita. Y, finalmente, opté por dejarlo como estaba.

Por cierto que hablando de Nabokov, comentar que me encuentro ahora mismo leyendo su Curso de literatura rusa, que recomiendo encarecidamente. Es un placer realmente consultar un sin fin de textos sobre sus obras favoritas de un escritor tan puntilloso. Aunque, por otro lado, me es difícil perdonarle su desprecio hacia Dostoievsky que yo pienso que tal vez encuentre su raíz en la envidia; en la frustración de saber que por más descripciones grandiosas e historias inolvidables compusiera, nunca sería capaz de alcanzar la profundidad con la que el creador de Los demonios vislumbró las dimensiones del alma humana. Lo que tampoco hace falta. Pues cada persona tiene su destino. Una misión diferente. Y no se trata de compararse con los demás sino de llegar hasta el último límite en nuestro cometido, o al menos aproximarnos a él.

En fin. Sin más dilación, dejo a continuación algunas de las obras que he consultado mientras escribía El jardinero.

Un buen número de las bandas sonoras realizadas por Howard Shore para los films de David Cronenberg. Desde Shivers hasta Promesas del este. Por lo general, pinchaba uno de estos soundtracks en un reproductor y a continuación, intentaba buscar algún disco de jazz que puntease las atmósferas creadas por el músico canadiense:  Nefertiti y Filles De Kilimanjaro de Miles Davis, la banda sonora de El corazón del angel de Trevor Jones, etc.

En algún momento, sobre todo por las tardes, tras el café, esa hora en la que uno se siente entumecido, he utilizado el Nosferatu de John Zorn pues necesitaba centrarme, concentrarme rápidamente en la tortuosa historia.

También, en algún momento dado, he recurrido a varias composiciones de Llorenc Barber, José Manuel Berenguer y Francisco López. Y a las bandas sonoras de Prometheus (Marc Streitenfeld), El resplandor y La escalera de Jacob (Maurice Jarre).

Pero sin dudas, la mezcla con la que más he gozado, ha sido con la escucha sincronizada de los siguientes discos: Curiosities Volume II (Brian Eno), The sorcerer (Tangerine Dream), The fog: soundtrack extended (Ennio Morricone) y The plague (Roberto Gerhard).

En lo referente a la pintura, pensaba en Egon Schiele y algún cómic de serie B, y en cuanto a libros, tenía muy presente Thomas el obscuro de Maurice Blanchot al igual que El malogrado de Thomas Bernhard, La ciudad y El lugar de Mario Levrero, Intemperie de Jesús Carrasco, El resplandor de Stephen king, El corazón del ángel de William Hjortsberg y ciertos pasajes de Así hablo Zaratustra de Friedrich Nietzsche.

Y respecto a películas no ha habido ninguna en concreto que pueda citar que viera con la mente puesta en El jardinero. Aunque, desde hace un tiempo, no sé si porque ya he perdido la perspectiva, he creído percibir ciertos detalles del Halloween de John Carpenter en ella. Por más que supongo que serán muy pocos. Y que esta impresión mía se encuentra basada en el hecho de que desde hace un mes y medio aproximadamente, contemplo una película del director de La cosa cada semana.

Por otro lado, las imágenes que he contemplado allí donde vivía mientras lo escribía, no creo que importen demasiado. Su primera redacción fue hecha en Cartagena, en una habitación desde la que únicamente veía un patio interior. Y aquí en México, lo he escrito en mi cama, sin más distracciones que las de las obras de arte que ya he citado.

Dicho esto, sólo me resta confesar que la historia nació de una potente frustración sufrida durante un verano de hace varios años, y comenzó a concretarse tras un sueño que tuve relacionado con esta experiencia. Pero prefiero dejar este tema para más adelante. Puesto que creo que es justo que sea lo último que refiera en avería, antes de dar el libro por concluido definitivamente y enviárselo a un editor. Si es que en el destino está escrito que así se haga, que yo pienso que sí, puesto que al igual que no hay mar sin arena ni sol sin luna, me resulta difícil concebir un mundo que desconozca El jardinero y su perfume maloliente que confío, algún día infecte de hedor los lugares donde se encuentre. Shalam

 ربّ اغْفِر لي وحْدي

La sabiduría no se traspasa, se aprende

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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