Cazador

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Climate of hunter es un disco que he escuchado en ayunas varias veces, sin haber introducido un alimento en mi estómago durante al menos 24 horas, porque es una obra hambrienta. Música hecha en estado de trance; durante una duermevela. Es una obra de exilios y refugios interiores. La encrucijada que alejaría para siempre a Scott Walker de la sombra de Jacques Brel, David Bowie y el soul y lo conduciría al dodecafonismo, los subterráneos de los castillos y al otro lado del límite: a componer música prácticamente en el ataúd. En las orillas de la muerte.

Climate of hunter es un disco en el que Scott aún no llega al sótano, pero sí que se aproxima puesto que, durante su transcurso, baila con evanescentes espíritus en salones repletos de armaduras y escudos medievales. Y, en gran medida, comienza a despedirse para siempre del mundo normal. De hecho, Climate es prácticamente un réquiem por lo que algún día fue la música pop y también por aquel crooner que fue él mismo años atrás. Scott entona, al fin y por primera vez en toda su discografía, cada una de las melodías como si fuera un fantasma o un aparecido. Un hombre a punto de despedirse de la vida para siempre.

Climate es una biblioteca musical donde caben perfectamente los libros de Thomas Hardy, Lawrence Sterne u Oscar Wilde. Es un retrato de la decadencia occidental realizado justo en medio de años de apogeo capitalista. Un anuncio visionario del fin de la opulencia. Un paseo en barca con tintes crepusculares. Un atardecer en el que, a pesar de que se intuye que la oscuridad se impondrá, todavía se perciben leves resplandores en el horizonte. Delgados hilos de niebla confundiéndose con los últimos rayos de sol. Es, en suma, un recorrido por una catedral gótica cuya luz se va haciendo más difusa a cada paso.

Las canciones de Climate son salmos angustiosos, búsquedas solitarias, apagones. Trajes arrojados en una calle a los que nadie presta atención. Esperanzados cánticos para que la civilización no se destruya pero también tortuosos madrigales en donde queda claro que, con toda seguridad, lo hará. Una novela de Richardson y un ensayo de Rosseau a punto de ser devorados por las fauces de un texto de Thomas Bernhard.

Climate apareció cuando David Bowie había perdido, en cierto modo, el rumbo, nadie se acordaba de Pier Paolo Pasolini, Jean Luc Godard comenzaba a sufrir para estrenar sus films y la mitad de Occidente vivía dentro de una discoteca fosforescente. Es decir; surgió en medio de una voraz fiesta capitalista y consumista. Tal vez debido a que su misión era señalar, eso sí, con discreción a los europeos, que el fin del mundo podía estar mucho más cerca de lo que pensaban. Y que ni la cólera ni la peste ni cientos de guerras celebradas a lo largo de los siglos entre países vecinos podrían ser borradas de golpe por la firma de un tratado o las bonanzas del estado de bienestar, tal y como el conflicto bélico en Bosnia se encargaría posteriormente de demostrar.

En Climate, sí, se intuye una crisis espiritual y moral muy intensa. Scott se transforma en una lengua de fuego que desprecia el dinero y denuncia la miseria occidental. Poniendo de manifiesto que sólo el arte y el amor nos salvarán. Exactamente, Climate es un adiós. Un corte de mangas a la comodidad y al placer. Una mirada contemporánea y valiente al evanescente pasado de una Europa en ruinas. El Angelus Novus de Paul Klee transmutado en música. Shalam

الْحَائِطُ الْمُنْخَفِضُ يُعَلِّمُ النَّاسَ السَّرِقَةَ

El muro bajo enseña a la gente a roba

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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