Cerebros destrozados

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Más que un disco, Maggot brain es un estilo de vida. Una conversación con el cosmos de una tribu de lunáticos. Un grupo de enamorados del ritmo encantados de transmitir su travesía por un planeta salvaje. Un mundo aún sin civilizar por el que los chamanes, profetas o danzantes guerreros integrantes de Funkadelic se desplazaban con los pies desnudos y sin prácticamente ropa atentos a los mamuts y bisontes, los tiburones de cuatro patas, los leones y tigres o el acoso de un dinosaurio. Y, sobre todo, al cielo. Porque Maggot brain es un mítico, estremecedor y premonitorio diálogo que permite repensar el lugar del hombre en el universo.

Durante los diez minutos que dura por ejemplo esa oración divina que da nombre al disco, la guitarra de Eddie Hazel pone en comunicación al ser humano con todo lo existente. Porque como muy pocas otras composiciones que se han grabado, (pienso ahora en “A love supreme” o “El concierto de Aranjuez”) tiene la capacidad de multiplicar y amplificar las resonancias del alma humana. Está plagada de un misticismo irreverente, rebelde y profundamente iconoclasta y es, a la vez, capaz de expandirse por el Universo como una substancia con propiedades sanadoras. Vinculando de paso al ser humano con su incierto futuro y su olvidado pasado.

De hecho, “Maggot brain” es una oda que podría haber sido compuesta en Mesopotamia y Egipto o en una comarca del África negra o el Amazonas por un iluminado que hubiera aprovechado las propiedades de la planta de la ayahuasca para disolverse en el éter. Hablar el mismo lenguaje que los dioses hablan y transformarse en uno de ellos durante los eternos diez minutos que dura este inmortal poema místico. Una canción que nos hace dudar si en realidad no es San Juan de la Cruz quien realiza un solo de guitarra que Miles Davis hubiera dado media vida por haber compuesto que se elevará por siempre a través de la memoria de los hombres como un ave en cuyas plumas se escondiera un revelador mensaje.

De todas formas, Maggot brain no es únicamente este deslumbrante y arrollador riff de guitarra marciano que las malas lenguas dicen que Hazel compuso emocionado de un tirón cuando George Clinton le dijo que su madre había muerto -algo que era falso-. No es solamente este solitario e inolvidable quejido que enlaza las galácticas tropelías de Sun Ra con las excursiones ácidas de Jimi Hendrix, haciéndolas implosionar hacia el infinito. No. Maggot brain es, ante todo, un conglomerado de funk arrollador. Interestelar. Un disco que se mueve por todos los palos de la música negra de los 70 -soul, gospel, retazos de blues, jazz o psicodelia-, paladea los ritmos más disímiles y estrambóticos y se pierde en la danza. Sudando hasta desvanecerse. De hecho, a eso invita este disco. A morir bailando. Gozando. A recuperar el “groove”. Agarrar el corazón del hombre primitivo, aquel que danzaba tanto cuando llovía como cuando hacía sol y traerlo al centro de una Norteamérica que se encontraba en proceso de ebullición. Un país en el que, tras las muertes de Martin Luther King y Malcom X, la minoría negra continuaba reivindicando su lugar por medio de geniales golpes de activismo político musical, imaginación y extravagancia.

Ciertamente, escuchar este disco hoy en día, a más de cuarenta años de su grabación, continúa siendo una experiencia. Un paseo por las raíces del ritmo en el que todo está en su sitio o genialmente fuera de lugar. Desde las voces de mujeres que parecen endemoniadas hasta los acordes de un bajo y una batería que parecen haber sido forjados con las ramas y tronco de los árboles más resistentes. De hecho, uno de los aspectos más curiosos de este disco es que pareciera que los músicos se encuentran cerca nuestra. Están interpretando estos temas en directo en el comedor o el garaje o se han introducido por una rendija en nuestro cuerpo y realizan un recital en la sangre que abre pulmones y cerebros concediendo sentido a nuestra vida. Exactamente, esta tribu de dementes interpretaba la música como si cada tema fuera una oportunidad de gozar en la cama, cada instrumento un cuerpo, cada espasmo vocal un gemido de placer y el disco en su conjunto, un mágico manual de prácticas sexuales místicas. Y concebía el arte como un torbellino de frenesí y pasión. Una actividad que miraba de costado al demonio realizada expresamente para una ceremonia de vudú.

No es extraño que Funkadelic reclamaran para su raza, el origen del rock. Porque si algo queda claro durante la escucha de esta creación trasnochada y sonámbula, casi irreal, es que la raíz de este género musical es africana. Acaso proceda de antiguos rituales donde los integrantes de las tribus festejaban la vida y los alimentos y los orificios de sus venas se ampliaban y alteraban al compás de los sonidos de la selva. Pues nos encontramos ante una batidora rítmica que, al contrario de lo que ocurría con el rock hecho por blancos (mucho más cerebral), recorre la espina dorsal y atraviesa el cuerpo entero.

Algo que es comprobable inmediatamente al pinchar el disco. Un tratado incontenible de baile, vida, salmos, comunión, muerte y trance que deslumbraba desde su onírica portada, digna de Salvador Dalí: la cabeza de una muchacha enterrada en la arena gritando ante su próxima muerte que simbolizaba perfectamente los sufrimientos  del pueblo africano durante su estancia en Norteamérica. Una comunidad condenada a morir en una tierra que no era suya y a la que apenas le quedaba el berrinche y el grito antes de sucumbir a su olvido. Su destierro en medio de una civilización a la que intentaban cambiar a ritmo de sus arrolladoras danzas. Sus estremecedores trallazos de rock-dance lisérgico compuestos a orillas del Nilo, el Missisipi o el Niger con la vista puesta en los cráteres de Marte y el lado oculto de la luna. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

Nada falta en los funerales de los ricos, salvo alguien que sienta su muerte

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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