Globo negro

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La palabra cronopio surgió para definir a seres como Thelonious Monk. Alguien que convertía los errores en parte esencial de sus conciertos y composiciones. Tocaba el piano como si estuviera en una marmita de marihuana o volando por el cielo rodeado de nubes con forma de animales y protagonizó tantas anécdotas que es muy difícil saber dónde acababa el mito y comenzaba el hombre real.

En Pero hermoso. Un libro de jazz, Geoff Dyer cuenta por ejemplo que “durante el día paseaba, se encerraba en sí mismo, imaginándose su música, viendo la tele o componiendo cuando le apetecía. A veces caminaba durante cuatro o cinco días seguidos, primero recorría las calles, en dirección sur hasta la Sesenta y norte hasta la Setenta, oeste hasta el río y tres bloques al este, después restringía gradualmente su órbita hasta que terminaba primero dando vueltas a la manzana y luego sin salir del piso, caminando sin parar, abrazándose a las paredes, sin tocar jamás el piano, sin sentarse… Después dormía dos días de un tirón. También había días en que se encallaba, cuando la gramática de sortear la jornada, la sintaxis que daba coherencia a los distintos sucesos le fallaba. Perdido entre palabras, entre acciones, sin saber hacer algo tan simple como cruzar una puerta, las habitaciones del piso se convertían en un laberinto. La utilidad de las cosas se le escapaba, la asociación entre un objeto y su función no era automática. Al entrar en una habitación parecía sorprenderle que una puerta sirviera para eso. Comía como si la comida le desconcertara, como si un rollito o un bocadillo ocultaran misterios infinitos, como si no recordara el sabor de la última vez que los había comido”.

Monk era un lunático. Un músico que lo mismo se quedaba mirando a una pared blanca como si contuviera los misterios del Universo que se ponía a hablar con su piano como si fuera una mascota. Lo mismo interrumpía un concierto para ir a tomarse un capuchino que tocaba con los ojos vendados para destruir cualquier compás rítmico habitual. Y es lógico que fuera el protagonista de una de las mejores portadas de la historia. Una mítica, festiva y abirragada composición de John Berg para el disco Underground en la que ejercía de héroe de la resistencia francesa durante la II Guerra Mundial.

Una maravilla bohemia que podría perfectamente pasar por una escena de un filme de Tarantino tipo Malditos bastardos o Django encadenado puesto que juega la carta del revisionismo y hace estallar la historia con fuerza e impulso soul. Con la contundencia de un gancho de boxeo. Probablemente porque Thelonious la tomó como algo personal. Y aprovechó para vengarse en ella de todos esos nazis que prohibieron el Bebop durante el reinado de Hitler y de paso, homenajear a dos referentes en su vida: un país, Francia, donde su arte había sido recibido con honores y a la mítica Baronesa Pannonica de Koenigswarter. Mecenas de decenas de músicos ambulantes, integrante de la resistencia francesa e íntima amiga y colaboradora de un Thelonious que mira socarrón y desafiante al espectador como haciéndole saber que llevará a cabo su venganza sin piedad sobre un militar nazi que se encuentra a su espalda y parece preparado para lo peor. Una estampa que se completa con decenas de detalles a cual más suculento -granadas de mano, pistola, botellas de vino vacías y heno desperdigado por todas partes- que captan perfectamente el espíritu de un músico extraviado, maravilloso, alocado y nocturno que creía que los seres humanos eran caballos, su instrumento un fusil para exterminar burócratas y la risa y los gorgojeos, el lenguaje más eficaz para comunicarse. Shalam

إذا كنت لا تحمل الجمال داخل روحك ، فلن تجده في  أي مكان

Si no llevas la belleza dentro de tu alma, no la encontrarás en ninguna parte

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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