Décima Víctima

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Me resulta muy grato que se esté reivindicando desde distintos lugares últimamente a Décima víctima porque su música continúa vigente. Tal vez más que cuando surgió. Sus dos discos -sobre todo, el segundo- no han envejecido. Han rejuvenecido. Se comprenden mucho mejor actualmente que cuando surgieron. Sus exploraciones son los nuestras. Sus incursiones por bosques oscuros son las nuestras. Sus búsquedas internas son las nuestras. Y sus certezas también son las nuestras. Y sospecho que también serán las de los jóvenes del futuro. Porque Décima víctima hacía música atemporal. Capturaron perfectamente la inquietud que se experimenta en las ciudades modernas y también el frío social y los miedos individuales de manera precisa. Sin necesidad de enfatizar ni recalcar. Puesto que su intención era sugerir. Todo lo que dijeron lo dijeron sin alzar la voz. Sin exabruptos. En murmullos. Tratando al oyente como un cómplice. Un amigo íntimo al que se le transmite un mensaje secreto en una habitación cerrada. Sus letras eran enigmáticas y concisas. Ariscas y desoladoras. Afiladas. Invernales y solitarias. Cortantes y elegantes. Poesía vanguardista y urbana.

Décima Víctima componían canciones parecidas a novelas negras y existencialistas. Su música remite tanto a Albert Camus como a los filmes de Robert Bresson y Jean Pierre Melville. Describían paisajes mentales. Eran tan pintores y escritores como músicos. No eran punks. Tampoco siniestros. Ni tan siquiera creo que fueran exactamente un grupo melancólico. Tenían una sobria y adusta manera de reinterpretar el post-punk y el pop. Eran la mezcla imposible entre un grupo indie de los 90, el pop dandy de los 60 y la literatura de la posguerra. Unos Echo & the Bunnymen castizos. Sus canciones eran fotografías. Tabaco negro. Rayos nocturnos. Postales dolorosas. Recuerdos de noches en vela. Lujo y vicio. Su look podía parecer un calco del de los nuevos románticos pero poseía una severidad que no tenían estos.

Décima Víctima apostaban por la seriedad y el rigor antes que por el glamour. Encajaban más en un filme de Alain Resnais que en un concierto de la movida. Era más fácil imaginarlos apareciendo en un documental de Chris Marker que en una película de Almodóvar. En una novela de Alberto Moravia que en una de Camilo José Cela. La voz de Carlos Entena era evanescente. Parecida a la de un cisne negro. El bajo y la guitarra de los hermanos Mentarnen funcionaban como un tiro. Creaban ecos y ambientaciones sonoras espectrales que aún siguen provocando tensión.  Y la caja de ritmos utilizadas por José Brena remitía esplendorosamente a las maravillosas aportaciones de Stephen Morris al sonido de New Order.

Muchas veces menos es más. Creo que esto queda muy claro al revisitar la trayectoria creativa de Décima Víctima. Un grupo que dijo lo justo de la manera justa. Dejó dos discos y varios EPs parecidos a fúnebres baúles y salió del mapa para siempre. Marcando el camino a referentes posteriores como Family. Puesto que no amenazaron con volver ni se molestaron en reivindicar su legado con absurdos y ridículos homenajes. Dejaron que su obra hablara por sí misma y finalmente, el tiempo les está dando la razón. Les está sacando del olvido hasta convertirlos en imprescindibles. De hecho, si tuviera que decir quién es el mejor grupo español del 2019 los citaría a ellos porque sus lamentos, alegrías y depresiones son mis lamentos, alegrías y depresiones. Sus inquietudes y búsquedas son las mías y creo, repito, que también serán las de muchas generaciones posteriores: la soledad, el amor y el hastío. Shalam

الجمال هو علامة على الذكاء.

La belleza es un símbolo de inteligencia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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