Desgraciado

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No han existido muchos rockeros más solitarios y desgraciados que Gene Vincent. Dicen que al morir, tenía grabada una sonrisa en su rostro y no me extraña. Porque la vida no fue ni excesivamente justa ni generosa con un hombre cuyo nombre aparecerá siempre en letras doradas abriendo todas las enciclopedias del rock. Creo que no existe soledad más hiriente que la de quien ha logrado las mieles del éxito y con el tiempo, se encuentra lejos de su roce y caprichos. Y por ello, los últimos años de vida de Vincent huelen a tragedia. Son tan descarnados y miserables. Gene era el más terrenal de todos esos rockeros que irrumpieron como cohetes en el imaginario americano de los años 50. Era casi un obrero del star system. A nadie le hubiera extrañado encontrárselo en medio de una fila de trabajadores esperando su turno para entrar en una fábrica o sirviendo un pollo en un restaurante. De hecho, accedió al estrellato por casualidad. Tras entrar en la Marina y sufrir un accidente en su pierna izquierda que lo obligó a estar recluido en una habitación donde se haría uno con la guitarra. Vincent era alguien austero. No poseía el glamour de Elvis, el carácter incendiario y transgresor de Jerry Lee Lewis, el magnetismo y atractivo físico de Eddie Cochram ni el potencial comercial del clásico artista FM. Era un hombre normal, casi vulgar, que tenía maneras de cantautor cuyo amor por la música, conseguía que se transformara en un huracán arrollador en el escenario. Alguien que interpretaba el rock de forma muy personal e íntima pero también salvaje y tuvo la suerte (y desgracia) de desembarcar en la incipiente industria discográfica con una canción inmortal: “Be-Bop-A-Lula”. Un impresionante hit que sobredimensionó las expectativas sobre una carrera artística que Gene no estaba preparado para cumplir puesto que a pesar de parecer destinado a comerse el mundo, en realidad, era un cantante de distancias cortas. Un intérprete reconcentrado en sí mismo con un aire desgarbado que disfrutaba sintiendo cómo su voz acaramelaba a las parejas y hacía bailar a jóvenes con los que luego podía perfectamente fumarse un pitillo o compartir un whisky.

Gene Vincent no era el rey de los disturbios. Era una antiestrella capaz de transformarse sobre un escenario en una bestia o un trovador medieval con absoluta naturalidad. Casi sin esfuerzo. Y desde luego, no fue un intérprete escandaloso aunque dio muchas actuaciones tumultuosas y furiosas. Era más bien una voz susurrante que indicaba que el fuego iba a incendiar América. Un artista sugerente que apuntaba a futuros estallidos que él se conformaba con atisbar. A veces, sí, conseguía que un teatro entero se moviera y sus paredes retumbaran pero se percibía que donde se sentía cómodo era en su habitación. En medio de un pequeño bar. No tenía ni una voz poderosa -aunque sí bastante técnica- ni un aspecto vendible. Trascendía por cabezonería. Por su capacidad de crear ambientes y texturas románticas en ambientes cortantes. Tenía de hecho, un aspecto solitario y huidizo y un carácter un tanto tímido que no le permitieron por ejemplo, triunfar en Europa ni convertirse en un icono del rock hasta que un ingenioso productor televisivo, Jack Good, le obligó a vestir cazadoras de cuero durante una gira por Inglaterra. Un tour en el que también se lo animó a que ofreciera una peligrosa imagen que no se correspondía con su verdadera personalidad. En muchos conciertos, de hecho, tuvo que fingir poses y posturas y realizar declaraciones en las que no creía pues al fin y al cabo, Gene era alguien marginal. No era excesivamente atractivo y fuera del escenario, podía confundirse con decenas de personas. Lo mismo podía ser un funcionario que un vendedor de seguros o regentar un billar. Era, sí, alguien vintage antes del vintage. Un hombre solitario e incomprendido con aires de novelista existencial que tan sólo buscaba un poco de diversión. Y prácticamente, sólo era capaz de expresarse con total sinceridad con una guitarra en sus manos.

Probablemente, el paso de los años y el impulso procedente de las nuevas bandas hubieran terminado por desbaratar esta operación comercial pero le hubieran dado el tiempo suficiente para conseguir respetabilidad y dinero. Sin embargo, la tragedia apareció en su vida de manera inesperada e impactante, obligándole a guardar las espadas mucho antes de lo que hubiera deseado. Cuando Gene estaba disfrutando de un incontestable éxito, sufrió un accidente de taxi en Londres que acabó con la vida de Eddie Crocham y que además de terminar de destrozar su pierna, le provocó un traumático impacto emocional. Fue un golpe del que prácticamente no consiguió recuperarse nunca y lo abocó a la depresión y al alcoholismo. Pues cuando intentó volver a integrarse al mundo del rock, su imagen ya había quedado totalmente desfasada. Vinculada al fracaso. El drama y la mortalidad. Gene ya no era alguien vendible, un icono pop sobre el que levantar una plataforma publicitaria para incrementar el consumismo juvenil y apenas pudo sostenerse artísticamente durante los siguientes años, gracias a que su carácter reconcentrado y su mítica historia lo convirtieron en un respetable y adorado músico tanto en la Francia como en la Inglaterra de los 60. Países donde por lo menos, pudo continuar ofreciendo conciertos y sintiéndose en parte, útil gracias a la nostalgia. A que era visto como una leyenda de carácter romántico. Un artista decadente superado por la presión de los acontecimientos que se suicidaba lentamente día a día ante su público, transmitiendo cierta autenticidad muy reconfortante para todos los intelectuales europeos que se tuvieron que conformar con la televisión y los periódicos para seguir los orígenes del rock.

No tuvo que ser fácil, desde luego, para Vincent convertirse en un músico desahuciado y anónimo en su propio país. Saber que su nombre era historia de la música pero era totalmente ignorado y tenía que sobrevivir dando conciertos minoritarios a decenas de miles de kilómetros de su lugar de nacimiento. O sentir que la gente lo valoraba más por lo que había hecho que por lo que aún podía ofrecer. Se han rodado muchos biopics y escrito cientos de biografías sobre músicos torturados y neuróticos abocados a la tragedia pero que yo sepa, no existen demasiados en el caso de Gene Vincent. Creo que porque su carácter discreto no le hizo sacar los demonios que llevaba dentro y su imagen había dejado de ser vendible mucho tiempo antes de su muerte. De hecho, cuando Vincent falleció prematuramente a causa de una úlcera provocada por su alcoholismo no hay noticia de que existiera una gran consternación en Norteamérica. Si acaso unos cuantos miles de jóvenes recordarían los besos que se dieron escuchando alguna de sus canciones y algún telediario se haría eco de la noticia brevemente.

Gene Vincent, el hombre que se encuentra detrás de ese nombre que resuena esplendoroso en cuanto alguien abre un libro sobre la historia del rock, se había convertido en un fantasma en su país. Un exiliado cuyos conciertos eran más entierros que espectáculos pero que no había llegado al grado de malditismo para que se le dedicaran documentales o poemas nihilistas. Viéndose condenado prematuramente al anonimato y lo que es aún peor, a la indiferencia. Enemigos contra los que se encontró forzado a emprender una batalla para la que apenas tenía fuerzas dado que, en su caso, tanto el éxito como el fracaso fueron impostores. Asesinos furiosos que robaron el alma de un artista cuyos lamentos y sufrimientos apenas conocemos porque probablemente fue una persona digna. Alguien consciente del maquiavelismo de la industria musical, las veleidades de la historia y de que, con que tan sólo una persona pagara una entrada por escucharle, podía considerarse un privilegiado. Su vida tenía sentido. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

Quien pierde la esperanza, pierde también el miedo

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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