Días de lluvia

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Hay ciertos grupos cuya música suena mejor durante una estación en concreto. Echo and the Bunnymen es uno de ellos. No he apenas escuchado un disco suyo en verano porque sus canciones son invernales. Estirando un poco los límites, otoñales. Pero no casan demasiado bien con el sol y las terrazas. Lo que les sienta bien es la oscuridad y el frío. Las casas de campo, las cuevas y las ciudades cubiertas por nubes y niebla. Cuando compré Ocean rain llovía y también cuando adquirí Heaven up here. Recuerdo ir caminando esquivando charcos, consciente de tener un tesoro en mis manos. Lo que amaba de ellos no era tanto las canciones sino la atmósfera que lograban crear. Que pinchar uno de sus discos era como un ritual a través del que invocar la caída del agua de los cielos.

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Echo and the Bunnymen eran modernos. Parecían directamente salidos de un poema de Baudelaire. Eran más instantáneos que épicos o góticos. Los críticos los inscribían dentro del post-punk, pero eran demasiado personales como para encajar en una corriente. Ian  McCulloch tenía vocación de poeta. Bebía del mismo vaso de vino que Jim Morrison, Leonard Cohen o Lou Reed, pero no era un imitador de ellos. Se estaba buscando constantemente. Tengo la impresión de que todavía lo está haciendo. Por eso su personalidad se difumina ante la de esos gigantes. Porque nunca dejó de caminar. Por otro lado, creo también que Will Sergeant disfrutaba casi más creando texturas en su habitación que canciones. Su guitarra es como un faro alumbrando en la noche. Acompaña, crea marcos, relieves y ambientes más que riffs. Es una mezcla de música cinematográfica y de blues sesentero.

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Tengo la impresión de que Echo and The Bunnymen no fueron lo suficientemente transgresores. A los ídolos de rock no sólo se les ama por las canciones que son capaces de grabar sino por las normas que son capaces de romper. A Lou Reed le bastaban dos minutos para transformar un escenario en un vodevil, crear conflicto y tensión, odio y atracción intensa hacia su figura y Bowie no necesitaba más de treinta segundos de entrevista para dejar dos titulares y una frase célebre de esas que se repiten años después. No sólo a estos gigantes. La banda inglesa estaba rodeada de colegas que competían por ver quién decía la estupidez más grande. Frente a  ellos, la depresión de Ian, sus separaciones o sus repetitivas neuras parecían bastante poco. En realidad, eran una banda sobresaliente con una estética atractiva, pero probablemente eran demasiado tímidos. Oscuros e intimistas. Así que cuando hablaban en voz alta, no terminabas de creértelos. Ian de hecho llegó a reírse de Nick Cave, Julian Cope y Paul Weller, pero no llegó a armar demasiado revuelo. Básicamente, porque Echo and The Bunnymen existían en sus discos. No tenían una mitología detrás. Además, eran de Liverpool y no de Mánchester. Así que se tenían la sombra de The Beatles persiguiéndolos y a nadie se le ocurría que pudieran ponerse al frente del Manchester sound. Eran un isla para ellos y sus fans.

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La mayoría de sus portadas eran deliciosas. Bucólicas e invernales. Una fotografía del grupo en un paisaje natural tan bien compuesta que podía pasar por un cuadro arty. La prueba de que deseaban trascender al pop. Crear un refugio duradero.

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Su retorno a finales de la década de los 90 fue glorioso y consecuente. Echo and The Bunnymen eran más una banda del siglo XXI que del XX. Su música miraba constantemente al futuro. Era un anochecer helado. Un club lleno de solitarios. Un país aislado. Un paisaje alejado. No está hecha para follar sino para recluirte en ti mismo. No homenajea la tradición sino que intenta recorrer nuevas vías. Su vuelta les sentó bien porque siempre habían sido un grupo maduro y contenido. Cuando tenían 20 años, parecían tener 40. Y a los 40 sonaban sueltos y naturales. Sin complejos. Estoy seguro de que si Pedro, el mítico lunático que protagoniza Arrebato, volviera de la vida, los pincharía obsesivamente entre atracones de Super 8, estampitas y drogas. Él sabría perfectamente el motivo. Shalam

رجل نبيل لا يتحدث أبدا عن خياطه

Un caballero nunca habla de su sastre

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1imagen:……habria que probar con dos situaciones simultaneas para observar esta imagen: la primera los pajaros contra los 4conejos y la segunda un paraguas espantando a los pajaros…………(un r.magritte)…..(una de indiana jones-sean connery)……
    2ºimagen:…………el verdugo de l.g.berlanga…………
    3ºimagen:…..aproximacion al «help» de los beatles…………
    4ºimagen:……arboles con principios de pintura de los fauves pero todo queda tan diluido que casi se traduce en luz sobre fachada de edificios populares……….(ejemplo el hijo del canogar ue pintaba con luz proyectada)…

    • 1) Cuatro imágenes de Bogart. Un avión surca el cielo. No queda nada. Suena música ambiental. Pero la imagen excelente es sin dudas la de Magritte. 2) jajjaj.. el verdugo sí.. . bueno. yo veo ahí la típica imagen de Caronte llevando a sus compañeros al reino de Hela 3) Me quedo con esa imagen también: help-abbey road. 4) También con los fauves y unas capas de Cezanne. Es una nueva visión y remodelación del desayuno sobre la hierba. Suena Debussy antes de la canción de Echo and the Bunnymen.

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