El asesino de moscas

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L’enfant assasin des mouches es una de esas obras que huele a finales de los años 60 y principios de los 70 por todos sus poros. A esa época en la que todo parecía posible y la experimentación y la búsqueda de nuevas fronteras artísticas se encontraba estimulada y era casi tan normal como actualmente encender el teléfono móvil. De hecho, parece difícil que se hubiera grabado hoy en día tanto por el contexto como por la mentalidad general. Al fin y al cabo, a estas obras se les suele considerar o bien como anomalías excéntricas o bien como suicidas en los tiempos presentes, aunque varias décadas atrás eran -a pesar de sus riesgos y que no eran ni por asomo mayoritarias- hitos admirados y respetados por los afortunados que alcanzaban a conocerlas.

Cuando grabó L’enfant, Jean-Claude Vannier venía de realizar unas cuantas bandas sonoras meritorias, realizar composiciones y arreglos para Brigitte Fontaine, France Gall o Jane Birkin y, sobre todo, de colaborar con Serge Gaingsbourg en la composición de uno de los albums más importantes de la historia del pop francés: Histoire de Melody Nelson. Pero sentía amplios deseos de llevar a cabo una obra mucho más íntima y personal. Algo que no logró hasta la aparición de este alocado experimento lleno de vida que es más parecido a un sueño lúcido que a un disco al uso. De hecho, su música podría haber perfectamente aparecido en películas del cariz de El topo o Fando & Lis de Alejandro Jodorowsky o haber ejercido de banda sonora a una película inspirada en los cómics de Moebius. Porque posee un tono juguetón pero también cósmico. Es un ignoto y mágico compendio de música instrumental que se encuentra a mitad de camino del sinfonismo y las bandas sonoras de Georges Delerue, vuela en total libertad, abre confines inéditos y hace pensar tanto en los ensayos de Carl Gustav Jung como en los psicodramas modernos. De hecho, sería en parte una música ideal para ilustrar tanto un happening salvaje como una exposición de pintura abstracta. Rememoración a la que ayuda sin dudas la abrasiva portada en la que un joven Jean-Claude Vennier aparecía desnudo recorriendo unas dunas cercanas al mar.

Es realmente divertido y bastante sintomático (describe toda una manera de crear) cómo nació el título y el hilo argumental del disco:  según parece, Vannier le mostró la grabación a Gaingsboug y éste, al día siguiente, la dividió en diez partes que contaban la historia de un niño que solía pasar su tiempo matando moscas y caía en los dominios de estos insectos donde conocía a la reina madre a la que asesinaba debido a su instinto destructivo. Lo que provocaba la posterior venganza de las moscas. Un argumento ideal para una película de dibujos animados surreal con guiños a la Alicia de Carroll que desearía sin dudas que alguien se atreviera a llevar al cine o la televisión.

En cualquier caso, el punto fuerte de L’enfant es la música. Una espiral sonora que mezcla tramos circenses, corales, acordeones, ráfagas violentas, psicodelia y muchas cosas más en medio de un equilibrado torbellino mágico de acordes entre los que aparece un cuarteto de cuerda cuyo aporte termina de dar forma a un disco único. Una espiral violenta y alquímica. Un onírico jardín de las delicias musical ideal para escuchar en medio de los océanos, el fuego de una hoguera o a mitad de un profundo sueño. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

Los errores de los médicos son cubiertos por la tierra

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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