El barón

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Bernard Stardy fue la prueba viviente de que el pop y los dibujos animados son mundos paralelos y en ocasiones simétricos. Porque era un músico e ingeniero de sonido que no parecía real. El mítico estudio CBE en el que llevó a cabo la mayoría de sus producciones por ejemplo, podría haber aparecido perfectamente en una novela de Julio Verne y a nadie le hubiera extrañado tampoco que sus andanzas como productor hubieran dado lugar a un cómic de cuyas páginas emergieran varias de las melodías que compuso o ayudó a perfilar o que, mismamente, hubiera protagonizado un episodio del Inspector Gadget. Porque lo que hizo tiene casi más que ver con la magia y la alquimia que con la música. De hecho, muy a tono con la época que le tocó vivir, se encontraba muy interesado por la rotación de los planetas y estrellas y la influencia de los astros en la vida de las personas. Por lo que más un músico, hubo quienes lo consideraron un brujo. Un chamán que jugaba y creaba sonidos invisibles repletos de pigmentos coloridos para el que las notas musicales no eran muy distintas de las cartas de tarot.

Stardy es uno de esos nombres sin los que no se entiende el desarrollo del pop francés del pasado siglo. Y tal vez tampoco el electro, la vanguardia y la canción de autor. Pues se encuentra detrás de centenares de discos entre los que se hallan algunos de los más granados de Nino Ferrer, Johnny Hallyday, Françoise Hardy, Sheila, Joe Dassin, Claude François y hasta de otoñales y sentimentales músicos anglosajones como es el caso de Lee Hazleewood. Fue, sí, un productor estrella que no obstante, disfrutaba manteniéndose en segundo plano. En este sentido, era muy distinto al megalómano y excelso Phil Spector. Stardy era un genio juguetón. Revoltoso y contenido. Alguien capaz de convertir una melodía buena en inolvidable por su simple toque. Un sello muy sutil y preciso además de etéreo que envolvía a las canciones en una pequeña nube de elegancia y solemnidad que iba diluyéndose como el aire a medida que la composición se ejecutaba.

Stardy era tan primoroso e inteligente que muchos de sus grandes aportes son realmente difíciles de identificar. Articulaba el sonido por ejemplo como si cada nota fuera una onda mágica cuyos ecos y efectos perdurasen mucho tiempo después de haber aparecido. Y por ello es que probablemente fuera muy habitual que ciertos motivos se repitieran cíclicamente en sus producciones como que se llevaran a cabo una serie de breves confrontaciones entre notas disonantes e instrumentos que provocaban súbitas metamorfosis y mantenían la tensión en el oyente. Fue, sí, un productor impresionista. Casi más pintor que músico. Alguien que mezcló a Debussy con el pop y el rythm’n’blues que se escuchaba en los club y se valió de todo tipo de efectos vaporosos y reverberaciones que emergían de su monumental sintetizador Korg para llevar la música a cotas más propias de la ciencia ficción que de la realidad o transformar cantinelas populares en pasajes ambientales dignas de aparecer en cualquier película. Y además, lo hizo con un espíritu lúdico y risueño muy reseñable. Como si en vez de estar aportando su talento al desarrollo de la música, estuviera jugando a las cartas o al ajedrez con amigos en un ambiente desenfadado. Trabajando como una bestia con el sano objetivo no tanto de conseguir la perfección sino la felicidad. Motivo por el que probablemente fue capaz de convertir unos cuantos discos en míticos ya no tanto por su afán de trascendencia sino por restarles drama. Conferirles un ánimo distendido y pasajero que finalmente, los transformó en valiosas joyas de la era moderna. Símbolos de cierto tipo de delicioso ocio contemporáneo y europeo.

Desde luego, es posible encontrar gran parte de las características como productor de stardy en su obra maestra (en este caso como autor): La formule du baron. Un disco brutalmente melódico que es casi una epifanía santa del pop. Una maravilla que, a pesar de que no es perfecta (ni falta que hace), condensa muchos de los logros de un músico con aires de genio renacentista que convirtió la música ligera en un recreo gozoso. El tema que lo abre, “Monsieur Detour” es un absoluto clásico. Uno de esos temas que quedan grabados al momento en el insconsciente del oyente y estoy seguro de que hubiera fascinado a John Coltrane en caso de haberlo escuchado y hasta se hubiera animado a interpretar su propia versión. Y el resto de temas, sin llegar a volar tan alto, forman una ensalada sabrosa y sugerente de sonidos en la que no falta prácticamente nada. Pues podemos encontrar tanto funk como jazz y psicodelia. Divertidas experimentaciones, giros y contragiros instrumentales, revoltosos encabalgamientos de sonidos, acarameladas y nocturnas melodías, guiños a la canción erótica y trasnochada así como festivos acordes contrarrestados por leves tonos decadentes en medio de una ensalada musical que pone de manifiesto las enormes prestaciones y modernidad de los estudios CBE. La segunda casa de un hombre para el que nunca fue más apropiado afirmar que la vida era una canción. Una avasalladora y suave tormenta de acordes que concedían dicha y alegría y ganas de vivir, como demuestra ese primaveral y entrañable single, “Le Sifflet du Baron”, con el que puso el epílogo perfecto a sus aventuras como barón del pop. Shalam

الاِنْسان عدو ما يجْهل

Las riquezas son para el rico una ciudad fortificada

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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