El bucle infinito

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Sin dudas, mi disco favorito de Stereolab es Dots and Loops. Recuerdo escucharlo en bucle durante un maravilloso viaje a Valencia por la costa vislumbrando resplandores en cielos y playas de ensueño y quedarme prendado ante sus excursiones vocales e instrumentales parecidas al arco iris. Antes de Dots, Stereolab era un grupo de vanguardia que moldeaba el pop artístico a su antojo. Emperor Tomato Ketchup era por ejemplo una golosina que olía a canción francesa, bossa nova futurista, experimentalismo melódico, lienzo de Warhol y psicodelia techno. Y sus discos anteriores eran directamente trallazos vanguardistas que parecían haber sido grabados en una cápsula temporal en la que The Veltet Underground, Can, Beach Boys y el pop melódico y orquestal se fusionaban armónicamente. Muchos de sus fragmentos lo mismo podían servir como banda sonora de un filme de Jean Luc Godard que de Olivier Assayas e, igualmente, podían sonar tanto en un museo de arte contemporáneo, un elegante salón lounge, un chill-out galáctico con todos sus participantes puestos hasta arriba de marihuana como aparecer en medio de escenas claves de series de televisión tipo Los vengadores, Batman o Star Trek.

Stereolab eran una banda perfecta. Eran jóvenes y modernos. Refrescantes. Distorsionaban el sonido con tanta maestría como lo depuraban. Era difícil encontrar una banda más sensual y afilada; más cortante y dulce; más hedonista y comprometida al mismo tiempo. No hacían ruido. Acariciaban el caos. Lanzaban besos al fin del mundo desde su cohete espacial. Muchas veces se comportaban como pintores o escultores y otras como científicos. Experimentaban con las canciones como si las melodías fueran átomos. Y otras veces parecía que se habían tomado un tripi. Viajaban hacia atrás y hacia delante en el tiempo, sin importarles nada en absoluto. Como si estuvieran de cuelgue continuo. Pero, eso sí, nunca perdían de vista lo que llevaban entre manos. Eran capaces de subir a Júpiter y descender de golpe sin pegar vaivenes. Aspiraban a crear belleza; a transformar el pop en un cántico de sirenas. Pero también a plasmar musicalmente la neurosis cotidiana. Eran en cualquier caso tan etéreos que sus manifiestos políticos parecían canciones de amor, su actitud situacionista, un juego infantil y sus incursiones en el estruendo, excursiones juveniles. Estaban siempre en otro lugar. Eran un grupo con una imagen tan idealizada que no parecía real. Podía pasar perfectamente por ser virtual. Haber salido de las páginas de un ensayo de Jean Baudrillard o una revista de los sesenta y de un parto impuro surgido del encuentro de Francoise Hardy, Sonic Youth, Abba, el noise y The Mamas & The Papas en un parque infantil.

A pesar de que tenían la vista fija hacia delante y los dos pies en el Siglo XXI, hasta mediados de los 90, Stereolab eran, ante todo, el presente. Un grupo que representaba lo mejor y (tal vez también un poquillo de lo peor) de aquella década. Les restaba en cualquier caso un empujón para llegar a la eternidad. Ser atemporales. Un impulso que llegó con Dots and Loops. Una obra que, a pesar de estar plantada en el siglo XXI, honraba la memoria de Burt Bacharach y los musicales norteamericanos. Era una auténtica delicatessen. Un automóvil exclusivo de alta gama. Un plato exquisito de pop orquestal que estoy seguro que Henri Mancini hubiera bendecido de haber podido escucharlo que, debido a la sutileza de sus composiciones, me cuesta realmente definir o describir. Ciertamente, es un disco primaveral. Un conjunto de canciones lleno de gráciles pigmentos vocales y tersos acompañamientos instrumentales parecido a una margarita; a una flor hermosa y delicada o a una deliciosa fruta tropical.

En realidad, Dots condensa en sus entrañas algunas de las mejores enseñanzas históricas del pop clásico, pero las lleva un paso más allá gracias a la producción de John McEntire (Tortoise) y las colaboraciones de Jan St. Werner (Mouse on Mars) y Sean O’Hagan (The High Llamas). Tres nombres esenciales de la música de los 90 que lograron imbuir de frescura, sofisticación a una obra similar a una ola de mar. Bucólica, serena y experimental; hedonista y sensual, llena de imposibles armonizaciones y arreglos psicodélicos en medio de los que las voces de Mary hansen y Laetitia sadier se elevaban por el aire como si pertenecieran a sílfides, alcanzando cotas de belleza inconmensurables.

Creo que hay algo eclesiástico (probablemente una concepción sagrada del sonido y casi divina del pop) y también puro, muy puro, en este disco. Dots es miel. Resina. Un chapuzón en líquido amniótico. Una estela en el cielo de múltiples colores. Es una obra sin prisa con la vista puesta en el cielo. Cada canción se toma el tiempo que necesita para expresar lo que desea transmitir. Hay algún tema que dura más de quince minutos pero se desarrolla tan armónicamente que no lo parece. Dots es un disco que parece grabado en bucle. Un viaje rítmico y mental. Pop progresivo e instantáneo. Casi una hipnosis sonora. Una especie de soundtrack ideal de la vida universitaria de carácter alquímico y ensoñador capaz de convertir un paseo por la playa en un viaje por las estrellas y el pop en un caramelo mágico con la facultad de transportarnos a cualquier lugar y mantenernos eternamente jóvenes. La droga perfecta. El bucle infinito. Shalam

رسائل الحب تكتب تبدأ دون معرفة ما تقول ، وتنتهي دونمعرفة ما قيل.

Las cartas de amor se escriben empezando sin saber lo que se va a decir, y se terminan sin saber lo que se ha dicho

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1 imagen…..pienso en la simetria invertida y no se por que en parlophone…..en la huella simetrica invertida y en la infancia del envase…………..
    2 imagen….14 flotadores y una sirena entre las maromas…..
    3 imagen….eliminariamos a los 4 humanos (fichas) y pondriamos en su lugar 4 catres….(homenaje al juego de mesa del domino)……………………
    4 imagen……acostariamos a la rubia de la 3 imagen en horizontal a todo lo largo del rothko….todo un sueño sin personajes………….
    5 imagen…..las 32 cabezas acuaticas se se convertirian en 32 chorros de agua verticales……la fuente se completaria con una circunferencia de chorros de fuego como se intuye en la propia imagen dada…..abrazo……”stereolab” muy elegante, “the style council” tambien:

  2. Buenas Andrés. Creo que parlophone es una imagen que encaja perfectamente con Stereolab. No hay que preguntarse por qué sino más bien constatar que encaja perfectamente. Bien lo de los flotadores. Me río con lo del juego del dominó Muy bueno lo de la rubia. Lo de los 32 chorros de agua me gusta mucho igualmente Por cierto que llevaba mucho tiempo sin escuchar esa canción de Stile Councyl. Guau. Temazo perfecto para verano que siempre me gustó. Vuelvo a escucharlo después de muchos años.

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