El camino de Dios

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Creo que la biografía de Johnny Cash debería de ser de lectura obligatoria para cualquier persona. No sólo para los rockeros o amantes del folk sino para la mayoría de desorientados habitantes de este mundo. Sus testimonios sobre su adicción con las anfetaminas son realmente conmovedores. Cash es trascendente incluso cuando cae en el patetismo. Su voz es parecida a la de un profeta. Honda, profunda. Narra sus caídas y triunfos con idéntica fortaleza y veracidad.

Cash no cuenta su vida. Pega puñetazos. Acompaña al lector mientras le muestra su camino de redención. Hay algo increíblemente digno en su persona. Puede que la autoridad con la que hablaba y cantaba se debiera a que no poseía demasiadas dobleces. En las malas y en las buenas, Cash era un hombre de corazón. Se lo tocaba antes de cantar y era lo primero que le dolía cuando engañaba a su fiel compañera, June Carter, y volvía a tomar anfetaminas. Cuando Cash lloraba parecía que la naturaleza, a su vez, lloraba y cuando reía que un sol gigantesco aparecía en las praderas de medio mundo. No era un hombre moderno. Era un hombre de campo, curtido en la vida dura, que luchaba principalmente para estar en paz consigo mismo y honrar a Dios. Un hombre que apreciaba más a quien cumplía su palabra y era capaz de sacar adelante a su familia que a quien alababa una de sus composiciones.

Manuel Vilas captó perfectamente la enormidad del alma de Cash en el cuento que abría Aire nuestro. En aquella narración se percibía con claridad tanto la grotesca como la grandiosa humanidad de esta especie de chamán empeñado en salvar a la humanidad con sus conciertos.

La voz de Cash debería escucharse en todas las iglesias. He leído en pocas ocasiones a alguien tan sinceramente arrepentido de ser un pecador. Con tanta fuerza vital y tanta convicción. Cash tenía un enorme talento pero se comportaba como un albañil. Sabía de la importancia de su trabajo pero no se consideraba una estrella sino un instrumento al servicio de Dios. Cuando, tras muchos años perdidos, vio la luz, quiso compartir sus sufrimientos con los más desfavorecidos. Realizó giras por tugurios, cuarteles militares y cárceles. Repartió discos suyos como si fueran Biblias y se dedicó a cantar con la convicción del sacerdote consciente de que su buen ejemplo puede ayudar a salvar a cientos de espíritus perdidos.

Cualquier otro rockero hubiera caído en el ridículo por atreverse a realizar una aventura como la que emprendió Cash en The Gospel road. Sin embargo, contemplarlo hablar de Jesús en una montaña de Galilea o escuchar sus palabras entre imágenes  del Valle del Jordán o la ruinas de Cafarnaúm, agrandó si cabe aún más su aura. De hecho, lo hacía más querible y lo recubría de dignidad. No quiero ni pensar qué hubiera ocurrido si Robert Plant, Roger Dailtrey o Mick Jagger se hubieran puesto, a mitad de los 70, a grabar documentales religiosos. Pero no es difícil imaginarse tanto las risas del público como la sensación de ridículo y estupor que hubieran causado y hubiera predominado a su alrededor. Sin embargo, con Cash no sucedió esto. Cuanto más hablaba Cash de Jesús, más convincente sonaba. Cuanto más abrazaba su fe, más respeto lograba conferir a su persona. Puesto que se sentía que todos los sufrimientos y goces que había experimentado a lo largo de su vida tenían como foco central transmitir amor a sus semejantes y, sobre todo, a los más necesitados. Se percibía claramente que su pasión por el góspel no era meramente estética sino absolutamente vital. Tan grande que incluso el mismísimo Kris Kristoferson no pudo contenerse ante su desbordante entusiasmo y pasión (realizó una contenida y sentida versión de “Burden of freedom”) y se unió momentáneamente a una causa que fue recibida con gran agrado y entusiasmo por miles de presos a lo largo de toda Norteamérica.

Hace varios días coloqué en avería un hermoso fragmento de la biografía de Cash donde se refería a la muerte de su hermano Jack. Un acontecimiento esencial en su vida. Soy de hecho de los que piensan que si no hubiera fallecido, Cash no hubiera caído en las drogas. Pero también soy consciente de que ese inmenso golpe le convirtió en un ser humano más débil y, al mismo tiempo, más grande. No me resisto a cerrar este avería sin citar unos cuantos párrafos de la conmovedora anécdota con la que el hombre de negro concluye su testimonio vital. Ahí la dejo no sin antes poner en contexto al lector.

Cash vuela con destino a Nueva York. Se encuentra completamente limpio de drogas y allí donde es llamado acude a predicar la buena nueva e interpretar sus canciones. En este caso concreto, regresa de un concierto en Dallas. Se encuentra reflexionando hondamente sobre el motivo por el que los predicadores verdaderos son mucho peor recibidos por el público que él. Pero siente sueño. Ha llegado la hora de dormir. Aunque, por algún motivo, no puede evitar acordarse de su hermano Jack: “el zumbido de aquellos enormes motores del avión me dejaron medio dormido cuando me eché hacia atrás en mi asiento reclinable. Mis pensamientos retrocedieron a la velocidad del rayo hasta alcanzar a mi hermano Jack y me imaginé lo mucho que le habría gustado estar presente en el culto de la noche pasada. Aquellas canciones que interpreté para la gente, el modo en que me uní al coro al cantar “Just As I Am”. ¡Cómo hubiera disfrutado! (…) Y recordé también a Jack en la noche de mi conversión. Cómo me rodeó con sus brazos en cuanto me levanté del altar. Creo que fue la más profunda muestra de emoción que me dedicó nunca. (…) De pronto, el avión dio una tremenda sacudida –una bolsa de aire– que hizo que se derramara el café de las mesas de todos los pasajeros. Me incorporé y miré al exterior. Seguía sin haber una sola nube a la vista. No pude divisar ningún otro avión ni nada que explicara aquella repentina turbulencia. Así es que me volví a recostar en el aliento, pero debido a la fuerza del impacto me quedé con una molestia en la boca del estómago. Volví a mirar por la ventanilla y allí, a lo lejos, a mi derecha, estaba Memphis, Tennessee, como a unos sesenta kilómetros. Y entonces me recorrió un escalofrío porque supe exactamente dónde estábamos. En aquellos momentos, justo a nuestros pies, divisé un pequeño pedazo de tierra verde: el Cementerio Bassett, donde estaba enterrado mi hermano Jack. Los ojos se me llenaron de lágrimas”. Shalam

لا أحد يحب نفسه قليلا

Nadie se ama a sí mismo demasiado poco

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen: estoy aqui y me acerco…sigo intentándolo…………
    2ºimagen:estoy seguro de lo que quiero……….
    3ºimagen: cash parece vivir con: ¿como me quito el sentimiento de culpa?…….y ¿la culpa que me asigna mi padre?………………..
    4ºimagen: el comienzo (ya soy componente del grupo)……………
    PD: no soy nada catolico….pero el “hombrezaso” del campo me gusta…….”the predicator”…su timbre de voz es muy “querible” y “creible”…………….

    • Buenas las frases sobre las cuatro imágenes. No queda dudas de que este señor llevaba la palabra de Dios a sus alforjas y esto en vez de hacerlo un pesado, lo hacía más respetable y querible. Porque Cash sólo había uno. Y su fuerza de convicción era absolutamente única.

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