El carrusel negro

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Bigelf eran un oscuro arco iris. Su esquizofrénica propuesta era ideal para el siglo XXI puesto que unían rock progresivo y travestido con psicodelia y cabaret. En sus discos era posible escuchar ecos de Queen, Pink Floyd, Beatles y T-rex mezclados con riffs grasientos, psicópticos y glaumorosos. Creo que lo que les identificaba es que parecían proceder de los 70, pero encontrarse perfectamente adaptados al siglo XXI. Saber cuáles eran las reglas estéticas de nuestra era pero vivir zambullidos en una burbuja entre la que fluían en ebullición discos de Urian Heep, Nazareth o Hawkwind. Una noria salvaje.

En realidad, su faceta stoner rock es casi la que más me gusta de ellos porque aportaba suciedad y gravedad a su tendencia circense. Nunca los vi en directo pero la sensación que me transmitían era que estaban en otra dimensión. Escucharlos era como acompañar a New York Dolls a través de un viaje al otro lado del espejo lleno de ácido. Lo mismo te destruían con un riff nihilista e imaginativo que se marcaban una jam session a mitad de camino del rock espacial y el operístico. Eran prácticamente una puerta a una feria de variedades.

¡Joder! Bigelf eran geniales. Freaks colgados de un viejo cometa que hacían rememorar las épocas en las que el rock era tan espectacular como peligroso. Lo que abolía de golpe el factor nostálgico de su propuesta. Ante todo, porque no deseaban estar en los 70. Conducían esa década al siglo XXI. Algo que provocaba que tuvieran fans enfervorizados que se volvían locos con cada una de sus invenciones e ideas, pero que al mismo tiempo la mayor parte del público no los comprendiera. Si te gustaban Bigelf, te gustaban mucho. Si no te gustaban, no te importaban en absoluto. Te parecían unos tipos raros sin fuste escasamente originales. Más de lo mismo en medio de un mundo sobrecargado de payasos y tipos excéntricos.

Creo que lo que nos gustaba de Bigelf a los que los amábamos era su talante quijotesco. Bigelf eran sumamente divertidos e idealistas. Éramos conscientes de que, de haber publicado Cheat the Gallows en otra época, hubieran reinado en muchos festivales y revistas. La fotografía de Damon Fox habría cubierto las paredes de unas cuantas habitaciones de adolescentes junto a la de Alice Cooper y Marc Bolan. Pero en pleno boom de las descargas, su propuesta era realmente suicida. Estaba condenada a fracasar antes o después. Yo, por ejemplo, siempre los escuché con una mezcla de satisfacción y tristeza. Algo que también experimentaba por cierto con Marah. Básicamente, porque tenía claro que lo más probable era que ocurriera lo que finalmente sucedió: que, tras la publicación de un disco tan esquivo e inusual como Into the Maelstrom, se acabaran separando.

Bigelf eran teatrales y amaban profundamente la música. Había que escuchar varias veces sus obras para deleitarse con ellas, terminar de comprenderlas y escarbar en diversos detalles que les conferían su lunático sello. En esencia, eran, sí, una banda de discos completos y no de singles. Aunque no lo sean, todas sus obras parecen conceptuales y explorar algún aspecto de las psique enferma colectiva del siglo XXI. Algún trozo del desierto artístico aún no suficientemente conocido. Factores que jugaban en su contra en mundo donde el performance y la fría realidad de las videoconferencias y la telerrealidad estaban sepultando la dimensión dionisíaca del mundo. Esa vertiente nitzscheana y abisal sin la cual es imposible comprender el arte romántico y sus estertores.

Obviamente, el día menos pensado, Bigelf regresarán con nuevo material bajo el brazo. Pienso incluso que un torbellino de las dimensiones de esta pandemia podría reforzarles. Aunque tal vez ya se encuentren sepultados para siempre. En un excéntrico baúl de antigüedades de la era pop junto a distintos afiches de El mago de Oz, cómics de Creepshow, una copia desgastada de Billion Dollar Babies, un retrato de Edgar Allan Poe y el sombrero de copa de un viejo mago. Un entorno emocional y estético que da lumbre a una divertida banda digna de protagonizar un musical de dibujos animados lleno de fantasía, misterio y locura. Una mezcla entre una pelí antigua de Disney, otra de David Lynch y un grotesco lienzo de Dalí. Shalam

الكلب الجائع يؤمن باللحوم

Un perro hambriento sólo tiene fe en la carne

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:…..a mi y a los tres del fondo nos busca el peluquero………..
    2ºimagen:….en «la misericordia» en la subida se san diego de cartagena podia haber actuado este grupo cuando alli hacian las tardes-rock……………………
    3ºimagen:……no los conocia……disney-lynch-dali…….le estoy dando una escucha al «closer to doom»-…y estoy de acuerdo contigo….es una «ensaladilla rusa» en 1996……………………….sonrisa…….
    PD:……https://www.youtube.com/watch?v=yzr_1vlZaZE……observemos la raya en el ojo de kitty tambien la ola-surf en el pelo……los zapaticos «glam» de daisy , su euforia desmedida y su bateria «broadway»….en cuanto a lewis tiene los dientes separados, sintoma evidente de que es muy embustero……jajajjj….son todo «actitud»……

    • 1) Opositando para aparecer en un film de Robe Zombie. 2) No viví esas tardes de San Diego. Pero se presumen muy interesantes. Tengo la impresión de que los 70 fueron una década muy especial en España. Más que los 60. 3) Tal vez su mejor disco es Cheat the Gallows. Ese es el más representativo de lo que quisieron hacer. PD; el chico me recuerda al Jhonny Deep de Cry Baby. Hay algo en ellos que también me recuerda a Elvez. El mítico impersonator. Por supuesto, los veo apareciendo en Mulholland Drive. Dientes separados igual a mentira….. jajajaj….

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