El monstruo

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Hace unos años, escribí un artículo que apareció en el nº 27 de la revista El coloquio de los perros, en el que intentaba explicar mi visión sobre ciertos prejuicios musicales que nos lastran más de lo que deberían. Y construí un personaje imaginario llamado Lawrence Davies cuyo tumultuosa e inquieta vida, me ayudó a explicar aquello que necesitaba expresar. En realidad, Europa siempre ha mirado con cierto aire de suficiencia y superioridad muchas manifestaciones culturales americanas. América es Mr. Hyde para los europeos. En bastantes ocasiones, una especie de monstruo. Y por ello, estilos musicales como el heavy metal y otros han sido tachados como deleznables por una bohemia cool que ha acabado imponiendo gustos y modas y lastrando y ridiculizando, en algún caso, el desarrollo de ciertos estilos artísticos.

Escuchaba yo mucho por aquella época, los discos de Blondie, Barón Rojo, Ilegales, Raimbow, Soda Stereo y Alice Cooper y me pareció más interesante hablar de ellos a través de la vida de otra persona: un productor musical llamado Lawrence Davies. No tengo mucho más que decir. A veces, incluso las personas más abiertas de oídos, tenemos ciertos prejuicios respecto a la música pop y rock, que muestran que somos mucho más manipulables de lo que pensamos. Algo no muy extraño, teniendo en cuenta que también somos manipulados en otros campos de la vida. Desde la alimentación, la justicia o la educación. Por eso es que le dediqué este texto a Lawrence Davies. Un antídoto contra la dictadura de lo “cool”. Un anarquista musical con una personalidad propia que se imponía a las modas, marcando con su criterio el signo de los tiempos que vendrían. Un enamorado de nuestro país al que todavía muchos añoramos.

Dejo a continuación el artículo llamado Lawrence Davies: montañas de música:

Han transcurrido prácticamente dos meses y todavía parece increíble que nos haya dejado. Con una de sus vestimentas habituales —camisa de flores y amplios tejanos verdes con pata de elefante—, moviéndose al compás de los sonidos de viejos rythm & blues y fumando un ducados tras otro sin apenas interrupción, pudimos observarlo a pie de escenario en el histórico concierto que Cinderella ofrecieron el pasado junio en Madrid. Parecía, sí, que por él no había pasado el tiempo. De hecho, a no ser por las incipientes canas que cercaban su largo cabello rubio, muy pocos habrían podido adivinar la verdadera edad —76 años— de aquel sempiterno seductor e incansable bailarín que desgañitaba su garganta al compás de los clásicos de la banda norteamericana mientras consumía sin cesar un vaso de ron tras otro.

Desde luego, no se puede dudar de que disfrutara hasta el último de sus días. Semanas antes de su fallecimiento, había vuelto de Glasgow donde había sido invitado a realizar un artículo sobre los resultados creativos surgidos del reencuentro de los viejos componentes de The Jesus and Mary Chain. Entre medias, había efectuado una escala en Londres, donde había presenciado uno de los inolvidables shows de John Fogerty realizado en aquella sala, Kube —reabierta para la ocasión—, en la que Syd Barret, Nick Drake, Nick Garrie y Eric Clapton, entre otros músicos, realizaron sus primeras presentaciones públicas; y todavía había tenido tiempo de hacer una entrevista exclusiva a la mujer de Ronnie James Dio en la que ésta, seguramente, animada por su presencia, le había ofrecido una serie de suculentos comentarios al respecto de lo que sucedió realmente entre Tony Iommy y su marido durante la grabación del mítico Mob Rules (1981).

Como se puede comprobar, —y de esto son un fiel testimonio sus últimos días— Lawrence Davies fue, ante todo, un espíritu inquieto, por momentos, hiperactivo y demasiado fascinado por la música, como para detenerse a medir las consecuencias de sus actos o pensar en dejar de disfrutar de sus pasiones un solo instante. En realidad, fue gracias a estas cualidades que consiguió labrarse la buena fama de la que gozaba, a todos los niveles, entre los músicos. Como fue, debido a su sempiterno entusiasmo y su capacidad para empatizar con las más ralas personalidades y aglutinar voluntades, que su aportación puede ser considerada imprescindible no únicamente para la realización de determinados tours —las primeras giras europeas de Kiss y de Alice Cooper—  o conciertos  inolvidables —Pink Floyd en Pompeya, la primera maratón post-punk de Chicago— sino la de determinados discos clásicos de la música pop —Parallel Lines— y rock —Heaven and hell o Rising— del siglo XX.

Lamentablemente, debido a los consabidos prejuicios que todavía lastran la cultura musical de nuestro país, es necesario recordar quién fue Lawrence Davies antes de pasar a valorar los muchos logros que su persona atesora y que le hicieron ser considerado uno de los más importantes actores secundarios de la era pop.

Como él mismo indica en su imprescindible autobiografía, Mountain Songs (Republic, 2007) —aún en espera de ser traducida en nuestro país—, Lawrence nació en una sepulcral Manchester en 1934, del matrimonio de un maestro de Historia y una muchacha de clase media muy aficionada al piano. Pero en 1949, se vio abocado a emigrar junto a su hermano mayor, John, a la casa de sus tíos en Austin (Texas), debido a la crisis económica que embargó al país inglés tras la segunda guerra mundial. Allí, en las amplias praderas del estado tejano como en la multitud de bares y restaurantes que se extendían por sus territorios, se aficionó a aquellas melodías rurales que interpretaban buena parte de trovadores que ahora denominaríamos folkies, entró en contacto con ásperos granjeros que recitaban toda clase de tonadas countries y, sobre todo, se enamoró de la, así llamada, música del diablo: la producida por aquellos vagabundos de color negro —a quienes muchos de sus compañeros de instituto decían despreciar— agarrados a los mástiles de una guitarra de la que emergían sonidos lastimeros y lascivos.

La proximidad entre Austin y Nueva Orleans le permitió, además, familiarizarse con esta última ciudad donde trabajó como camarero en locales de conciertos y disfrutaría de recitales indómitos, salvajes, furiosos de buena parte de los mejores músicos de blues del momento. Debido a su diligencia, su ya mencionado entusiasmo y su capacidad de empatizar con los artistas, pronto, los miembros de aquellos míticos locales —Trails, Mofo, Ceremony— le encargaron una tarea más importante: recoger a los músicos que procedían de otras ciudades, acompañarles en su visita a Nueva Orleans o Austin y conseguir que se sintieran a gusto durante su estancia. Y, efectivamente, Lawrence no desaprovecharía la ocasión tal y como cientos de anécdotas —a cual más jugosa— que bañan los primeros capítulos de Mountain Songs ponen de manifiesto: desde cómo consiguió —una novia suya lo utilizaba— el jabón que Dizzy Gillespie solicitaba para bañarse o aquellas agujas de cloroformo en las que Charlie Parker gustaba de inyectarse heroína hasta cómo convenció a los dueños de un hotel que pintaran de rosa las paredes de una habitación, por expreso deseo de Duke Ellington.

Fue por aquel entonces —estamos hablando de 1960— que a Lawrence le llegó la oportunidad de su vida. Cuenta el hombre tranquilo —así fue conocido por la mayoría de los integrantes del “show bussiness musical”—que apenas había tenido tiempo de escuchar varios temas —a excepción del clásico ‘I put spell on you’— del músico Screamin’ Jay Hawkins, que actuaría esa noche en el Mofo. Desde luego, le habían sorprendido la tonada de su voz, lo áspero del sonido con que los instrumentos de acompañamiento recubrían o, más bien, envolvían —como si se tratara de un rugoso sándwich— la melodía de las composiciones así como el aspecto desenfocado que, en general, ofrecían todas aquellos temas que escuchaba mientras ejercía sus acciones rutinarias en la barra del bar; pero, en realidad, —confiesa— no había podido prestar la atención debida a unas canciones que, únicamente con el paso del tiempo, valoraría y, sobre todo, comprendería en su justa medida.

En cualquier caso, no comenzó a sentir sensaciones extrañas hasta que no recogió a Jay Hawkins y su banda y los subió a su inmenso descapotable negro. El irreverente músico apenas hablaba. Y ante cualquiera de las indicaciones de Lawrence sobre tal o cual aspecto de la ciudad, del contrato que habían de firmar para realizar el concierto o las normas que debían seguirse para que el show funcionara a la perfección, no profería más que distintos monosílabos afirmativos o negativos. Y si bien, en principio, esto podía ser achacable al carácter más o menos introvertido del artista de Ohio y sus músicos, cuando estos le ofrecieron probar algunos de sus cigarrillos de marihuana o el bajista se quitó su cazadora militar, mostrando una camiseta interior que imitaba el traje de Superman, comprobó el motivo real de aquellos silencios y anómalos comportamientos: su excentricidad. Por ello, seguramente, no se sorprendió cuando, una hora antes de empezar el show, Hawkins le pidió que lo llevara a un río para tomar un baño pues necesitaba sentir el contacto con agua pura para poder destensar su garganta y parte de su cuerpo con vistas a ofrecer el recital. Muy al contrario, Lawrence actuó con su consabida mano izquierda. En unos minutos se presentó en el hotel de Hawkins y —sabiendo que era imposible discutir según qué temas con esta clase de músicos— lo condujo a toda velocidad al río más cercano. Allí, el artista se tomó su tiempo para efectuar sus rituales, que Lawrence respetó rigurosamente a pesar de que el retraso acumulado llegó a ser de más de una hora. Algo que llamó la atención del excéntrico músico, pues fue la madura actitud de aquel muchacho espigado, un tanto tímido y extremadamente amable, lo que convenció finalmente a Screamin’ Jay Hawkins a invitarle a unirse a su banda como manager; como, muy probablemente, lo que haría que llegara de extremadamente buen humor a la sala —en la que, por otra parte, sus acompañantes, acostumbrados a este tipo de desplantes, estaban alargando una vieja cantinela blues al infinito haciendo las delicias del público asistente— donde realizó finalmente un concierto que, según los asistentes, fue de una intensidad inaudita, se extendió durante más de tres horas y puede ser considerado histórico.

Los dos años que Lawrence trabajó con Screamin’ Jay Hawkins fueron, sin dudas, decisivos para ambos. En primer lugar, porque, por una vez, Hawkins trabajaba con alguien en el negocio musical que, lejos de juzgarle, lo comprendía y estaba dispuesto a complacerle en lo posible siempre que, a la hora de la verdad, —la del recital— se exprimiera al máximo y diera lo mejor de sí mismo. Y, en segundo lugar, porque Lawrence pudo conocer —debido a su nuevo trabajo— a algunos contactos esenciales y, sobre todo, realizó su primer desembarco en aquella Inglaterra pre-Beatles que, por aquel entonces, era un paraíso de trabajo y oportunidades para todos aquellos que se dedicaban al negocio musical y acogió en 1962 los veinte conciertos que Hawkins ofreció en varias ciudades, con sumo respeto y sana y franca expectación.

Desde el primer momento, Lawrence se sintió fascinado por su país de nacimiento y las lecturas que de los clásicos del blues con los que él se había criado, realizaban todo de bandas de muchachos jóvenes que parecían salir de cualquier parte. Y ello —unido a su reencuentro con sus padres—, tras romper de mutuo acuerdo el contrato que le unía a Hawkins, le hizo tomar la decisión de vivir de nuevo en Inglaterra donde tuvo la posibilidad de asistir a los primeros conciertos ofrecidos por  The Beatles, The Who, The Yardbirds, The Small Faces, The Kinks o The Manish Boys (la primera banda de David Bowie) y, sobre todo, participar y, en ocasiones, organizar algunas de las fiestas que estos músicos celebraban que nos son descritas con sana ironía y sin ningún atisbo de cinismo en Mountain Songs. Al parecer, en contra de lo que la mayoría de personas supone o cuenta la leyenda, entre ninguno de aquellos músicos de bandas diferentes existía rivalidad alguna y solían compartir tango drogas como chicas. De hecho, tanto a Steve Marriott como a George Harrison les solían gustar las morenas muy delgadas y el uno y el otro se las intercambiaban sin rubor dependiendo de donde se encontraran. Y, a su vez, tanto Roger Daltrey como Ray Davies compartían camello: un muchacho que portaba siempre unas lentes oscuras y que estaba muy interesado en tocar el bajo que sería, una década más tarde, autor de ese hit inolvidable llamado ‘Forever Moon’, que presentaría bajo el nombre de Black Star.

Por su privilegiada posición y su excelente conocimiento de las escenas musicales de las dos orillas, Lawrence se convirtió en el artífice de todo tipo de transferencias entre los dos monstruos musicales anglosajones. Si The Kinks confiaron en él para preparar su desembarco en tierras americanas, los hermanos Fogerty (Creedence Clearwater Revival) lo contactaron para que fuera el artífice de la campaña de publicidad de su disco Green River, con el que planeaban conquistar el Reino Unido, así como de la extensa gira diseñada para llevar a cabo tal deseo. Y, por supuesto, sus satánicas majestades, The Rolling Stones, confiaron en su saber hacer y consejos para determinados detalles puntuales —variaciones en los colores de las portadas, lanzamiento de uno u otro single, ciudades emblemas para comenzar una gira— que les aseguraron un éxito sin precedentes en Norteamérica. Por no hablar, claro, de los múltiples contactos que  logró establecer entre músicos bop y pop de los que, en parte, se aprovecharía más tarde Franz Zappa para comenzar su intrigante e inclasificable aventura musical.

En fin, como indica Mary Sherman, en su, por otra parte, muy recomendable Cuando éramos jóvenes (Sin ruido, 2004) sin figuras como Lawrence Davies “resultaría altamente inconcebible la aceptación que la música rock tuvo en los más diversos ámbitos sociales de las sociedades modernas. Puesto que pioneros como él supieron pulir con paciencia los ariscos detalles de una manifestación artística hasta entonces salvaje y construir los canales y conductos necesarios para que, sin dejar de perder espontaneidad y frescura, sus códigos fueran entendidos y, sobre todo, se convirtieran en producto de deseo de los más heterogéneos grupos sociales”. Únicamente, de esta manera —teniendo en cuenta las palabras de Sherman y, por supuesto, la hábil campaña de publicidad que Lawrence diseñó— se entiende cómo fue capaz de introducir a la Alice Cooper Band y, más tarde, a Kiss en el Reino Unido, consiguiendo que tanto el pálido rostro de Alicia y su seca garganta como el de los cuatro marcianos maquillados fueran adoptados como referente no sólo por cientos de teenagers de Dublín, Glasgow, Manchester o Liverpool, sino que incluso fuera normal durante los primeros años 70 observar a banqueros u oficinistas que, sin rubor alguno, portaban chapas y camisetas que reflejaban su efigie junto a la de Marc Bolan o Bowie. Por ejemplo, Lawrence consiguió que Alice Cooper apareciera, noche tras noche, durante un invierno despidiéndose de los televidentes, deseándoles buenas noches mientras tatareaba una vieja canción de terror y sus ojos pintados de negro quedaban fijos en la pantalla del televisor durante casi 30 segundos; o que Kiss intervinieran en todo tipo de programas infantiles como si se tratara de unos nuevos muñecos o mascotas admiradas por los niños de la nueva era —llegó a lanzarse un álbum de cromos sobre sus andanzas— antes de aparecer en horario de máxima audiencia en el show de Andy Cragg tocando a todo volumen un incendiario Black Diamond y anunciando las fechas de su próxima gira. Consecuentemente, tanto David Gilmour como Roger Waters (Pink Floyd) a quienes “el hombre tranquilo” había conocido en la época en que actuaban en el UFO londinense, no dudaron en recurrir a él cuando —después de la sequía creativa que les había sobrevenido tras la marcha de Syd Barrett y un tanto descontentos con los resultados tanto de Meddle (1971) como de Obscured by Clouds (1972)— intentaban dar un nuevo enfoque a una carrera que, efectivamente, tendría en la propuesta de Lawrence de grabar un concierto en Pompeya un nuevo hito incontestable que anunciaba el futuro renacimiento de la banda inglesa con el disco The Dark Side of The Moon (1973). Como, igualmente, nada sería igual para Pharoah Sanders tras recibir uno de los útiles, hábiles consejos de Lawrence: contestar en rueda de prensa que la inspiración para la composición de varios de los mágicos solos de su clásico Karma (1969) le habían llegado en un viaje a la India tras arrojar al Ganges —por expreso deseo de su gurú— el saxofón con el que había aprendido a tocar.

Entre medias de todos estos trabajos, Lawrence tuvo tiempo de cumplir dos de sus sueños: pernoctar con un amplia gama de mujeres que caían seducidas ante su saber estar y su manejo de las formas sociales y montar un local de conciertos, Deadwood, en Austin que no cerraría hasta mediados de los 90 cuando se instaló definitivamente en nuestro país. Por allí, por supuesto, pasaron muchos de los músicos —Tom Waits, John Cougar Mellencamp, Tom Petty, John Hiatt— que escribirían la futura historia de la música norteamericana, cientos de músicos prometedores y veteranos y un sin fin de personajes —cómicos y actores— que vieron, en muchos casos, propulsada su carrera por el hecho de actuar en Deadwood. En concreto, hay un músico, Ronnie James Dio, cuya historia íntima está unida a la historia de este bar.

Como de todos es sabido, antes de formar parte de Rainbow, el inconmensurable cantante poseía una banda, Elf, con la que realizó tres discos correctos. Años antes, cuando integraba el grupo Ronnie and The Prophets, había conocido a Lawrence, quien había visto en Ronnie un futuro talento en ciernes cuya pista merecía la pena seguir. Por ello, en el momento en que encaminó mejor su carrera con un grupo más apropiado como Elf, no dudó en invitarlo a Deadwood, donde fue testigo de ese nuevo paso hacia adelante de su carrera que, no obstante, aún no acababa de despuntar como merecía. Lo que no hizo hasta que Ronnie contactó con Ritchie Blackmore por intermediación de Lawrence Davies, quien, gracias a su olfato y su don de la oportunidad, fue el artífice de una reunión que, sí, daría como resultado años después discos mágicos rebosantes de sorpresas, calidez e imaginación como Ritchie Blackmore’s Raimbow (1975), Rising (1976) o Long Live Rock’ n’roll (1978), donde se encuentran clásicos de la música de todos los tiempos —no únicamente del hard-rock—como la imprescindible ‘Man on the silver mountain’, la intrigante ‘Tarot woman’ o esa intensa sinfonía interestelar que es ‘Stargazer’.

Igualmente —y gracias a sus innumerables contactos—, cuando Toni Iommi despidió a Ozzy Osbourne de Black Sabbath —con quienes venía de grabar el decepcionante Never say die (1978)— presentó al infranqueable guitarrista a un Ronnie James Dio que veía triste y compungido cómo sus relaciones con Ritchie Blackmore se deterioraban y su inmortal aventura con Rainbow finalizaba. Lo demás es historia. Basta escuchar los primeros acordes del disco Heaven and hell (1980) con esa increíble portada —al parecer, en parte, idea de Lawrence— para saber que nos encontramos ante un clásico capaz de marcar a las generaciones futuras, redefinir los conceptos de rock, principiar el heavy metal y, sobre todo, extender los mapas de los sonidos musicales —sin necesidad de experimentar en demasía sino más bien ahondando en sus componentes rocosos— contemporáneos hasta el infinito.

Por otra parte, no contento con ser artífice indirecto de la reestructuración de Black Sabbath, Lawrence también fue testigo de los principios de la new wave en Nueva York. Y si bien es cierto que su participación en este movimiento fue más bien mínima, —aunque suya fue la idea de realizar en las calles de Chicago un concierto gratuito durante 24 horas en que todo tipo de bandas post-punk (entre ellas, Talking Heads y Television) hicieron acto de presencia— no podemos obviar el hecho de que éĺ fuera uno de los primeros en el show bussiness en apoyar a una banda en principio bastante incomprendida como Blondie. De hecho, se sabe que “el hombre tranquilo” introdujo a la banda de Debbie Harry en todo tipo de escenarios, e incluso se atrevió a producir determinadas partes de ese clásico del pop-rock —en verdad, una obra adelantada a su tiempo y que preludiaba gran parte de la ola techno-pop que marcaría los 80— que fue Parallel Lines (1978).

Finalmente, a principios de los 80 y tras pasar una temporada en Argentina donde había aprendido a amar el tango, se había entusiasmado con las grabaciones de Charly García y Spinetta y había apoyado la incipiente carrera de un grupo que, pensaba, sería verdaderamente grande —una especie de The Kinks argentinos— llamado Soda Stereo, Lawrence Davies se instaló en España. Tanto durante su juventud como en el transcurso de su madurez, Lawrence apenas se había concedido descanso alguno. Sin embargo, los años pasaban y su necesidad de ir relacionándose con la escena musical desde otro plano y lugar le era necesario. Obviamente, no estaba pensando en un retiro perenne sino, más bien, en un pequeño descanso para volcar sus energías en proyectos que además de interesarle, no le supusieran un gran gasto de energía. Y, desde este punto de vista, la España post-dictadura y, en concreto, una región como la andaluza suponían un inmejorable destino. Pero antes de instalarse en el sur —muy cerca de su chalet grabaron Depeche Mode los exteriores de su vídeo ‘Personal Jesus’— viviría en Madrid. Allí se familiarizaría con los grupos de la movida madrileña y, sobre todo, entablaría una entrañable amistad con Sherpa, Hermes Calabria y los hermanos Castro, esto es, Barón Rojo, que sería una banda que apoyó hasta que se disolvió y se encargó de promocionar cuando estaba en pleno auge.

En realidad, debido a los consabidos prejuicios contra los que siempre se rebeló, supongo que a los lectores españoles les parecerá extraño que Lawrence fuera capaz de conjugar su trabajo y amor por bandas de estilos en apariencia tan dispares y, por momentos, se diría, enfrentados como Blondie y Television o Black Sabbath y Kiss, pero hemos de recordar que la estricta diferenciación entre el rock duro, el rock americano o el heavy y el pop es más propia de países como el nuestro que de los anglosajones o centroeuropeos. Esto es importante aclararlo. O al menos así lo hizo Lawrence, que dedicó uno de los últimos capítulos de su libro a hablar de este estúpido prejuicio y explicar por qué, por ejemplo, cuando llegó a nuestro país enamorado de nuestro clima y carácter, se volcó en apoyar a dos bandas tan diversas, seguidas y comprendidas por públicos tan diferentes como Barón Rojo e Ilegales.

Para los anglosajones, señalaba Lawrence, el rock, en cierto sentido, siempre ha estado ahí desde mediados del siglo XX. Sea como una evolución o una reinterpretación del blues y del folk o una simplificación de las formas jazzísticas o las clásicas musicales, la semilla del rock se encuentra presente en muchas de las manifestaciones populares del pasado siglo. Y esto ha hecho que se puedan observar sus desarrollos y variaciones en su conjunto. Lo que supone, por ejemplo, que se pueda trazar sin problemas una línea recta —de la que ni siquiera se encuentra tan ajeno aquel Dylan que decidió conferir un toque eléctrico a sus composiciones acústicas— que va de las composiciones de The Who, Steppenwolf, Jimi Hendrix, The Doors o Humble Pie hasta las de Led Zeppelin, Kiss, Deep Purple, Black Sabbath y, finalmente, Deff Lepard, The Cult, Judas Priest, Saxon, L.A. Guns o Metallica, que es muy fácilmente visualizable. Tanto el heavy metal como el hard rock y el trash metal —como, hasta hace muy poco, el hardcore— tuvieron sus años de esplendor y eclosión en aquellas sociedades donde pudieron desarrollarse en libertad. Y no hay, en este sentido, diferencias abismales de consideración  entre estilos como el dance y el hard-rock para el público salvo los que diferencian la buena de la mala música, pues se comprende que el soul —vía Sly and The Family Stone y George Clinton— puede desembocar en la música disco, funkie y derivados —Michael Jackson, Prince— como en la vía rockera —véanse determinados temas de Whitesnake—. Y se valoran al mismo nivel —siempre y cuando entren dentro de los particulares gustos del oyente— tanto los discos de Cinderella, Mötley Crüe o Black Crowes como los de Primal Scream, PIL, Sonic Youth, Pavement, Suicide o The Pixies que, en nuestro país, parecen estar en cajones separados y —esto es lo peor— excluyentes.

En definitivas cuentas, para Lawrence, en España, sobre todo, por el influjo de la dictadura que no permitió desarrollarse ni evolucionar la música del diablo de forma libre y espontánea, además de por ser un país latino que confiere una preeminencia absoluta a la melodía cálida y limpia, así como a los ritmos caribeños, los consabidos mestizajes o los tonos aflamencados, el rock y más tarde algunos de sus derivados como el hard-rock o el heavy metal, fueron considerados denigrantes o música vandálica y propia de las clases bajas por la sociedad en su conjunto. Y en ningún caso, fueron tomados en serio, lo que explica el por qué de la subida a los altares de propuestas tan meritorias, sí, como la de Radio Futura o Gabinete Caligari y algunas, en realidad, mucho más discutibles como las de La Unión, El último de la fila o Mecano y la mirada de desprecio o, en muchos casos, condescendiente que la mayoría de los medios oficiales —incluidos revistas clásicas del panorama musical español como Ruta 66 o Rock de luxe— dedicaron al hard-rock en los años en que este estilo reinaba en medio mundo y, sobre todo, a grupos como Leño, Banzai, Ñu, Obús, Ángeles del Infierno o Barón Rojo, de los que, en muchos casos, no se conocían ni tan siquiera bien más de dos temas.

Pues bien, si alguien no estaba dispuesto a dejarse llevar por los prejuicios era “el hombre tranquilo”. Y por ello, seguramente no dudó en subrayar desde cualquier tribuna de opinión —llegó a escribir un artículo incontestable e inolvidable en Abc— la excelencia de una banda como Barón Rojo, de la que estaba totalmente enamorado; lo cual, por otra parte, no es de extrañar, pues si valoramos en su justa medida discos como En un lugar de la marcha (1985), Volumen brutal (1982) o Metalmorfosis (1983) y volvemos a escuchar baladas tan conmovedoras como ‘Siempre estás allí’, rocks frenéticos y audaces como ‘Larga vida al rock and roll’ o ‘Los rockeros van al infierno’ o, probablemente, uno de los más emotivos temas épicos compuestos en nuestro país, ‘Hijos de Caín’, convendremos en que probablemente Lawrence estaba acertado, tal y como ratificaron muchos de los fans ingleses y alemanes de la banda española, que no dudaron en llenar sus shows en las giras que ofrecieron en Europa en sus años de esplendor.

Por otro lado, ampliando lo dicho antes y ya que estamos ocupándonos ahora de su etapa española, no podemos tampoco obviar el apoyo que Lawrence concedió a una banda como Ilegales. Su flechazo musical con la banda de Jorge Martínez fue intenso. Y no se disolvió hasta el fin de sus días. Para Lawrence, por determinadas razones que explica a la perfección en su libro, Ilegales era la banda que más le había sorprendido del rock —existe un impagable artículo en el New Musical Express en que los compara tanto con The Pogues como con The Fall— en los últimos tiempos. Y, según él, si no hubiera sido por su procedencia y el carácter anárquico de su líder —que, por otra parte, le encantaba— esta banda habría de haber liderado la música contemporánea por su capacidad de combinar diversos estilos, mezclarlos y fagocitarlos hasta crear un brebaje irresistible que, por momentos, estallaba en rock inclasificables recién salidos del arrabal o canciones preñadas de una magia indefinible y, por momentos, inasible que eran auténticos poemas de la era post-punk.

En todo caso, el amor de Lawrence por Ilegales fue tanto que, si bien con el tiempo y debido a las consabidas evoluciones o involuciones de la música pop, la banda fue quedando en un segundo plano dentro incluso del panorama musical español, nunca dejó puntualmente de criticar y valorar cada uno de sus discos en innumerables revistas o pinchar sus temas en Vientos lejanos, el programa que presentó y dirigió en internet hasta el fin de sus días. Días que acabaron —ya lo he dicho— tristemente apenas hace dos meses por culpa de un infarto al corazón que asaltó a Lawrence en plena madrugada en casa de un reconocido crítico musical de Barcelona. Antes —cuatro años aproximadamente— había tenido tiempo de dar a imprenta su tantas veces mencionada e imprescindible biografía, Mountain songs, que puede y, pienso, ha de ser leída como el retrato de toda una generación. Una generación que no solo luchó por cambiar las cosas. Lo consiguió. O, desde luego, lo intentó. Ninguno de los rostros de las muchas personas que asistieron a su funeral celebrado en Londres —desde Debbie Harry hasta Ally Kerr o Toni Iommy— dejan lugar a dudas sobre esta cuestión. Ni tampoco el tema, el mítico ‘Born to be wild’ de Steppenwolf, en versión de The Cult, que sonó cuando su lápida se alzaba antes de quedar sepultada para siempre. Shalam

من تسمّع سمِع ما يكْره

 No hay árbol que el viento no haya sacudido

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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