El tren

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Fernando Rubio ha sido siempre una especie de eremita del rock. Ha seguido su camino más allá de las modas y el éxito. Satisfecho de poder realizar un concierto de tanto en tanto y de continuar tocando la guitarra.

Yo siempre lo relacioné con aquel personaje interpretado por Sting en Quadrophenia: el “as de oros”. Una noche me encontraba alucinado contemplándolo tocar en el bar Arlequín y semanas después, lo vi dejar unos sobres en el buzón de mi casa vestido con el uniforme de cartero. Aunque lo cierto es que este hecho en vez de producirme un trauma o febril desencanto como en parte le ocurría a Jimmy en el filme de Franc Roddam, me provocó un mayor respeto por su figura. Sobre todo, porque se lo observaba digno y risueño con su ocupación. El traje de trabajo no era un contrapeso a su faceta artística sino que al contrario, hacía resaltar aún más todo aquello que lograba cuando tenía su instrumento en las manos. Ratificaba lo que internamente pensaba: que era un músico antiego. De esos que disfrutan tocando, comiendo y charlando sobre discos antiguos y han experimentado algunos de los más intensos momentos de su vida en el escenario. Por eso me lo imagino contento y risueño con el caluroso recibimiento dispensado a su segundo disco en solitario, Cheap chinese guitar, pero también un tanto ajeno y distante (aun agradecido) de las bonitas palabras que ha despertado. Ante todo porque presupongo que, como los sabios budistas, él ya debía intuir que el éxito y el fracaso son meros impostores y, antes o después, el tren del rock volvería a detenerse en la puerta de su casa para resarcirle por todo aquello que no le pudo conceder cuando formaba parte de los memorables Ferroblues. Una banda que, de haber nacido en otra ciudad o época, probablemente hubiera tocado el cielo con las manos.

Según parece, los últimos años no fueron los mejores para Fernando Rubio. Pues a la muerte de Amador Blaya, hay que unirle diversos contratiempos personales y profesionales. Lo cierto, en cualquier caso, es que todos estos avatares parecen haber contribuido probablemente no sólo a fortificarlo anímicamente sino a que le salga un disco templado, sabio y reposado. Algo lógico porque, al fin y al cabo, el blues no es para cualquiera. Nació del dolor y la nostalgia. De la opresión y la escisión. De las dagas clavadas en corazones solitarios y la erosión. Es un cántico que sana heridas y reconstituye almas. Y eso es lo que entiendo que ha logrado Fernando en Cheap chinese guitar. Transformar la niebla, las dudas y desesperanza en un hermoso río de canciones que honran y homenajean la tradición y al mismo tiempo la actualizan. Una obra que no abruma sino que acompaña. Cruza los blues rurales del Missisipi con los medios tiempos de The Band y las sanas locuras del Exile de The Rolling Stones con pasmosa soltura y normalidad. Y posee una nebulosa producción que logra que los temas floten en una especie de limbo eterno que concede dicha y paz. Transmite serenidad y ganas de vivir.

En realidad, Cheap es una lección tanto de humildad como de música. Una bofetada de guante blanco a la histeria y egocentrismo que recorre de una punta a otra las redes sociales y el mundo en general. Y por eso es tanto una bebida espiritual como una milagrosa cerveza que consigue calmar la sed y que el tiempo se detenga durante su transcurso. Un disco que justo es reconocer que no hubiera alcanzado cotas tan altas de maestría (y sencillez) sin Paloma del Cerro -la corista- y The Inner Demons. La extraordinaria panda de músicos que acompañan a Fernando: Paco del Cerro, Román García, Carlos Campoy y Joaquín Talismán. Cuatreros supervivientes del rock español a los que a estas alturas hay ante todo que agradecer por su persistencia. Por continuar al pie del cañón contra viento y marea con una conducta canalla y vital casi épica demostrando que hay vocaciones que son intransferibles y que el rock no sólo depende del talento sino más bien de la actitud. Shalam

إِذَا جَاءَ الْقَدَرُ لَمْ يَنْفَعِ الْحَذَرُ

Ante la decisión divina, de nada sirve la precaución

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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