Esa hermana retorcida: Shut up and give me the Mic

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He pasado los últimos días sumergido en la autobiografía de Dee Snider, Shut up and give me the mic, el líder de los entrañables Twisted Sister. Una de esas escasas bandas que aún hoy en día, puede conseguir que me levante con energía de la cama y acabar con toda depresión o tentativa autocompasiva.

Siempre quise saber qué se escondía tras las bambalinas de las bandas de rock que adoraba durante mi niñez y adolescencia. No me bastaba únicamente con la intuición y por ello he acogido con gran entusiasmo la masiva publicación de autobiografías de mis viejos héroes rockeros como es el caso de esta maravilloso texto. Un libro que apenas he podido apartar de mi vista desde que comencé y me ha hecho divertirme como un niño. Probablemente porque, más allá de la información musical que aporta, nos encontramos ante una enorme historia de ascensos y caídas que, al igual que la autobiografía de Mark Everett, Cosas que los nietos deberían saber, podría servir perfectamente como manual de autoayuda.

De hecho, el libro comienza con el ácido relato de Dee Snider sobre los tiempos en que, tras malgastar una fortuna, trabajaba repartiendo publicidad para la pequeña empresa de su esposa temeroso de que algún antiguo fan de su portentosa banda pudiera reconocerle. Y, al contrario que otras historias de rockstars, Dee no tiene reparos en contar sus dificultades. Muchas de sus bajezas personales. Los cientos de esfuerzos que tuvo que realizar para alcanzar el éxito, muchas de las claves de su desternillante filosofía vital y su gozosa, satírica y lúcida visión del mundo de rock. No tanto con la intención de concitar morbo sino para que podamos profundizar mejor en cómo vivió determinados acontecimientos y encajó e interiorizó varios de los golpes de mala suerte que condujeron a un declive prematuro una carrera que, cimentada a base de un inmenso esfuerzo y trabajo, tras las mayoritarias ventas conseguidas por Stay Hungry, parecía tener como único límite el cielo.

Ocurre además que los momentos claves de su vida y su banda nos son relatados con un lenguaje fresco y un tono distendido y humorístico que obviamente hace que el lector empatice rápidamente con su grandilocuente personalidad. El espíritu juguetón de un estruendoso ser que, sin pretenderlo e indirectamente, retrató con varios de sus discos, el monstruoso alma de Norteamérica. Dinamitó una sociedad en la que progresivamente se estaban introduciendo la censura y procedimientos de control individual frente a los que las bandas del hair-rock de los 80 propugnaban la diversión dionisiaca y el derecho al goce. El regreso a un crudo mundo primitivo donde la realización de todas las pasiones estaba totalmente permitida.

Siempre he adorado a las bandas de glam-rock surgidas en Norteamérica a principios de los 80.  Y nunca he empatizado con quienes por lo general se han dedicado a desacreditarlas. Creo en realidad que la mayoría de esas críticas procedían de intelectuales europeos incapaces de comprender esa agresiva sociedad norteamericana retratada a fondo en las películas de John Carpenter.

Twisted Sister al igual que Motley Crue o Ratt eran hijos de un mundo deshumanizado, ultracapitalista y esquizofrénico. Y por ello, si por un lado eran bestias que engendraban rocosos y duros sonidos, por el otro solían maquillarse y vestir atuendos de mujer. Es decir, eran putas y chulos. Mujeres agredidas por una aplastante ideología que imponía su yugo sin piedad y hombres orgullosos, combativos y repletos de coraje capaces de batirse en duelo con quien osara desafiarles. Eran, sí, tanto víctimas como verdugos vengativos que, debido a la amoralidad capitalista, no ponían límites a sus disfrutes y delirios. Algo sumamente necesario en una época durante la que EUA comenzó a dejar de lado el calificativo de país de las oportunidades para pasar a ser el de las prohibiciones. Instaurando lentamente pero sin pausa una dictadura blanda y capitalista, al servicio del mundo empresarial, que se llevó por delante -tras utilizarla- la vida de cientos de artistas como es el caso de un Dee Snider que, en cualquier caso, no se muestra en absoluto autocomplaciente consigo mismo en su libro. Al contrario, con lucidez absoluta da cuenta de sus errores mientras refiere jugosas anécdotas musicales -cómo y cuándo compuso la eterna “The price”, las riñas con los productores de Stay Hungry y Come out and play, etc- de ese circo del rock’n´roll en cuya cima se sentó durante unos meses.

Puede, sí, que por todo lo referido anteriormente, cuando escucho los viejos discos de Twisted Sister, no siento tanto agresividad, violencia y orgullo (que en parte por supuesto que sí) como lamentos y tristeza. Los discos de la banda no sólo eran divertidos. También eran en parte lamentos. Gritos perdidos de un Frankestein incomprendido que acababan estallando como globos o pompas de jabón enfrente de sus oyentes. Los pasos desorientados de un dinosaurio ciego empeñado en hacerse entender por sus contemporáneos ajenos a su dolor y lenguaje. Los gemidos de un payaso hueco al que le bastaba con llamar la atención por unos minutos para darse por satisfecho, dotar de sentido a su vida.

Y por ello es que es precisamente tan entrañable esta biografía y el personaje que la relata. Un hombre sincero dispuesto a narrar sus circunstancias, perspectiva de la realidad y cientos de anécdotas sin importarle lo ridículas que éstas puedan ser. Proporcionándonos un material muy valioso tanto para entender sus andanzas y comportamiento como, de fondo, registrar la ideología encubierta que existía en su país. Las razones por las que bandas como las que a él le tocó comandar surgieron más por necesidad que por capricho. Liderando la feroz revuelta de una juventud que había heredado un país repleto de espacios abiertos que en pocos años -los que iban de la era Kennedy a la Reegan- había sido colonizado por una serie de medios de control “débiles” pero inmensamente poderosos y sutiles (MTV) que los intentarían utilizar a su antojo.

En fin. No me resulta para nada extraño que en un mundo repleto de individuos sumisos y adocenados como el actual, una banda como Twisted Sister sea rebajada a la categoría de mera excentricidad y provoque más de una carcajada o sonrisa de desprecio. ¿Cómo podría tomarse en serio una sociedad obsesionada por el dinero, rígida, impostada y seria donde la risa es sinónimo de sarcasmo y cinismo, el alma de un adolescente? Twisted Sister reflejaron, fueron un testimonio ejemplar de un momento en el que la conciencia de la nación norteamericana aún no había sido doblegada del todo (esto no sucedería sino hasta el suicidio de Kurt Cobain) y los muchachos se sentían orgullosos de su inmadurez.

El grupo de Dee Snider simbolizaba la fuerza y la virilidad incontenibles aun sin domesticar. Aparentemente fuera de la ley. El goce de la vida. De hecho, no tenían otro (desesperado, eso sí) mensaje que transmitir que el siguiente: “Dejarnos divertinos. Disfrutar. Ser quien deseemos y no quien nos veamos obligados a ser”. Ese disfrute imposible de entender en un tiempo como el actual repleto de personas depresivas, proyectos de suicidas y pastillas.

Finalizando ya, debo decir que si madurar significa y conlleva, entre otros aspectos, olvidarnos que un día fuimos felices escuchando bandas como Twisted Sister, yo elijo quedarme en mi niñez para siempre cantando aquello de “love is for losers, love is for suckers”.  Porque me  basta leer unas pocas líneas de este libro digno de un verdadero maestro de la stand-up comedy, un paseo casi tribal por los enfermizos ochenta, para que me sienta en el puto paraíso. Casi como si estuviera saboreando una piruleta durante el recreo. Shalam

 ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

 ¿Qué ve el ciego aunque se le ponga una lámpara en la mano?

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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