Ese rockero en la nave de los locos: Loquillo.

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El año pasado, emocionado tras la escucha de La nave de los locos, un disco que volvía a reunir a Sabino Méndez y Loquillo, redacté un texto que retrata al carismático rockero español y de paso, a España. Un país lleno de corruptos y lisonjeros donde la coherencia artística es entendida más como pecado que como virtud.

Ahí lo dejo a continuación:

  Ese rockero en la nave de los locos

Históricamente, España ha sido un país delirante, sin equilibrio alguno,  acostumbrado a vivir en la cuerda floja y, por tanto, muy propenso a ofrecer al mundo una tipología de seres humanos caracterizada por su extremismo: genios y mediocres. En todas las naciones han existido santos, pícaros, místicos, golfos, aventureros, pintores y escritores pero en pocos, como es el caso nuestro (y en cierto modo de de Italia o Argentina), se han dado las condiciones para que pudieran llevar hasta límites grotescos el desarrollo de sus personajes. Se saben, se conocen muchos de los acontecimientos históricos de España pero, ante todo, interesan los entresijos de los individuos que los protagonizaron. Porque en el país ibérico no importan tanto las instituciones o el Estado sino quienes las dominan a su antojo, las personalidades que se encuentran tras ellas que no han encontrado tradicionalmente obstáculo alguno para desarrollar sus deseos megalómanos por más alocados, absurdos o traicioneros que estos fueran.

Hasta tal punto este comportamiento se encuentra tan arraigado que, en cierto modo, en el ADN del pueblo español está grabado a fuego y sangre la necesidad de destacar -ya sea haciéndolo muy mal (mediocre y pasivamente) o muy bien (heroica y genialmente)- para sobrevivir, sacar la cabeza en el alocado y traicionero maremagnum social dentro del que se mueven a su antojo todo tipo de buitres carroñeros o seres excéntricos y en el que símbolos eternos como don Quijote (un loco idealista), la Celestina (una bruja corrupta) o don Juan Tenorio (un narcisista mentiroso) se revelan más vigentes que nunca. Algo lógico en un país compuesto, entre otros, por curas pedófilos, toreros, futbolistas horteras, violentos policías, pisos sin gente que los habite, hambrientos, arribistas, ladrones, políticos corruptos, soldados idiotas, mala sangres o envidiosos y en cuya capital, como cantaba Loquillo en su cortante En Madrid, los “gamberros tienen acceso al poder, los dandys muestran su desfachatez, las mujeres se han negado a crecer” y, en definitiva, “la locura ha vencido a la vejez”.

Las razones de este despróposito son varias y no es tarea nuestra mencionarlas ahora aquí. Ya habrá tiempo de volver a ellas en el futuro. De analizar tal vez algunos de aquellos programas nocturnos de Tele 5 que, vistos con el paso del tiempo, aparecen como una radiografía objetiva, precisa y exacta -por más que, ya sé,  fuera realizada de forma involuntaria- del país. Pero sí me parece conveniente referirme a ellas teniendo en cuenta el estado de España en la actualidad que justifica -más allá de la referencia a El Bosco– el título del, digámoslo ya, excelente nuevo disco de Loquillo.

En realidad, me refiero a estas circunstancias porque me parece que sirven para comprender, en gran medida, la absurda controversia que, en determinadas ocasiones, ha despertado la figura del rockero catalán y, muy probablemente, la incomprensión que muchas veces ha generado su propuesta artística. Ante todo, porque no creo que sea ni un genio ni un mediocre. Todo lo contrario, se me antoja un hombre fiel y coherente consigo mismo, sus ideas y creencias además de un personaje muy consciente de sus contradicciones cuyo mayor objetivo ha sido crecer artísticamente sin traicionar en la medida de lo posible su convicciones. Y esto choca mucho con la idea que, como hemos visto, España tiene de los personajes públicos -sin importar su profesión-.

Probablemente, para los españoles, lo ideal hubiera sido que Loquillo hubiera muerto de sobredosis durante la corrosiva gira de presentación de A por ellos que son pocos y cobardes. Al convertirse en mártir, seguramente hubiera sido exaltado por todos, absolutamente todos los estamentos de la sociedad. Se hablaría de él dentro de los círculos rockeros como si se tratara de una leyenda. Se habrían realizado discos de homenaje y muchos grupos indies lo habrían reconocido como una influencia decisiva. Creaciones tan compactas como Morir en primavera, El ritmo del garage o Mis problemas con las mujeres serían ahora escuchadas con reverencia, como lo hacemos -sin tener en cuenta la diferencia estilística- cuando nos acercamos a las de bandas como Claustrofobia, Los bichos, Parálisis Permanente, Derribos Arias o Décima Víctima. Y en la librerías podríamos encontrar sin dificultad más de un texto glosando su figura. Sin embargo, Loquillo no murió. Y desde su éxito masivo a finales de los 80, se convirtió en un problema -a excepción de para sus fans acérrimos- para todos. No solo para los modernos. Aquellos que separaban el rock de la ideología. También para muchos de aquellos que crecieron con él que no dudaron en reciclarse al consumismo y neoliberalismo conforme transcurría la década de los 90. Se hipotecaron, tuvieron hijos y denigraron de un muchacho que no solo no se moría sino que continuaba viviendo con descaro, atreviéndose a realizar discos en que cantaba con elegancia, furia, rabia y orgullo poemas de Octavio Paz, Cesare Pavese, Bernardo Atxaga o Pedro Salinas. Y que, a pesar de haberse separado de su mano derecha, Sabino Méndez, no desistía de completar sus sueños. Al contrario, insistía en llevar cabo sus proyectos con terquedad. Aunque, en ocasiones, no consiguiera la excelencia de resultados que pretendía –como es el caso de discos como Tiempos asesinos, Nueve tragos, Cuero español- y, por momentos, en tiempos de capitalismo salvaje y dictadura techno, pareciera que fuera a desembarcar en territorio de nadie y quedarse ahí para siempre, completando así un giro de noventa grados que lo habría conducido a su origen e inicios. Tal y como manifestaba en aquella canción, Hombres, incluida en el sobrio, efectivo album de idéntico nombre: “Unos vinieron muy pronto/ Otros llegaron muy tarde/ Solo nosotros llegamos justo en el momento en que no había nadie”.

En fin, como Pablo Neruda, yo también podría escribir muchas cosas. Tal vez los versos más tristes, los más feroces o los más violentos. No importa. Puesto que puede que lo esencial en este momento, sea decir en voz alta algunas verdades o impresiones, como que me parece mentira que un país acomplejado y castrado por el franquismo y que ha buscado desesperadamente referentes para equipararse a las naciones de su entorno, haya despreciado y mirado con indiferencia en los últimos 20 años, a uno de los pocos rockeros que, si nos ceñimos estrictamente a su trayectoria musical, tiene muy poco de lo que avergonzarse. Más bien de lo que enorgullecerse. Sí. Ok. Puedo comprender en parte la indiferencia hacia su trayectoria entre los años que van desde la aparición de La vida por delante (1993) hasta la de Feo, fuerte y formal (2002). La vida por delante era el primer disco en el que experimentaba con la poesía, intentando hacer  suyos los  inmortales versos de Antonio Gamoneda, entre otros muchos poetas, y adaptarlos al formato rock con, en algún caso, interesantes resultados y en otras ocasiones, no tanto.

Puedo entender que, desde el salto al vacío que representó aquel disco, debido a los designios del mercado, el signo de los tiempos, la ausencia de Sabino Méndez y los problemas que tuvo para volver a consolidar una banda sólida y estable que lo acompañara, Loquillo se viera abocado a vivir su particular travesía del desierto en el mundo musical español durante los siguientes años. Pero lo que, en ningún caso, ya puedo compartir es que exista algún tipo de desprecio o indiferencia a todo lo que ha hecho el crooner catalán desde el notable Arte y ensayo (2004) Más aún, teniendo en cuenta que nos ha entregado discos como el magnífico Balmoral (2008) o el estupendo Su nombre era el de todas las mujeres (2011). Como tampoco puedo estar de acuerdo con el silencio que anteriormente acompañara la salida de un disco como Mientras respiremos (1993) que, para mí, es un clásico absoluto del rock en castellano. Un disco en el que sin misericordia ni piedad, sin miedo a atragantarse con sus verdades, Loquillo denunciaba la inmisericorde ideología que comenzaba a penetrar sin piedad en la sociedad española, el neoliberalismo, y se la comenzaba a jugar, cual un Paco Ibañez redivivo, por la poesía y el arte como salvavidas personal. De hecho, allí se encuentra una canción, “Los olvidados”, que escuchada con el paso de los años, se antoja profética cuyas estrofas no me resisto a citar de nuevo ahora que tantos y tantos librepensadores son echados de sus trabajos por simplemente informar u opinar crudamente. La cual pienso que debería retumbar en la mente de todos aquellos que se dejaron llevar por la corriente social y económica en los años pasados. Un tema que nos recuerda que el rock se hizo para la liberación de los oprimidos. Y si es auténtico, jamás será un pasatiempo ni una distracción burguesa. Pues, en esencia, es un dardo afilado y venenoso que intenta clavarse en el corazón del poder:  “Cuando la dignidad es un cheque al portador/ ya no queda tiempo para la revolución/ La pasaron a garrote y nadie protestó/  ¿Dónde los poetas, dónde el cantautor?/ ¿Qué han hecho contigo? ¿Qué han hecho contigo loco soñador/ quién te quitó de en medio y te robó una canción?/ El arte por el arte, días de decisión/ Los enemigos acechan/ Que no se apague tu voz/ Que nadie apague tu voz/”.

En fin, ahora que lo pienso probablemente todo este discurso que estoy urdiendo para comentar el último disco de Loquillo, no sea sino una manifestación de que no tengo demasiado que decir sobre el mismo. En pocas palabras puedo resumirlo: es vibrante y brillante. Y puede que imprescindible. Poco más puedo decir además de que es intenso, sumamente intenso pero lo intentaré. En este caso, tirando del lugar común. Para lo que me/os preguntaré si sabéis quiénes son Mick Jagger y Richards. Porque, a su manera y en su entorno, Loquillo -a pesar de que reniegue bastante de la mitología Stone- y Sabino son lo mismo. Por tanto, el que hayan vuelto a unirse después de más de 20 años, ya hace de este disco un motivo de satisfacción y me atrevería a sugerir que casi un acontecimiento. Puesto que además, La nave de los locos, no es en absoluto una obra menor, un CD contraproducente realizado por artistas más cerca del retiro que de sus momentos más creativos. Al contrario, se encuentra repleto de surcos memorables y de versos e himnos inmortales que, desde el primer momento que los escuchamos, se quedan pegados a nuestra piel. Lo que lo hace sumamente excitante. Ya que uno se encuentra con una creación que podría ser -más allá de que haya un tema que Sabino compusiera a mediados de los 80, “Luna sobre Montjuïc”,  y algunas otras, “La nave de los locos (Sin novedad en el paraíso)” y “Planeta rock” en los 90- tanto la continuación de Morir en primavera (1986) como de la trayectoria de Loquillo en solitario y no desentonaría de ninguna de las maneras. En lenguaje stones, sería como si tras realizar Let it bleed, Jagger y Richards (Loquillo y Sabino) se volvieran a reunir años después y nos entregaran algo del calibre de Black and blue o Some Girls. En ningún caso, por más que son respetables trabajos, Dirty Work o Steel wheels. No. Ni más ni menos que un Tattoo you o un Emotional Rescue dos décadas después. Pues eso es La nave de los locos. Un trabajo excitante que al menos contiene seis himnos, canciones excelentes (“Contento”, “De vez en cuando y para siempre”, “El mundo necesita hombres objeto”, “La nave de los locos”, “Luna sobre Montjuïc” y “Planeta rock”) y otras cuatro que lo completan, más que dignas. Y al que, como saben todos los que han seguido la trayectoria de Loquillo, en ningún caso, se le puede tachar de oportunista por retratar y referirse directa o indirectamente continuamente a la situación política y social española. Más bien, habría que calificarlo de imprescindible y necesario y aprovechar la existencia de versos como los contenidos en “Planeta rock” (“vamos todos juntos como locos a bailar/ a estremecer la nación/”) para inspirarnos, motivarnos y  hacer lo que está escrito que hagamos: quemar unos cuantos bancos y el parlamento  sea por las razones que sean. Ya sea para provocar el estallido social, devolver la política a la calle, acabar con los traidores corruptos que nos gobiernan o por el gusto de gritar contra tanta mugre, tanta pobreza mental.

¿Qué más puedo decir? Muy poco más. Que la magia continúa intacta. Que uno escucha los surcos de este disco, se pierde por estas canciones y vuelve a sentir algo parecido a cuando escuchaba “Autopista” o “Chanel, cocaína y don Perignon”. Es decir; siente ganas de tomar un wisky, la navaja en el estómago y el deseo de volver a ver Cayo Largo o Al este del Edén y de contemplar de nuevo viejas fotos de los Stones, The Stooges o The Replacements. Volver a respirar el aire de la adolescencia. Cuando todos nos creíamos inmortales y gritábamos en las cimas de una montaña los versos de “Cadillac Solitario” mientras dábamos los primeros besos y jurábamos que siempre seríamos libres. Nunca nos dejaríamos esclavizar por el sistema. Leíamos a Kerouac. Y abrazábamos a nuestros amigos y novias mientras jugábamos una partida de billar tras otra. Soñando con ser rockeros, pintores o escritores. En definitiva, artistas. Puesto que, a nuestra joven edad, ya habíamos aprendido que el arte era algo que jamás nos traicionaría. Como los discos de aquel mito viviente del rock español, Loquillo: un hombre que parecía estar dispuesto a ser un eterno rebelde y enemigo del poder (con causa). Se negaba al contrario que el poeta que protagonizaba el cuento El rey burgués de Rubén Darío a ser alimentado por los políticos o ser el bufón inofensivo de la corte. Y, de alguna forma, con su actitud parecía proclamar que la guerra de la poesía nihilista contemporánea, el rock, no finalizaría jamás mientras existiera algún tipo de injusticia, quedase algún acontecimiento ante el que levantar la mano y elevar la voz. Pues de no hacerlo, sólo nos quedaría la desesperación o la muerte. Y el rock, como lo muestra sin contemplaciones, con meridiana claridad el disco La nave de los locos era, es y será, ante todo, vida. Un orgasmo imperecedero que se repite cuantas veces queramos y, se diría, no finaliza nunca. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

Una vez terminado el juego, el peón y el rey vuelven a la misma caja

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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