Estampas

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Escuchando a James Brown percibo no sólo que su voz es otro instrumento que incide decisivamente en la estructura de la canción sino que muchas veces también marca el ritmo al punto de convertirse en una batuta. Brown no acompaña la melodía. La crea. La marca. Pero también va por libre. Juega su propio partido independientemente del tema que interpreta. No cesa de gritar. Ruge. Araña el aire. Me recuerda a un artista flamenco. Puede ponerse a zapatear en cualquier momento y lograr que ese instante parezca el adecuado para improvisar y transformar el escenario en un jolgorio.

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Cuando leo a Fiodor Dostoievsky siempre tengo la impresión de que sus personajes se van a suicidar en cualquier momento; de que están al límite de su resistencia mental. Me parece tan natural que acaben con su vida como que asesinen. Me creo cualquier cosa de ellos. Esa sensación la llevó al extremo Thomas Bernhard porque en su literatura, la mayoría de sus personajes parece que ya se han suicidado o han enloquecido hace tiempo. Lo que sorprende es que aún estén vivos. No lo que hagan con su existencia que, al fin y al cabo, no importa porque están condenados. Su único alivio consiste en vomitar todo su malestar.

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Cuando escucho a Tom Petty me remito inmediatamente a la década de los 70 del pasado siglo y cuando el elegido es John Hiatt a la de los 50. No importa qué tipo de producción elijan o en qué momento de su evolución artística se encuentren, que siempre vuelo a esa arcadia musical en concreto. Creo que porque, a pesar de que su música es atemporal, Tom se hubiera sentido mucho más comprendido y feliz de haber podido desarrollar su carrera en la Norteamérica que conoció de joven que en la que vio desarrollarse ante sus ojos y John se sentiría completamente satisfecho de tocar en viejos clubs junto a los viejos bluesmen o de acompañar con su guitarra la actuación de una desgarradora cantante de cabaret ante un grupo reducido de espectadores.

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Tiendo a relacionar a dos maestros como Antón Chéjov y Nikolái Gógol porque el escritor ruso suele contar historias simples con una inquietante óptica personal que deforma su contenido hasta convertirlas en truculentas odas al absurdo. Decadentes narraciones llenas de claroscuros cuyo significado se encuentra siempre en fuga. Y por el contrario, el escritor ucraniano narra hechos absolutamente inverosímiles (caso de “La nariz” o Almas muertas) con tanta sencillez que prácticamente transforma sus alucinaciones poéticas en cuentos infantiles. Se leen con suma facilidad aunque no sepamos nunca con absoluta precisión a qué se refieren y se asomen continuamente a los abismos.

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Acabo de escuchar las grabaciones originales llevadas a cabo en Menphis del polémico Give out but dont give up de Primal Scream y, en su mayoría, son una gozada. Realmente, mucho mejores, vivas y reales que las mezclas que se publicaron cuando cayeron en las manos de su compañia y fueron tachadas de suicidio creativo. ¡Qué estupidez! Si Primal Scream habían cambiando momentáneamente el mundo de la música popular con Screamadelica era por su intención de llegar a la raíz. Bobby Gillespie y sus colegas son locos, fetichistas del rock y había que dejarlos volar sin cortapisas. El primer Give out es fresco. Tiene alma. Está lleno de vida. Es una cerveza espesa llena de consistencia. No es perfecto porque es sucio. Es una exploración. Una conversación con Exile on main street. Huele a campo, a río y botas sucias. Y por el contrario, el que apareció en su momento carece de esa autenticidad. Siendo bueno, es más un disco artificial que uno real. Es, sí, un lavado de cara a la verdad que demuestra que en el mundo de la tecnología y la vanguardia hay tantos puristas como en el del rock. Shalam

ضد الغباء حتى الآلهة تقاتل عبثا

Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano

 

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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