Europera

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Si tuviera que elegir una obra dentro de una discografía tan vasta, imaginativa y llena de recovecos como la de John Cage,  ésta sería sin dudas Europera (un nombre que conjuga las palabras Europa y ópera): una serie de cinco discos en los que el músico norteamericano seleccionó una serie de fragmentos de la gran historia de la ópera europea  que debían ser recitados aleatoriamente, según el gusto de los sopranos, en combinación con determinadas piezas musicales grabadas en magnetófonos e interpretadas en ataúdes, baños, pilas de basura u otros espacios desacralizados y cotidianos.

Este monstruo sonoro intentaba ser un epílogo, una sentida despedida a la ópera. Y realmente, creo que logró su cometido porque pocas obras muestran la decadencia occidental como ésta. Una composición que hubiera podido ser escrita en los años finales del Imperio Romano o de cualquier otra vasta civilización, porque ante todo, alude a un fin de ciclo. Retrata los viejos fosos de un coliseo justo antes de su definitiva desaparición ante la atenta mirada de un grupo de estatuas de senadores y emperadores maltratadas y desgastadas por el paso del tiempo. ¿Cuál es el espíritu que muere en Europera? Aquel que forjó los monumentos románicos y góticos y por el que se elevaron las plegarias y esfuerzos de santones, caballeros y artistas cristianos. Y también, el de la Ilustración y el del Renacimiento. Épocas que apenas son monumentales decorados de cartón piedra en el entierro representado aquí. Un funeral donde únicamente los rasgos y gestos barrocos y ciertos iconos románticos respiran tras el tijeretazo que Cage da al arte clásico para poner en pie su anti-ópera o anti-ballet. Aunque no creo que sea correcto denominarla de este modo puesto que su azarosa partitura da muestras de absoluto respeto a la lírica tradicional. Es una declaración de amor a un amante olvidado y perdido en el tiempo que regresa del Averno para que le demos el último beso. Intenta, de hecho, rescatar los mensajes y sentidos de la ópera que aún pueden servir al hombre contemporáneo y, en cierto sentido, poniendo de manifiesto su decrepitud con absoluta honestidad y veracidad, le ayuda a alzar el vuelo. Por más que, dado que sus alas se encuentran irremediablemente dañadas, caiga al suelo inmediatamente.

Europera es una obra suntuosa y sugestiva. Una dulce y agria resaca después de una tremenda borrachera. Los últimos hilos de viento que nos asaltan tras un vendaval. Es un paisaje que invoca un fin. El lamento previo a la inundación y a la condena. Se diría, de hecho, que es el espíritu libre e idealista de la vieja Europa el que habla aquí antes de introducirse en una prisión de la que no sabe cuándo saldrá. Que en realidad las voces femeninas y las masculinas y cada acorde de piano y cada ruido que se encabalgan con más o menos regularidad a lo largo de la composición de Cage, no tienen otro sentido que el de pedir auxilio. Son en realidad, una llamada de socorro de una civilización condenada a la devastación y la aniquilación incapaz de descifrar un porvenir o crear una ilusión con la que rociar de agua las heridas abiertas por su historia.

Europera, sí, es un conjunto de obras que, sin piedad, diagnostican la muerte de un alma que un día fue bello y joven debido a su altivez, su incapacidad de transformarse, regenerarse y buscar en la naturaleza, el amor, las pequeñas cosas, una razón de ser. Un nuevo mundo que conquistar tras haber creído poder apoderarse de todo lo “posible” e “imposible”. Es un regalo a los oídos y un increíble vals en medio de ninguna parte que sorprende por la musicalidad con la que por medio de la atonalidad y la experimentación, consigue emocionar.

Europera es una obra que nos sugiere que el día en que Venecia sea sepultada por las aguas y Occidente se convierta en la nueva Atlántida, está próximo. Una mirada repleta de extrañeza a un continente que se ha convertido en fantasmagórico hace ya demasiado tiempo y que, a pesar de todo, se empeña en continuar caminando con obstinación. Se parece a un anciano imprudente que, durante varios días, no tomara una gota de agua y aun así, quisiera pasear por los lustrosos paisajes donde escribió su leyenda. Las escenas más significativas de su vida.

Europa está muerta pero aun y a pesar de todo, sigue respirando. Y Europera fue la manera a través de la que Cage escuchó sus latidos y nos devolvió la imagen de un continente enterrado en vida, condenado a reinventarse como la ópera, si no quería fallecer de agotamiento. Sepultado por sus aires de grandeza y una rica historia cuyo peso no le permitía avanzar. Obligándole a flotar y girar sobre sí mismo en un estanque prácticamente vacío una y otra vez. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

Mocedad ociosa, vejez trabajosa

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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