Flores raras

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Durante los 70, Roxy Music eran tan extravagantes e intensos que daban la impresión de poder medirse con David Bowie. Su debut provocó todo tipo de elogios porque conducía la música moderna dos pasos más allá. Mezclaba glam, dandysmo y experimentalismo con tal grado de maestría que seducía por igual a los amantes de la vanguardia y a los del pop clásico. Su sonido se adaptaba perfectamente tanto a un desfile de modelos como a la performance de un artista histérico. Era sensual y atrevido. Un tarot de Marsella chic. Una flor rara y travestida que describía paisajes extraños con elegancia, mirando de costado a la música electrónica, el krautrock y la psicodelia.

Los primeros Roxy Music eran el exacto retrato de la confusa juventud moderna. Sus obras eran lienzos que reflejaban el ambiguo mundo apocalíptico descrito en Ziggy Stardust pero también la clase y el lujo europeos. En cierto sentido, eran unos decadentistas. Estaban enamorados de la belleza pero también del ocaso. En su música asomaba el espíritu de Baudelaire pero también el de la Belle epoque. El de los antiguos casinos y balnearios y el de los viejos palacios y castillos. Se encontraban justo en el centro de todas las corrientes contemporáneas. Eran ambiguos y consistentes. Femeninos y osados. Mayestáticos y grasientos. El único estilo que pasó a su lado sin rozarles y al que no se aproximaron fue el punk porque, en cierto sentido, su música era un museo moderno. Tan atrevida y divertida que no conjugaba bien con el nihilismo. Invocaba un futuro y no lo destruía. Apuntaba al porvenir y no al “ahora”.

Los componentes del grupo británico eran tan versátiles y consistentes que fueron capaces de sobreponerse sin excesivos problemas a la huida de Brian Eno. Alguien destinado a cambiar el destino y dirección de la música que probablemente habría conducido a Roxy Music por autopistas similares a las transitadas por Bowie en Low y Heroes. A riesgos que bordeaban el suicidio psíquico al tiempo que abrían nuevas fronteras creativas.

Stranded, su primera obra sin el dios del ambient, era una gozosa joya. Un collar de perlas exótico tan enloquecedor como depresivo. Tan impresionista como evocador. Un compendio de los distintos rostros de un grupo polifacético que casaba tan bien con la vetusta nobleza, la poesía y las exquisiteces como con la esquizofrenia y la burla que, mientras fue capaz de sostener ese difícil equilibrio, dio a luz discos sumamente interesantes como es el caso de Country life y Siren. Discos de alcoba y de calle en los que se invocan resplandores del amanecer y se filtran múltiples brumas de la noche cuyas portadas eran, como fue una norma a lo largo de toda su trayectoria, magnéticas. Historia pura del arte pop. Fotografías absolutamente inimitables que, a tono con las incandescentes melodías, evocaban sensuales noche en Roma, paradisíacas islas, afrodisíacas excursiones a África o perdidos romances entre los misteriosos vestigios de viejos reinos.

No obstante, la vena creativa de Roxy Music fue progresivamente aletargándose a medida que las huestes punk golpeaban airados contra el mundo y Brian Ferry tomaba el control del proyecto convirtiendo lo que antes era una mezcla insondable de experimentos, transgresión y elegantes odas al ocaso en un paseo por la alta costura musical. De hecho, sus últimas grabaciones fueron hoteles de cinco estrellas llenos de canciones ostentosamente producidas a las que, a pesar de ser ampliamente disfrutables y meritorias, les faltaban tal vez los gramos de locura y atrevimiento que caracterizó al grupo británico en otro tiempo. El espíritu travieso y juguetón de los ángeles blancos. Los ecos carnavalescos que aún resuenan en los palacios de media Europa cuando se rememora el aroma de los dorados artistas renacentistas y las sardónicas bromas de los bufones antiguos. Shalam

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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