Flotando

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Es curioso. Pocos estilos han sido más denostados por la Intelligentzia que el rock sinfónico (o progresivo). Por más que en muchos de sus conceptos y desarrollos se encuentra el germen del post-rock de los años 90. Eso sí, como por entonces -y todavía ahora- no estaba bien visto citar esta influencia tanto Tortoise, Kreidler, Tarwater o Trans Am supieron disimularla, protegiéndose detrás de la sombra de King Crinsom, el experimentalismo, el jazz libre, el krautrock o el techno.

En cualquier caso, el rock sinfónico ya era, en cierto modo, un post-rock o un post-pop. Una digestión de la psicodelia y el pop creada para largos viajes mentales. Experimentar sensaciones etéreas y expandir la conciencia cósmica. De allí esos solos interminables (casi infinitos) que, en realidad, eran el acompañamiento ideal para un viaje astral, una excursión a la luna o al pasado. Una consecuencia, al fin y al cabo, de que entre los objetivos del rock sinfónico se encontrara romper la barrera de las dimensiones y escarbar en la cuarta o quinta a través de la música.

El rock sinfónico era una lógica continuación del hippismo. Una música aérea, espacial, flotante, tranquila y relajada cuyas experimentaciones no eran demasiado perturbadoras y permitían, por tanto, rememorar abrazos, noches de amor y entregas en mano de rosas y amapolas. Una mezcla entre un sueño lúcido y un dulce viaje a lomos del LSD. Sus discos se encontraban plagados de canciones compuestas para ser escuchadas en la esquina de una habitación, saboreando un amplio cigarrillo de marihuana y tenían un contenido argumental que no revelaba un gran compromiso social o político pero, al mismo tiempo, evitaba las recetas del pop adolescente o la canción de amor. Tal vez porque el rock progresivo era una incisión. Era música para bucear o realizar un viaje en globo. Y, por tanto, la letra estaba de más. No era, en ningún caso, pertinente y por ello, directamente no aparecía. Pues su baza era la evocación y la interiorización. La necesidad de que el oyente profundizara en sí mismo para trascender espiritualmente a la sociedad mercantil occidental.

De hecho, aunque así pudiera parecérselo a un observador superficial, la música progresiva no era evasiva. Lo único que evadía era la palabra imposible. Era música, sí, utópica. Un empeño a veces neurótico por mostrar que los sueños de libertad todavía podían ser posibles pero que para ello, era necesario dejarse ir, perderse sin miedo a regresar. Fundirse con la naturaleza y los sueños. Los sonidos de flautas y guitarras reverberando como tintineos mágicos en los oídos.

Existe algo -un acento, un tono- en la mayoría de discos de rock sinfónico que me remite a una de las bandas embrión de los 70: Led Zeppelin. Tal vez la voluntad de reflejar un mundo mítico sin necesidad de nombrarlo continuamente y de rememorar un pasado agreste. Un locus amoenus más idealizado que nunca en medio de los caóticos tránsitos, crisis y procesos que la sociedad industrial estaba sufriendo en aquella época.

Muchos discos prog, ciertamente, no desentonarían como banda sonora de una lectura pública de La Metamorfosis de Ovidio alrededor de amplios campos floridos o como banda sonora de un viaje por tierras griegas en compañía de las obras de Platón, Heráclito o Tucídides. Como tampoco lo harían acompañando imágenes mentales extraídas de una lectura de El señor de los anillos o en el transcurso de una inmersión por leyendas y cuentos de elfos y sirenas. Porque esa es otra de las propiedades del rock sinfónico: su permeabilidad. Una elasticidad que lo acerca a la música clásica tanto por la extensa duración de muchos de sus temas como por su capacidad de expandir los sonidos y tonos melódicos del conjunto de instrumentos sin necesidad de voz alguna. Una característica que explica el rechazo posterior que sufrió, teniendo en cuenta que había que poseer un estado de ánimo particular -a medio camino entre la vigilia y el sueño- para poder disfrutarlo en todo su amplio sentido. Algo que la inmensa mayoría del mundo occidental no podía permitirse tras la crisis del petroleo, el aumento del desempleo, la psicosis por la guerra fría, el peligro industrial y nuclear o el progresivo crecimiento de ciudades a las que llegaban continuamente masas de emigrantes desclasados que vislumbraban las amplias urbes como un territorio hostil y peligroso en donde, a veces, la cocaína o la heroína eran el único placer. Una vía de escape casi redentora que necesitaba de otro estilo musical más directo y agresivo -el punk- para provocar la ansiada catarsis individual y colectiva.

El maremoto arquitectónico y el caos y confusión connaturales a la ciudad posmoderna no permitían tampoco que las personas, por lo general, pudieran pensar y meditar. Se necesitaban masas de gente activas y despiertas para trabajar. Por lo que el consumo de marihuana -una droga receptiva que propulsa la reflexión- comenzó a dejar de ser cool. De hecho, en cierto sentido, la droga quedó encasillada en la era hippie y con ella también, sí, el rock sinfónico. Un estilo que exigía como un requisito casi ineludible para poder disfrutarlo totalmente, focalizar toda la atención en sus acordes. No hacer absolutamente nada más que dejar volar la imaginación puesto que sus melodías eran un pasaporte seguro al otro lado del espejo. Un espejo que quedó hecho añicos, totalmente roto, cuando el punk estalló, preludiando el actual e intenso No future.

Un nihilismo neoliberal que ha sepultado prácticamente cualquier atisbo de buenas intenciones en el planeta rock y ha enterrado bajo su peso a una colección inmensa de discos cuya finalidad era invitarnos a flotar. Hacer despegar el alma. Unir a Pitágoras con la psicodelia y, así, conducir al rock espacial un paso más allá de sí mismo. En definitiva, recorrer los cielos bajo la sombra y resplandor de nubes, agujeros negros y cometas fugaces. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

No puedes poner maíz en una canasta con huecos

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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