Grabados

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Norman Rockwell logró algo realmente difícil en sus lienzos: transformar el presente en nostalgia en el mismo momento en el que lo capturaba. Se lo suele comparar con Frank Capra pero yo lo haría con Frank Sinatra porque los discos del crooner de Nueva Yersey reflejaban el espíritu de una América de clase media en la que cualquiera podía prosperar económicamente: los vagabundos aspiraban a convertirse en obreros, los obreros en empresarios y los empresarios en magnates. Algo que, a veces de manera sutil y otras más clara, refleja perfectamente Rockwell. De hecho, su obra es ante todo la plasmación de una aspiración. El deseo de que todo permanezca igual (un momento idealizado tanto la juventud como de la infancia personal de cada individuo o de la historia de América sin aparentes conflictos bélicos y sociales). Y en eso es semejante a una canción pop. A esa voz de Sinatra que infundía calidez en las calles y hogares de un país enamorado más de lo que podía ser (o de lo que pensaba que debía aspirar a ser) que de lo que verdaderamente era. Y por eso sus lienzos son nostálgicos e instantáneos. El pintor neoyorquino quiere desesperadamente que las escenas que plasma en sus retratos nunca pasen de moda ni sean destruidas por el tiempo aunque sabe que serán finalmente sepultadas por esas hojas de otoño a las que Sinatra parecía dedicar cada una de sus canciones.

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Existe algo principesco en la forma de cantar Marvin Gaye. Cuando lo escucho, siempre tengo la impresión de que me encuentro ante un caballero. Alguien noble que sin dejar de ser barrial, tiene la capacidad de ser elegante en cualquier situación. Parece claro que sus falsetes y tonos altos de su voz así como muchos de los arreglos de sus discos fueron determinantes para Michael Jackson. Gaye poseía una dimensión sexual y social que no tenía Jackson pero Jackson supo profundizar y ahondar en caminos que Gaye apenas había insinuado. Por los que tan sólo había merodeado.

Tal vez por sus problemas familiares, Gaye nunca llegó a sentirse del todo cómodo en su papel de estrella. Se conformaba con transmitir felicidad a los oyentes e interpretar con absoluta corrección sus canciones. Su imagen al menos fue siempre la de alguien cercano y amigable. Y de no ser así realmente, no creo que hubiera dado a luz ese estallido fraternal y pacífico llamado What’s going on. Una prueba de que su corazón latía junto a sus hermanos en la calle y los exiliados pero que su talento era tan grande que no había dique que pudiera contenerlo.

Muchas veces, cuando escucho a Gaye, me acuerdo de baloncestistas del relieve de Larry Bird o Magic Johnson. Deportistas elegantes que trasmitían un aura mítica a sus movimientos y jugadas pero, aun así, tenían los pies pegados al suelo. Estaban del lado de la gente o al menos parecían sentirse más a gusto junto a sus fans que en sus mansiones privadas. Como ellos a la hora de realizar una jugada u otra, Gaye solía escoger siempre la opción más adecuada para entonar una melodía y convertirla en creíble. Universal.

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Anoche dormí más horas de la cuenta. Del único sueño que me acuerdo es del siguiente: yo era profesor y me encontraba en el claustro de un Instituto al cual llegaban dos amigables inspectores a decirnos que, a partir de ahora, la asignatura de música moderna que impartíamos debía comenzar con Led Zeppelin y Deep Purple. El rock de los 70. Varios compañeros gritaban de alegría e iban a pedir una caña a la cantina pero otros mostraban su descontento en silencio. ¿Quitar de golpe del programa a Buddy Holly, Little Richards, John Cage, Bill Haley o Willie Dixon? ¡Absolutamente intolerable! A mí en concreto esa decisión me inquietaba y caminaba preocupado por los pasillos pensando si era la más apropiada o, tal y como ocurrió cuando retiraron el Latín y el Griego o muchas de las horas lectivas de Filosofía, venía a incidir en la manipulación y lavado de cerebro de los alumnos jóvenes. Pero me comenzaba a tranquilizar cuando pensaba en lo fácil que sería explicar la importancia del blues en nuestra cultura pinchando los riffs de Led Zeppelin a todo volumen. Me decía a mí mismo: “Tú pon “Whole lotta love” o “Ramble on” en cuanto entres a clase y verás cómo todo se soluciona y anda bien”. Shalam

من البغيض أن يبتعد الحمقى عن الشر

Es abominación para los necios apartarse del mal

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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