Hace mucho frío en Warszawa

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Hace años solía grabar CD’s cada vez que comenzaba una nueva estación. Eran discos que escuchaba habitualmente para ir ambientándome ante la nueva época que llegaba y solía regalar a mujeres con las que tuviera algún contacto especial (no necesariamente sexual). También escribía (e ilustraba con fotografías) generalmente determinados textos para cada uno de los temas de aquellas recopilaciones. En ocasiones, el resultado de estas practicas era un tanto decepcionante pero a veces, era francamente interesante. Recuerdo por ejemplo un CD dedicado a la primavera compuesto por temas de Saint Etienne, One Dove o Stereolab acompañado de reflexiones  y descripciones de la llegada del sol, el deshielo de las montañas y los cambios de humor en las personas debido al cambio climático, que me pareció francamente muy conseguido.

Algunos de estos escritos se han perdido pero conservo otros. Y hoy he querido rescatar las reflexiones impresionistas que hilvané a propósito del segundo tema, (“Warszawa” del album Low de David Bowie), contenido en el CD que grabé en invierno del 2001 y titulé A veces hace demasiado frío en invierno. No estoy demasiado satisfecho de este escrito pero me parece que tampoco hay que ponerse excesivamente trascendentes y que encaja perfectamente en este espacio. Por lo que dejaré a continuación este libérrimo texto que iba surgiendo conforme escuchaba una de las más  hipnóticas  y misteriosas canciones que conozco. De hecho, tan atractiva me resultó cuando la escuché por primera vez que un año después no pude evitar ir a Berlín por si podía captar la atmósfera y el ambiente en que fue creada. Todavía incluso puedo resucitar la sensación que tuve al escuchar este tema. Era verano. Apenas había dormido, me sentía intranquilo y el shock fue impresionante. Aquellos teclados y voces parecían proceder de otro mundo distante, del país de las sirenas y los buitres, otro planeta y espacio que penetraba en mi habitación y me obligaba a plegarme a sus designios. Daban cuenta en escaso minutos de la absoluta decadencia de Occidente y eran la banda sonora perfecta de la guerra fría, una alucinada epopeya ideal para servir como banda sonora de yonkies y un himno épico que describía a los suicidas como ningún otro. En definitiva, eran los mágicos ingredientes de una oda a la depresión llena de belleza que parecía haber sido compuesta por extraterrestres, que era lo que para mí pasaron a ser Bowie y Brian Eno desde ese instante: mutantes, hombres a camino entre los ángeles y los demonios. Pasajeros de otro mundo que utilizaban la música para comunicar sus extraños designios a los seres humanos.

En fin. Ahí va el texto acompañando a la mítica canción. La cual aconsejo reproducir dos o tres veces simultanéamente para multiplicar sus efectos neurasténicos:

“Su mirada es de hielo y su corazón es negro y frío pero viste de blanco.

Como Occidente.

Ese continente que se derrumba con temor y temblor aunque no caigan ladrillos ni ningún edificio esté en llamas.

Simplemente se derrumba.

Se desmorona.

Lo prueban aquellos árboles que no respiran.

Ese brazo amarrado a un banco o aquel brazo arrojado en la tierra tan blanco como los dientes.

Incapaz de llamar a la puerta y tiritando como media Europa.

Ese pueblo que se complace regodeándose en la depresión y la angustia donde cientos de muchachas arrojan la comida al suelo o la esconden en su habitación.

Y ya no hay héroes sino muchachos cobardes que se drogan.

Y obreros que caminan hacia las fábricas donde el humo se ha vuelto frágil ahora.

Porque todo se derrumba.

Todo es advenedizo.

Decadencia. Demasiada anorexia. Final. En el ocaso. Muere el año. Muere Europa. Llega el invierno.

Parques desiertos, jardines sin espinas y niños acurrucados en las estufas. Es el ocaso.

Finaliza un año.

Invierno. Invierno.

Su corazón es negro pero viste de blanco. Su idioma es un grito y la soledad, su mejor amiga. Al igual que la televisión. El agujero. El pozo.

Ese viaje que termina aquí. En un puerto sin idioma. Distinto. Diferente. Repleto de seres sin alma. Entre gritos y alcohol. Cientos de suplicios que se elevan.

Decadencia. Desde el exilio. Muriendo. Cayendo y derrumbándonos.

Ese Occidente que se acaba.

Todo lo que fuimos se irá.

Europa es una tierra blanca llena de frío y gelidez. Unida pero como un cementerio en el que no sucede nada.

Y el regalo de Navidad son los últimos ladrillos del Muro.

Final de una época.

Globalización. Sarajevo. Moldavia. Berlín.

Llegando a un puerto.

¿Por qué no encuentro nadie que me abrace?

En un barco llamado invierno”. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

 La vejez empieza cuando los recuerdos pesan más que la esperanzas

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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