Heridas futuras

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Para mí, los cuatro primeros discos de Peter Gabriel son indiferenciables. Existe, sí, una evolución entre ellos pero la misma es abrupta y la leo, por tanto, como parte del lógico desarrollo de un mismo relato. Las cuatro obras, de hecho, son fascinantes acantilados de experimentación. Laboratorios que desdibujan constantemente los límites de la canción pop. Un cruce perfecto entre la vanguardia y el clasicismo. En cualquiera de ellos, hallamos canciones repletas de un lirismo que emociona e innumerables referencias a conflictos sociales y políticos pero también textos mutantes y atrevidas innovaciones sonoras.

Yo al menos vislumbro la tetralogía como una gran metáfora del aislamiento existencial en la era tecnológica. Una descripción simbólica de las nuevas relaciones líquidas y la guerra fría. Peter Gabriel tenía varios pies en el futuro y reflejó perfectamente la esquizofrenia del siglo XXI por medio de estos acorazados pop a los que tal vez sólo le habría faltado la mano de un Brian Eno para alumbrar los siglos futuros y no únicamente las décadas posteriores.

El Gabriel que nos encontramos aquí es capaz de realizar con increíble soltura arte disonante. Logra, por ejemplo, que las guitarras acústicas suenen como si fueran eléctricas, cantar como si lo estuviera haciendo a través de un embudo y extraer un sonido que cruje y podría perfectamente, en algún caso, proceder de una cañería rota.

Gabriel no actúa aquí tanto como un músico sino como un pintor. Pinta el sonido de negro, lo oscurece y lo alarga y amplia según sus intereses. Y por eso, sus canciones flotan. Son aristas artísticas parecidas a baladas de guerra que lo mismo recurren a la épica para conducirnos a los prados de Irlanda que enloquecen al ritmo del mundo industrial. Se expanden y  contraen según el personaje que el músico desea interpretar.

A veces, Gabriel parece un payaso enloquecido; otras, un arlequín; y en algún caso, un duende diabólico. En cualquier caso, siempre transforma todos los delirios que imagina en estructuras sonoras apabullantes. De hecho, sus composiciones parecen haber sido compuestas en una nave espacial o un satélite alejado de la tierra. Son casi ondas magnéticas. Radiaciones entre las que aparece una voz delirante de alguien que perfectamente podría encontrarse en un manicomio. Vivir aislado de sus semejantes en una habitación llena de píldoras suicidas.

Da la sensación de que Gabriel no se planteó estos discos como si fuera músico sino que lo hizo como si estuviera emprendiendo una divertida aventura. Sin miedo a equivocarse, caminar hacia rincones desconocidos ni encontrarse fuera de juego o desprevenido. Y por eso aún siguen iluminando nuestro futuro. Son pozos creativos que forman paisajes diversos, mutantes y alternos que no se detienen a darnos una imagen fija y definida jamás. Al contrario, logran que cualquier objeto, instrumento, acorde o idea sea desestructurado, descompuesto y revalorizado en su interior. Shalam

 أُمُّ الْجَبَانِ لاَ تَفْرَحُ وَلاَ تَحْزَنُ

 Un hombre no vaga lejos de donde se está asando su maíz

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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