Hisaishi

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La música inocente y optimista por lo general se encuentra subvalorada. Está considerada un género menor del cuarto arte. En Occidente amamos a los músicos dramáticos. A los trágicos. Odiamos a los artistas felices. A los artistas plácidos. Sólo los respetamos si los vemos sufrir. Si sabemos que esconden una tragedia. Basta que un pintor llore para que, al poco tiempo, lo consideremos un hermano. Por eso la picaresca capitalista ha generado una industria de la lástima en torno al dolor, se han multiplicado las víctimas por todas partes (algo inaudito pues Occidente nunca ha conocido menos guerras) y creo que, independientemente de sus inmensos valores artísticos, estamos fascinados con Van Gogh y Beethoven. Y también con Goya o Cervantes. Creadores que sufrieron más que la mayoría de nosotros. Perdieron una mano, una oreja o el oído, fueron subestimados, vejados y humillados y pagaron con sangre su genialidad. Razón por la que tal vez me cuesta tanto escribir sobre Joe Hisaishi. Probablemente el músico japonés más famoso de nuestro tiempo junto a Ryuichi Sakamoto y Koji Kondo (el creador de la banda sonora de Super Mario Bros). Más que nada, porque la mayoría de sus discos dan ganas de vivir. Se encuentran llenos de melodías salvadoras que logran que los adultos se sientan como niños. Sus obras de hecho viven en el “ahora”. E incluso cuando acompañan imágenes desesperanzadoras, tristes y estremecedoras como las que aparecen en filmes del cariz de Hana-Bi, Brother o Dolls continúan transmitiendo cierta ternura. Intensas ganas de disfrutar de la vida. De agradecer.

Hisaishi es conocido por ser el músico de cabecera de dos cineastas inolvidables: Hayao Miyazaki y Takeshi Kitano. Sus trabajos con ambos directores son casi tan icónicos e indisociables como los realizados por Nino Rota y Dani Elfman para Federico Fellini y Tim Burton. De hecho, el Hisaishi actual no se entiende sin Miyazaki. Puesto que, de no ser por la confianza del fundador del Studio Ghibli, sería un músico destacado y admirado en su país pero probablemente estaría constreñido a círculos minoritarios. No hubiera dado el salto de popularidad que alcanzó gracias al tiempo y dedicación que consagró a componer los primorosos, gozosos y entrañables sonidos de filmes animados del cariz de Nausicaa del Valle del Viento, El castillo en el viento o Mi vecino Tororo.

Hisaishi no es un músico efectista. No es un boxeador. Es más bien un meditador hedonista. Sus melodías no golpean a la primera. Hay que darles un tiempo. Y si es posible, intentar escucharlas en combinación con las imágenes a las que acompañan. Incluso pueden llegar a parecer simples. Pero creo que si Brian Eno las diseccionara, no dudaría en destacar la inmensa dificultad que tiene crearlas. Porque son un homenaje a la sencillez y a la naturalidad. Sé que suena a tópico pero, en cierto sentido, son haikus. Pero eso sí, haikus espectaculares. Haikus orquestales. Son como pequeños robles que van creciendo lentamente en medio de árboles ancestrales.

Obviamente, Hisaishi es bastante más experimental con Kitano que con Miyazaki. Por lo que en sus bandas sonoras para el carismático yakuza vincula de manera extraordinaria el ambient y la música pop más intimista con la clásica y ciertas sonoridades vanguardistas y dance creando tensión, emoción y, en algunos momentos, diversión. Y en las del abuelo del animé japonés es mucho más edulcorado y suave. Más melódico. En cualquier caso, no pone nunca su ego por encima de la música. Hisaishi es un artista muy zen aunque sus sonoridades son profundamente occidentales. Y como tiene muy en cuenta al oyente, lo más probable es que consiga sacarle antes o después alguna lágrima. Pues no falta el momento en que al escucharlo, podamos rememorar las primeras sonrisas de nuestra madre o la primera ocasión en que vimos el mar. Ya que, a pesar de su contención, es melodramáticamente infantil.  Es aliado de la niñez. Y posee la virtud de lograr que nos olvidemos de sus increíbles actitudes técnicas y nos centremos en melodías obsesionadas con llevarnos de vuelta a nuestros primeros años de vida. Recuperar el tiempo perdido sin dejar de lado el presente.

No obstante, si tuviera que recomendar alguna de sus bandas sonoras elegiría sin dudas la de Hana-bi. El filme maestro de Kitano. Tal vez la más occidentalizada de todas las suyas pero, aun así, tremendamente autóctona. Porque si bien trabaja con la melancolía y la tristeza, con la decadencia y con el abandono, y es casi un trágico testimonio del suicidio -una ilustración de un drama inevitable- se encuentra impregnada de tanto lirismo que entiendo que si algún condenado la escuchara justo antes de pegarse un tiro, moriría con una sonrisa en los labios. Con cierta calidez. Y tal vez no fuera directamente al purgatorio sino que, previo a su desembarco en una zona oscura o desconocida, contemplaría un caballo blanco elevándose entre las montañas de miseria, sorda soledad y egoísmo que lo condujeron a tomar su fatídica decisión. Se suicidaría, sí, pero su suicidio sería bello. Sería poético. Triste pero feliz. Shalam

لا أحد يستحق حقا الحسد.

Nadie es realmente digno de envidia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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