Ilustraciones futuras

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No es posible aludir a la historia del prog-rock sin mencionar el nombre de Roger Dean. El artista inglés fue prácticamente un miembro más de Yes o Asia. Diseñó algunos de los escenarios de sus giras e innumerables e icónicas portadas que son santo y seña del movimiento. Tanto o más que los amplios desarrollos instrumentales de los grupos de los 70 y todas esas melodías que parecían haber nacido o bien de un cuelgue de ácido o de profusas reflexiones trascendentales que tenían un pie en Pitágoras y otro en las estrellas.

El tiempo ha acabado arrinconando muchas de las creaciones de Dean en ese cajón de sastre ideal para ridiculizar excesos y buenas intenciones artísticas llamado kitsch. Desde luego, no les ha favorecido ni su parecido con los decorados diseñados para la película Avatar ni que, inmediatamente, sean relacionadas con un estilo que, durante la era punk y disco y hasta su reivindicación actual, fue sinónimo de aburrimiento. Pero, no obstante, yo las encuentro muy atractivas. Sugerentes y eróticas.

Antes que pintor, Dean fue arquitecto. Algo que puede percibirse en todos sus lienzos. Obras que, a pesar de remitir a la fantasía, poseen un toque minimalista. Evocan estructuras y edificios modernos. De hecho, su obra en su conjunto podría ser interpretada como una visión del futuro arquitectónico. Una mirada utópica e idealizada sobre las ciudades y espacios naturales del porvenir.

Creo, en cualquier caso, que no se ha destacado lo suficiente la frialdad de su trazo. Dean, obviamente, se encontraba influenciado por la era de Acuario y compartía bastantes postulados con los hippies pero existía en él cierto automatismo e hieratismo que le hizo plasmar sus ideas con claridad en medio de la vorágine de aquella época y le permitió diseñar cubiertas de videojuegos décadas después. En realidad, afrontaba sus creaciones como un alquimista, con flema y magia, pero no era un visionario sino más bien un ilustrador de sueños e imágenes. Había en él, sí, algo de matemático y calculador.

Los lienzos de Roger Dean fueron una mirada racional al fenómeno Woodstock. Sus dibujos mezclaban perfectamente la ciencia ficción con la fantasía. A Tolkien con Moebius. A Henri Rosseau con Isaac Asimov. Y tenían muchos puntos de contacto con el cómic europeo. Hay que reconocer que se encontraban, eso sí, a unos cuantos metros del gran arte o de la alta cultura. De hecho, es más factible imaginar a muchos de ellos expuestos en un bar o una tienda de arte que en un museo. Pero esta falla conseguían suplirla con cierta inmediatez pop. Una avidez popular que si bien le restaba “misterio” y cierto prestigio permitía la identificación y el goce de personas de las más distintas extracciones sociales con sus dibujos.

La importancia de Roger en el mundo del pop es muy grande. Antes de él, las portadas de discos se encontraban demasiado esteriotipadas. La mayoría consistían en fotografías en primer plano de los grupos o solistas. Eran, en realidad, meras descripciones. Más reclamos publicitarios que objetos artísticos. Algo que cambió para siempre con el famoso collage realizado por Jann Haworth y Peter Blake para el icónico Sgt. Pepper’s de The Beatles y el trabajo que Dean realizó para el primer LP de The Gun. Una borrosa, subjetiva e impresionista acuarela que retrataba a unos demonios.

A partir de entonces, los discos no fueron considerados únicamente como una colección de canciones sino que pasaron a formar parte de la historia del arte. Transmitían ideas filosóficas y políticas, se vislumbraba que había, sí, todo un concepto detrás de ellos y, consiguientemente, las bandas y compañías pagaban grandes sumas a diseñadores para encontrar logos sugestivos y atractivos y cuidaban (y, en muchas ocasiones, se implicaban al máximo) cada uno de los aspectos de las cubiertas: fundas, fotografías interiores, letras y, por supuesto, portada.

Dean no tardó en especializarse en paisajes. Tenía un enorme talento para captar el “aura” espiritual de los objetos y de los astros. Sus dibujos de cielos y horizontes marcianos se sincronizaban perfectamente con los solos de guitarra alucinógenos que emergían de los discos de Yes, Asia o Gentle Giant. Además, modernizaba inmediatamente las ideas de los grupos con una imagen. Transportaba sus sonidos a mundos y espacios alternativos en los que Pompeya, Saturno, Jupiter, Atlantis, castillos medievales y reinos simbólicos inspirados en el tarot convivían armónicamente.

En realidad, su tarea era hacer factible y creíble lo imposible. Dibujó islas flotantes, paisajes rocosos y espaciales, galápagos o dragones con absoluta naturalidad. Como si los contemplara cada día desde la ventana de su estudio. Y mezcló el mundo antiguo y el del futuro, el arcaico y el apocalíptico con indescriptible sobriedad.  Casi como si formara parte de la realidad cotidiana.

Dean era un artista optimista. En sus obras el futuro se abre como un tapiz medieval. Se encuentra lleno de secretos y sortilegios. Es casi una visión cabalística y simbólica. El temor a la catástrofe nuclear y el miedo ambiental producto de la guerra fría, por ejemplo, son superados por los poderes alquímicos de la música y las visiones de decenas de mundos posibles.

Lo que me fascina de sus obras, en cualquier caso, es que son “abiertas”. Expresan ideas complejas con mucha sencillez. Son muy sintéticas. Exploran el infinito con gracilidad. Casi con levedad. Consiguen, sí, que sintamos inmensa curiosidad por escuchar la música que ilustran. En gran medida, describen los lugares simbólicos a los que las bandas de prog deseaban llevar de viaje a los oyentes, poniendo imágenes a complejos pensamientos y a música abstracta que es difícilmente disfrutable sin encontrarse en el estado de ánimo adecuado. Tienen la capacidad de transformar discos un tanto “pesados” y con cierto aire “antiguo” en aventuras míticas. Sobredimensionar los sonidos a los que aluden y transformar las búsquedas internas de miles de personas en sello, anhelo reconocible. Shalam

إِنَّهُ لأَشْبَهُ بِهِ مِنَ التَّمْرَةِ بِالتَّمْرَةِ

El hombre nace sin dientes, sin cabello y sin ilusiones. Y muere sin dientes, sin cabellos y sin ilusiones.

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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