Javier Corcobado: el bolero afilado

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Que el arte salva vidas es una evidencia al menos para mí. No sé si yo estaría todavía en este planeta de no haber leído Crimen y castigo en el momento adecuado o si por efecto de alguna catástrofe, la gran parte de obras de arte existentes hubieran desaparecido. Imaginar un mundo sin novelas de Juan Carlos Onetti o Albert Camus y en el que fuera imposible consultar una sola de las creaciones urdidas por Jorge Luis Borges, se me antoja algo terrorífico. Tanto que no tengo dudas de que la mejor opción para soportar el tedio sería acabar con este horror de una vez. Puede que con una bala, un corte certero y seco a las venas o arrojándome desde un acantilado. Suspirando y gritando como una paloma loca y descreída que golpease insistentemente con su pico en una pared de acero hasta hacerlo sangrar de impotencia y rabia.

Probablemente sea debido al poder salvador del arte por el que me siento atraído por artistas como Javier Corcobado. Un músico que estoy convencido que no dudaría en quitarse la vida si no pudiera expresar su creatividad, expulsar sus demonios, obsesiones e ínfulas en sus canciones, liberándose así de sus neurosis. Pues así visualizo yo a este gigante encadenado cuya voz me ha acompañado en algunos de los momentos más tristes y extremos vividos durante las dos últimas décadas: como un animal que necesita compartirse sobre un escenario para no morir. Un cazador de metáforas que ansía destruir las palabras para escarbar en el lado oscuro. Un alma dionisiaca que únicamente encuentra paz cuando habla del dolor y la crueldad con su garganta afilada y tormentosa como la de un cuchillo ensangrentado.

Hubo alguna época de mi vida en que escuché mucho a Corcobado. En concreto, cuando fui a vivir a México en el año del 2007 e hice de muchas de sus canciones una banda sonora ideal para recorrer las calles del Distrito Federal o algunas de las poblaciones de ese gigantesco país en que su arte es bastante reconocido. Era realmente fascinante caminar entremezclado junto a vendedores ambulantes, recolectores de papel, artistas callejeros y emisarios del apocalipsis, mientras sonaban muchas de las canciones de sus discos. Sobre todo, porque los paisajes mexicanos dotaban de una dimensión más carnal a sus creaciones que se transformaban en medio de mis viajes por Yucatán, Cuernavaca o Chiapas en frutas rebeldes profundamente sentidas. Odas salvajes e indomables que daban testimonio del mundo interior de un artista que cantaba como si fuera un preso que se resistiera a ser encarcelado y prefiriera ser torturado a claudicar de sus verdades y deseos. Y  parecía ser capaz de comerse el mundo con un verso feroz o hacer el amor como si cada una de las veces fuera la última.

Siempre que escucho a Javier Corcobado siento peligro. De hecho, la solemnidad de su tono de voz me suena a advertencia. Es para mí, una especie de descarga de electricidad que me impulsa a vivir. Y de paso me recuerda que la poesía es hija del fracaso y los renegados, los sublevados y los resistentes, se mastica con alcohol, se saborea en lo puertos o en las calles sin nombre y además, es patria de los desheredados y desesperados. Puede servir de  refugio y alimento para los marginados y convertirse en las migas de pan y el vino de quienes necesitan aliento espiritual.

Muchas de las canciones de Corcobado son especie de cruce bastardo entre Nietzsche, Cioran, Nick Cave y el tremendismo hispano. Entre un bolero y el rock. Un pasodoble y el punk. La mayoría son una especie de recordatorio de que en este mundo, los cobardes terminarán por extinguirse lánguidos y los valientes sobrevivirán. Un escupitajo al rostro de la Gorgona. Un intento de negar la muerte. Abolirla. Un túnel lleno de rezos, heridas, susurros y alientos a través de los que muestra su voluntad de sobrevivir. Son casi un trozo de piel, un pedazo de sangre dejado en una roca antes de ser devorado por feroces animales en un bosque oscuro. Pero a su vez, son un homenaje al amor absoluto. Total. Un amor tanto espiritual como furtivo y rapaz. Tanto divino como animal, callejero y violento. Al fin y al cabo, como clama una de sus más conocidas composiciones, lo que nos mueve no es tanto el alimento sino el hambre. Y sólo siendo fuertes podremos dejar huella. Imponernos a nuestras circunstancias.

Es, desde luego, reconfortante ser contemporáneo de este músico cuya insistencia en continuar componiendo sólo es comprensible por lo que indiqué anteriormente. Porque si no pudiera entonar una nueva melodía, moriría. Una circunstancia que hace que sus discos sean un espacio aparte dentro de la música española. Un cruce entre la canción francesa, un vals y un disco de Bauhaus. Entre un tango, una copla y un Lp de The Clash. En esencia, un refugio para inconformistas. Una jaula peligrosa. Y tanto una tortura como una bendición. Pues, ante todo, son una fuerte experiencia. Una navaja artística construida para derribar las barreras de la monotonía. Un lienzo grasiento lleno de furia, heridas sangrientas y violaciones, compuesto por letras que parecen cuchillas de afeitar. Cortan al escucharlas, nos confrontan con los traumas y cabalgan a través del tiempo sometidas por una voz delirante y demente que insiste una y otra vez en chocar contra el muro de la realidad.

Realmente, si tuviera que elegir no sé si podría decidirme por alguno de sus discos en concreto. Su personalidad es tan fuerte y la insistencia con que enfrenta sus fantasmas tan obsesiva que resulta complicado y a veces estéril separar las distintas etapas de su trayectoria. Al fin y al cabo, como los grandes intérpretes, puede encontrarse en ocasiones más inspirado que en otras, pero Javier Corcobado siempre es reconocible. Por lo que no importa que se dedique a rememorar canciones clásicas del pop, experimentar con boleros o lanzarse a tumba abierta por las vías de la electrónica, el rock más aguerrido o la canción de autor. En esencia, siempre nos encontramos con una voz y unos textos absolutamente personales que son la banda sonora perfecta para los expatriados, borrachos y vagabundos. Para los inconformistas, tristes, airados y nostálgicos. Violentas nanas ideales para pasear en días de lluvia y tormenta y somatizar los instintos suicidas. He de reconocer no obstante que mis dos discos favoritos son “Arcoiris de lágrimas” (1995) y “Fotografiando el corazón” (2003). Creo que estos dos LPs junto a Editor de sueños (2006) y Ritmo de sangre (1993) son los que acabaría llevándome a una isla desierta. Lugar que, por otra parte, se adapta perfectamente a escuchar estas canciones malditas. Construidas desde el lado salvaje para ser cantadas con una camisa abierta y un vaso de ron en la mano. Odas semejantes a la ropa interior de una amante, al humo de un cigarrillo o a un extracto de cianuro que son un testimonio veraz y auténtico de esa guerra que llamamos vida cotidiana.

Vuelvo a insistir en que Javier Corcobado es uno de esos músicos que -al igual que lo han hecho Crimen y castigo u otras grandes obras de arte- ha salvado vidas con su mera presencia. Básicamente, porque ha intentado superar sus propios límites artísticos y humanos y ha transgredido, roto cualquier prohibición en su empeño de mostrar los abismos. Confrontando a sus oyentes con la angustia y el caos y todo aquello que hay más allá del miedo y el dolor. Un logro lo suficientemente significativo como para que quienes lo admiramos, sigamos insistiendo en derribar el muro del silencio y liberarnos de los grilletes y cadenas sociales. Consiguiendo al fin berrear como salvajes para expresar con rotundidad nuestras verdades al mundo. Shalam

 الصبْر مِفْتاح الفرج

 Nunca vuelve más una bala disparadaencabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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