Julio Verne

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Es común señalar el arrollador Sign o’ the Times como la mayor de las creaciones de Prince. Sin embargo, no es así para mí. Tal vez porque fuera el primer album que escuchara, al que más cariño tengo es a Around the world in a day. Un disco en el que el duende de Minneapolis consiguió aunar psicodelia y funk en un conjunto de canciones aéreas, flotantes, mágicas que nos transportan a otra dimensión. En lo que se refiere a mí, acostumbro a escuchar este fantasioso artefacto como si se tratara de una banda sonora expresamente realizada para una versión cinematográfica de Alicia en el país de las maravillas en la que la protagonista fuera, en este caso, una anónima ciudadana negra de cualquier país africano y el resto de personajes de la novela de Carroll estuvieran interpretados por Prince y su banda Revolution. Básicamente, porque el disco es un caleidoscopio que expande sus notas musicales allí por donde pasa, dejando un rastro multicolor, un sabor de arco iris preñado de inocencia y belleza en los oídos de quien lo escucha; como si fuera un caramelo de fresa o aquella nube con la forma de nuestro juguete favorito que contemplábamos en la infancia.

Muchos de los temas de Around parecían frutas tropicales que se deshacían cuando las escuchábamos pues su misión era transportarnos a otro lugar, como si fueran trips o pastillas psicodélicas preparadas para hacernos despegar de la realidad. Mostrarnos planetas y paisajes extraños que se disolvían con nuestro contacto y mirada, mostrando a continuación una imagen diferente e inesperada.

¿Se drogaría Prince por aquel tiempo? No me interesa saberlo. El mensaje que transmiten las canciones es demasiado puro para querer indagar en estos aspectos. Estoy convencido de que el estado espiritual y anímico que es necesario para grabarlas es imposible alcanzarlo únicamente con drogas. Ok. Tal vez necesitara de un pequeño empujón, se diera un garbeo por algún bar,  o decidiera, por aquel entonces, vivir alguna experiencia intensa cerca de un bosque o un palacete con jacuzzi, pero no creo que insistiera mucho más porque el disco es talento puro. Una genialidad difícil de definir de un ser que parece estar levitando, flotando, como si realizara continuos ejercicios de meditación, o de respiración, o estuviera conectado de alguna forma misteriosa con dios. Pero no el dios único de los monoteismos, sino el plural. El que tiene el rostro de todos los hombres y únicamente contemplan los grandes iluminados y santones, o los artistas múltiples, como es el caso de Prince. Quien nos invita a reflexionar sobre nuestra existencia no en el desierto o en una iglesia, como tradicionalmente estamos acostumbrados, sino en una feria o un parque. Animándonos con sus gritos y susurros a que nos perdamos en el mundo con un sonrisa y el corazón alegre. Y a que disfrutemos la vida al máximo, como si no tuviéramos más que un día para recorrer el mundo y todos fuéramos Phileas Phogg.

Muy consciente de la obra que había construido, Prince pidió que no se lanzara ningún single al mercado hasta que no hubiera transcurrido un mes de la llegada del disco a las tiendas. Y este gesto que pudo entenderse en su día como el capricho de un genio, con el tiempo se ha revelado como una decisión muy razonable que proporcionaba el contexto adecuado para que su imaginativa creación no sólo fuera tomada en serio sino disfrutada en plenitud. Como la auténtica obra de arte que era. Digna de estar en cualquier discoteca futura que recopile la música de nuestra era.

Un paso más allá del Sgt. Peppers o el White Album así como de la vertiente más dadaista de Miles Davis. Con un ojo puesto en Sun Ra y otro en  el pop de la Motown, Prince compuso un disco de dibujos animados. Un lienzo animado que parecía cobrar vida en cada escucha y estaba más cerca del sueño que de la vida real. Un canto a la imaginación que nunca deja de sorprender, como si fuera una fruta que nunca madurase, siempre se mantuviera fresca, y fuera además difícil de encontrar. Porque las canciones parecen metáforas que van y vienen. Son más beso, párpado y pestaña que música. Más una sensación, un movimiento que una definición o una abstracción.

Pocas veces se han utilizado las flautas en los discos de pop como en éste. Pues parecieran pájaros y no instrumentos, de la misma forma que el chelo y el saxofón se asemejan a los sonidos de un ganso o un pavo y la guitarras podría decirse que parecen haber sido afinadas por una cebra. ¿Y los teclados?  Solo hay que escuchar Condition of the heart para darse cuenta que no parecen humanos. O al menos no haber sido empleados de forma tradicional. Las notas parecen estar navegando, como si fueran interpretadas en el transcurso de un viaje en barco por un inquieto Erik Satie, o un Claude Debussy relajado. Un músico que compone como un pintor que da forma a un lienzo en el que se ven las más ralas especies de pájaros coloridos, y aun tiene tiempo para sentarme a fumar un cigarro, como si fuera un sultán en su palacio, deseoso de escuchar las historias que esa noche vaya a contarle el mar.

No sé si tendré un hijo alguna vez. Si es así, sé que la primera vez que vayamos a un parque, le pondré reiteradas veces”Paisley Park”. Y que me agradaría que fuera concebido mientras se escucha este disco. Un obra ideal para besar a alguien, y soñar con un mundo en el que no haya más violencia ni corrupción. Experimentar la vida milagrosamente y “abrir el corazón y la mente,” como rezaban los primeros versos del primer tema de este imprevisible tratado de experimentación musical que, aun a pesar de todo lo dicho, no es perfecto. Lo que, a mi entender, lo hace aún más fascinante. Pues al no poseer el aroma de los clásicos y, por tanto, no tener que pagar el habitual peaje trascendente que se les exige a éstos, conserva intacta su fragancia; al igual que las bestias que corren libres en la selva, los niños que aun no conocen los rudimentos del lenguaje, o algunos animales marinos que habitan en el fondo del océano. Shalam

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     El hombre no puede saltar fuera de su sombra

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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